Esquiva, pasea por entre bastidores notando la mirada de cientos de espectadores, ardiendo en deseos de mostrarse desnuda pero vestida, para que la vean tal y como es. Una musa desgastada por el tiempo, la lejanía y la soledad. "¡No me he ido!" ansía gritarle al mundo, "Sigo aquí, a la espera de un artista que me escoja entre cien mil y me haga suya. Que me penetre como nadie, como todos, y me use para crear algo, por mínimo que sea." La inutilidad la destroza de tal manera que, aun con el poco tiempo que lleva sin ser usada, es demasiado para ella, que intenta regalar su sexualidad a cualquier hombre o mujer, en cualquier esquina, deseando ser aceptada porque, su artista, el de siempre, el que siempre la había poseído ya no la desea ni la quiere.
Y, si la desea y la quiere, como le llora tanto ahora, como no se cansa de repetirle cuando ella, haciéndose la dura se ríe de sus lágrimas y reproches, de sus "te quieros" olvidados en un cajón abierto tantas veces que se han ido escapando todos, uno a uno, donde estén a salvo, si eso es cierto, ya no hay opción de perdón ni vuelta atrás.
Un artista debe conocer las partes duras e inflexibles de la puta vida.
Y, por fin, se asoma al escenario, con las piernas temblando, sintiéndose como un cerdo en exposición para que algún vendedor puje alto por él. Y, por encima de todo y de todos, recita y escenifica un poema de Bequer, un poema que asoma como un hilillo, entre recuerdos vetustos que no significan nada y que, sin embargo, antes significaron tanto. Cuando acaba, cientos de aplausos pueblan el anfiteatro, y ella sonríe, orgullosa. "Ojalá pesque un músico".
Y allá lejos, en última fila, un escritor borracho llora, y susurrando el nombre de la musa, se levanta y desaparece por la puerta de incendios, cojeando y apoyándose en un viejo bastón. Y, en su butaca, deja una pequeña amapola, un pañuelo, y un adiós.