Echo de menos el sonido de platos rotos. Echo de menos nuestras discusiones. Tu belleza pasiva y tus reproches a media noche. Echo de menos el resonar de tus tacones por la noche. Tus risas al ganarme a los videojuegos y tu mirada triste. Echo de menos humillarte, echo de menos reírme de tí. Echo de menos tus dientes desgastados, y el excesivo rimel de tus pestañas. Y te has ido, sin decirme adios. Has desaparecido, sin avisar. Como siempre hacías todo. Con tus labios rojos lanzandome un beso al aire. Y, como dice Sabina, me dejaste con un neceser con agravios, la piel en los labios y escarcha en el pelo. En los cajones ya no quedan braguitas negras ni ligueros mordidos. Solo dejaste el tanga que me encantaba. Fuiste perversa, incluso lo eres cuando ya no estás. Ahora te me imagino por ahí, recorriendo bares como antes de conocerme. En realidad siempre te gustó ese ritual que decías era tan machista. Invitarte a una copa, ponerle ojitos, invitarte a otra copa... y de pronto verse sumergido en tus pestañas. No pensar en otra cosa que en tu pelo, o en como complacerte la próxima noche. Pero tú, antes del primer sorbo de la primera copa, sabías que nunca habría una próxima noche.
Siempre igual. Y, sin embargo, conmigo hiciste una excepción. Me diste tu numero real. Y me cogiste el telefono al dia siguiente. E incluso aceptaste volverme a ver.
¿Qué hice para conseguirlo? No lo entiendo, ahora después de haberte conocido como no lo había hecho antes ningun otro mortal. Porque tu no te abres a los demas, eso no es secreto.
Te fuiste, desapareciste. Te quise, y durante mucho, te seguiré queriendo.