Jodo.
Ahora me acuerdo de las palabras de Sabina. "Como ya no estoy jodido, no tengo qué escribir". Así que me meto un poco dentro de mí y rebusco alguna excusa para sentarme con música triste y escribir palabras absurdas y algo incoherentes aquí, porque me gusta, porque me gustan el dolor y la soledad de vez en cuando.
El problema es que no encuentro ninguna excusa y me siento confuso, y parece que creo problemas donde no los hay, o me los busco yo mismo, perdiéndome en noches que debería controlar algo más.
Y tengo miedo. Tengo miedo de lo que va a venir, porque aunque debería, yo no entiendo nada de estas cosas, ni se qué hacer, ni qué esperar, y lo que es peor, no se que hará ni que esperará. Y lo pienso y me río. Y pienso.
Jodo.
Jodida felicidad.
miércoles, 24 de julio de 2013
martes, 23 de julio de 2013
el motel ayer
Le había engañado,
esa puta le había engañado,
había que pillarle el culo a esa zorra
Entró en la habitación del motel totalmente decidido a asesinarla, estaba seguro de ello, lo había meditado, estaba todo preparado para el acto.
Y
Ahí
estaba, él
Inspeccionó con una mirada rápida toda la habitación; y la vió bocabajo durmiendo totalmente desnuda, ella ni si quiera sabía lo que iba a ocurrir, bueno o sí. Seguramente estaría soñando acerca de aquel helado que le compró su padre cuando era tan solo una niña, todo mierda.
Finalmente después de un par de segundos que parecieron ser 10, se decidió, sacó el cuchillo y se lo clavó una vez, luego otra, y luego otra,era un asesinato, estaba siéndolo, el ser humano reducido a un puñado de sentimientos en cuartucho de un motel. Ella no tardó en despertarse, parecía que estaba sufriendo así que el hombre decidió clavarle el puñal más y mas fuerte, estaba ya todo hecho.
La levantó en volandas, ella parecía fuera de sí, él, ni si quiera se explicaba como podía ser, que siguiera consciente, un crimen, una atrocidad, un despropósito; le miró las tetas, su cuerpo y ese culo tan perfecto, Dios había creado esa mujer para masturbarse, y ahora se estaba masturbando.
El chicoelhombrequienquieraquefueseeldelcuchillo se fijó en que había una cucaracha al lado de su propia bota, la pisó sonó un "chascrahpgfh" y siguió apuñalándola, ahora ella le mira y ve en él, un rostro conocido sonríe y dice:
métemela mas fuerte, mátame, aquí estoy, acaba lo que has empezado;
El hombre sin pensárselo dos veces arremetió con toda la fuerza de sus muslos, acabó y le corto el cuello.
esa puta le había engañado,
había que pillarle el culo a esa zorra
Entró en la habitación del motel totalmente decidido a asesinarla, estaba seguro de ello, lo había meditado, estaba todo preparado para el acto.
Y
Ahí
estaba, él
Inspeccionó con una mirada rápida toda la habitación; y la vió bocabajo durmiendo totalmente desnuda, ella ni si quiera sabía lo que iba a ocurrir, bueno o sí. Seguramente estaría soñando acerca de aquel helado que le compró su padre cuando era tan solo una niña, todo mierda.
Finalmente después de un par de segundos que parecieron ser 10, se decidió, sacó el cuchillo y se lo clavó una vez, luego otra, y luego otra,era un asesinato, estaba siéndolo, el ser humano reducido a un puñado de sentimientos en cuartucho de un motel. Ella no tardó en despertarse, parecía que estaba sufriendo así que el hombre decidió clavarle el puñal más y mas fuerte, estaba ya todo hecho.
La levantó en volandas, ella parecía fuera de sí, él, ni si quiera se explicaba como podía ser, que siguiera consciente, un crimen, una atrocidad, un despropósito; le miró las tetas, su cuerpo y ese culo tan perfecto, Dios había creado esa mujer para masturbarse, y ahora se estaba masturbando.
El chicoelhombrequienquieraquefueseeldelcuchillo se fijó en que había una cucaracha al lado de su propia bota, la pisó sonó un "chascrahpgfh" y siguió apuñalándola, ahora ella le mira y ve en él, un rostro conocido sonríe y dice:
métemela mas fuerte, mátame, aquí estoy, acaba lo que has empezado;
El hombre sin pensárselo dos veces arremetió con toda la fuerza de sus muslos, acabó y le corto el cuello.
miércoles, 17 de julio de 2013
Trozos.
Éramos seis o siete sentados en una mesa. Rosario no dejaba de llevarnos y traernos vasos llenos de vino o cerveza, o tequila, para los más valientes, y cada vez que pasaba por mi lado, le pellizcaba el culo y le guiñaba el ojo, mientras ella me sonreía y se burlaba, desde la seguridad que le daba su condición de mujer, con la mirada.
Estábamos Ernesto, Clara, Roberto, Miguel, Lucía y yo. Y Felipe, que iba y venía de la barra, intentando ligar con una camarera llamada Ariadna, compañera de Rosario, de la que estábamos todos enamorados desde que entramos por primera vez a la Fábrica, que así se llamaba el bar, y nos miró con su melena roja y nos preguntó que si íbamos a ese tugurio por bebida o por mujeres y Felipe, que siempre fue el más rápido de todos, le dijo que nosotros éramos poetas, y si bien escribíamos a las mujeres, la más bella de todas ellas era la botella. Desde entonces todos supimos que Ariadna era de Felipe, y yo tuve que conformarme con la morena bajita y rechoncha que se llamaba Rosario.
Esa tarde Ernesto estaba contando como se había follado a María Val, y yo estaba pillándome un cabreo de cojones. Decía que estaban en casa de María, y que ella le había dicho que tenía la regla y no quería hacer nada, pero que entonces le había pegado una bofetada y le había obligado a chupársela, hasta que le había ahogado la garganta, y que luego le había follado el culo, y que debía haberle dolido, porque había visto alguna lágrima en su cara, pero a él le había dado igual, y había seguido dándole, hasta correrse.
Yo en ese momento me levanté y me fui a la barra a charlar con Felipe, pero estaba demasiado ocupado con Ariadna, y solo Rosario me ofrecía una vía de escape que en ese momento no quería tomar, así que salí a la calle, a ordenar mis ideas y a intentar no dar un puñetazo sobre la mesa, y gritarle a Ernesto y a todo el grupo, que yo no pertenecía a ellos, a ese grupo de libertos, que yo no escribía poesía en esquinas de libros, ni robaba novelas de bohemios parisinos porque pensaba que estaba en mi derecho por ser un bohemio más.
No había dado muchos pasos cuando la voz de Ariadna me sorprendió por la espalda como un puñal bien afilado, preguntándome que si estaba bien.
-Ah, sí, sí. Solo necesitaba estar solo un rato. ¿Tú no tienes que currar?
-Hoy salía pronto, si por currar te refieres a aguantar a tu amigo.
-No es mi amigo -le dije mientras dejaba asomar una sonrisa sobre el cuello de la cazadora.
Me dijo que vivía cerca, y que si quería probar la marihuana que le había regalado el vecino del tercero a cambio de unas bragas que tenía colgadas en el tendedor, así que la seguí a ciegas, sin tener ni idea de dónde iban a llevarme esos pasos. Y fumamos y nos acabamos una botella medio empezada de tequila y le hablé de los poetas norteamericanos que mis amigos odiaban, y decían sobrevalorados, como si ellos les llegaran a la suela de los zapatos.
-Tú escribes distinto, Juan. Ellos son más asquerosos, no se si me entiendes, y tú eres más utópico, más romántico. Suelo leer tus poemas sobre tu hombro cuando vienes solo al bar, porque cuando escribes te abstraes tanto que es como si el mundo se parara a tu alrededor y no haces caso de nadie, y te puedo leer y mirar sin que te des cuenta. Y escribes distinto. Eres mejor que todos ellos.
Y entonces me besó los labios, le miré a los ojos en esa oscuridad, y vi su melena roja caer sobre su espalda, y vi el mundo girar, y los mejores poemas que alguna vez podría haber escrito desfilaron ante mis ojos, y no recordé ninguno al instante posterior. Y descubrí que la amaba, y que no, que la odiaba, y follamos toda la noche y parte de las siguientes, con porros y alcohol y ganas de comer.
"Tú eres mejor que ellos" repetía un eco en mi cabeza mientras veía a Felipe besar a Ariadna meses después en la barra de la Fábrica.
Estábamos Ernesto, Clara, Roberto, Miguel, Lucía y yo. Y Felipe, que iba y venía de la barra, intentando ligar con una camarera llamada Ariadna, compañera de Rosario, de la que estábamos todos enamorados desde que entramos por primera vez a la Fábrica, que así se llamaba el bar, y nos miró con su melena roja y nos preguntó que si íbamos a ese tugurio por bebida o por mujeres y Felipe, que siempre fue el más rápido de todos, le dijo que nosotros éramos poetas, y si bien escribíamos a las mujeres, la más bella de todas ellas era la botella. Desde entonces todos supimos que Ariadna era de Felipe, y yo tuve que conformarme con la morena bajita y rechoncha que se llamaba Rosario.
Esa tarde Ernesto estaba contando como se había follado a María Val, y yo estaba pillándome un cabreo de cojones. Decía que estaban en casa de María, y que ella le había dicho que tenía la regla y no quería hacer nada, pero que entonces le había pegado una bofetada y le había obligado a chupársela, hasta que le había ahogado la garganta, y que luego le había follado el culo, y que debía haberle dolido, porque había visto alguna lágrima en su cara, pero a él le había dado igual, y había seguido dándole, hasta correrse.
Yo en ese momento me levanté y me fui a la barra a charlar con Felipe, pero estaba demasiado ocupado con Ariadna, y solo Rosario me ofrecía una vía de escape que en ese momento no quería tomar, así que salí a la calle, a ordenar mis ideas y a intentar no dar un puñetazo sobre la mesa, y gritarle a Ernesto y a todo el grupo, que yo no pertenecía a ellos, a ese grupo de libertos, que yo no escribía poesía en esquinas de libros, ni robaba novelas de bohemios parisinos porque pensaba que estaba en mi derecho por ser un bohemio más.
No había dado muchos pasos cuando la voz de Ariadna me sorprendió por la espalda como un puñal bien afilado, preguntándome que si estaba bien.
-Ah, sí, sí. Solo necesitaba estar solo un rato. ¿Tú no tienes que currar?
-Hoy salía pronto, si por currar te refieres a aguantar a tu amigo.
-No es mi amigo -le dije mientras dejaba asomar una sonrisa sobre el cuello de la cazadora.
Me dijo que vivía cerca, y que si quería probar la marihuana que le había regalado el vecino del tercero a cambio de unas bragas que tenía colgadas en el tendedor, así que la seguí a ciegas, sin tener ni idea de dónde iban a llevarme esos pasos. Y fumamos y nos acabamos una botella medio empezada de tequila y le hablé de los poetas norteamericanos que mis amigos odiaban, y decían sobrevalorados, como si ellos les llegaran a la suela de los zapatos.
-Tú escribes distinto, Juan. Ellos son más asquerosos, no se si me entiendes, y tú eres más utópico, más romántico. Suelo leer tus poemas sobre tu hombro cuando vienes solo al bar, porque cuando escribes te abstraes tanto que es como si el mundo se parara a tu alrededor y no haces caso de nadie, y te puedo leer y mirar sin que te des cuenta. Y escribes distinto. Eres mejor que todos ellos.
Y entonces me besó los labios, le miré a los ojos en esa oscuridad, y vi su melena roja caer sobre su espalda, y vi el mundo girar, y los mejores poemas que alguna vez podría haber escrito desfilaron ante mis ojos, y no recordé ninguno al instante posterior. Y descubrí que la amaba, y que no, que la odiaba, y follamos toda la noche y parte de las siguientes, con porros y alcohol y ganas de comer.
"Tú eres mejor que ellos" repetía un eco en mi cabeza mientras veía a Felipe besar a Ariadna meses después en la barra de la Fábrica.
sábado, 6 de julio de 2013
Las cosas que nunca nos dijimos
-Tu problema -le dije antes de darle una larga chupada al cigarro -tu problema es que tu no te enamoras de las personas.
-No todos somos como tú.
-Tu te enamoras de la idea del amor. Te enamoras de los atardeceres en pareja, de ver una peli y acabar follando, de las fotos post-coitales, de leer en un césped, te enamoras de todo eso, sin importarte quién sea tu pareja.
Llevaba tiempo con ganas de decirle todo eso, y la muy idiota se me puso delante con la excusa de tomar un café, o una cerveza, pretendiendo echarme en cara todo lo bien que estaba ahora sin mi, sin rogarme besos ni llorar por esquinas, sin follar en baños ni ir detrás de nadie que no quiere que le busquen.
Le sonrío, y ella me mira, y luego mira a su café, y vuelve a mirarme a mi.
-Y tú... ¿estás con ella?
-Sí, supongo. O no, no lo se. No me importa mucho, en realidad.
Aunque sí me importa.
Me duele en todo por no saber nada y no poder mostrarle una coraza que pensaba que tenía, por no saber qué futuro me espera, pero no tengo tiempo de divagar, y, con una servilleta de papel, hago una bailarina de las que ella me enseñó a hacer, y se la dejo allí con una sonrisa, mientras le guiño el ojo.
-Debería irme, va a llover.
Le doy dos besos y pago la cuenta, y me voy con la sensación de haber cerrado un ciclo, dejándola, feliz ella, feliz yo. Sin ser felices nosotros.
-No todos somos como tú.
-Tu te enamoras de la idea del amor. Te enamoras de los atardeceres en pareja, de ver una peli y acabar follando, de las fotos post-coitales, de leer en un césped, te enamoras de todo eso, sin importarte quién sea tu pareja.
Llevaba tiempo con ganas de decirle todo eso, y la muy idiota se me puso delante con la excusa de tomar un café, o una cerveza, pretendiendo echarme en cara todo lo bien que estaba ahora sin mi, sin rogarme besos ni llorar por esquinas, sin follar en baños ni ir detrás de nadie que no quiere que le busquen.
Le sonrío, y ella me mira, y luego mira a su café, y vuelve a mirarme a mi.
-Y tú... ¿estás con ella?
-Sí, supongo. O no, no lo se. No me importa mucho, en realidad.
Aunque sí me importa.
Me duele en todo por no saber nada y no poder mostrarle una coraza que pensaba que tenía, por no saber qué futuro me espera, pero no tengo tiempo de divagar, y, con una servilleta de papel, hago una bailarina de las que ella me enseñó a hacer, y se la dejo allí con una sonrisa, mientras le guiño el ojo.
-Debería irme, va a llover.
Le doy dos besos y pago la cuenta, y me voy con la sensación de haber cerrado un ciclo, dejándola, feliz ella, feliz yo. Sin ser felices nosotros.
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