lunes, 19 de septiembre de 2011

Para ser un sueño, es demasiado real. El cielo es azul, el mar es azul, la arena tiene tacto de arena. Y sin embargo, es un sueño. Está seguro de eso porque lo último que recuerda es quedarse dormido en su butaca de orejas a las 3 de la mañana. Rafael padece de insomnio. Es del insomnio más común, del llamado sueño retardado. No consigue dormir, tarda horas y horas en dormir, y los remedios comunes que le han recomendado no le han servido de nada. Ni la cucharada de miel, ni el vaso de brandy antes de acostarse, ni los remedios científicos, como los somníferos le han ayudado a dormir y no quedarse horas y horas sentado ante la televisión a veces, otras frente a la ventana que da a la calle. Pero siempre horas, siempre en soledad, siempre anciano. Envejecer cada día y ver cómo la gente se va, mientras él continúa allí, viendo pasar la vida desde su sillón de orejas mirando la calle.
Pero ahora es un sueño, ahora ha conseguido dormirse antes de las 5 y media, lo que no pasaba desde hace dos años. Mientras pasea por esa onírica playa, piensa que quizás, con un poco de suerte, consiga despertarse más tarde de las 8 y media, y pueda disfrutar de unas buenas horas de sueño bien merecidas.
Lleva como vestido un traje, el traje que se puso el dia de su boda. También lleva un sombrero y una maleta de viaje. Las olas le rozan los zapatos y piensa que se va a coger un resfriado y Merche, su fallecida mujer, le va a echar una buena bronca al llegar a casa con un constipado. "Fíjate si estás viejo, Rafael, que hasta piensas en tu mujer muerta como si aún estuviera viva". De repente, ya sabe que eso no es un sueño. Y lo sabe porque Merche estña ante él. Tal y como la recuerda. Con sus 72 años, cuando murió de un ataque al corazón en el salón de la sala de estar. Con 17, cuando la conoció en la casa de su prima. Con 34 cuando se casaron, con 39 cuando estaba embarazada... y ella sonríe. "Por fin", le oye decir en su cabeza. "Has tardado unos cuantos, años, ¿eh?"
Rafael intenta contestar, pero mil preguntas sin respuesta le atragantan la garganta, y con un espasmo, en su butaca de orejas, Rafael abandona su vida, mientras en una playa, sonríe, llora, y abraza a su mujer.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Querido Carlos:

¿Cómo van las cosas allá arriba? No se muy bien qué hago escribiendo esta carta a un hombre muerto, pero siempre te las arreglaste para revolver en mis cajones y encontrar todo lo que no quería que leyeras, assi que espero que encuentres esto. Sara aún te echa de menos y llora por las noches tumbada en su colchón, y al día siguiente me saluda en el rellano como si no supiera, como si yo estuviera lo suficientemente sordo como para no oírla.
Por aquí todo sigue bastante igual. Los que te apreciábamos en la escalera intentamos seguir nuestra vida como si no faltaras, los que te apreciaban y no vivían en la escalera no se como te añoran, ya sabes que no salgo de aquí excepto si no es totalmente necesario, y eso no es muchas veces. Ya ni juego al ajedrez. ¿Con quien voy a hacerlo si tú ya no estás? Con setenta años no es edad para ponerse a idear nuevas estrategias para un nuevo contrincante. Me encantaba que te dejaras perder. No creo que encontrara a nadie que lo hiciera. Asi que Sara y yo te echamos de menos. Eso ya es más que nada, ¿no crees?
No te he escrito por nada, Carlos. Te escribo desde la indignación, desde el malestar. Hoy me he asomado a la ventana y ya no estabas. Han derruído el edificio de enfrente. Ya no está. Ya no hay nada. Y, por tonto que parezca, me he tirado al suelo a llorar, incluso con el dolor de las rodillas que siento desde hace tres años. Y he llorado como un niño sin caramelo. Ya no estyá el edificio, ahora solo hay un horrible solar donde los yonkies pueden pincharse tranquilamente, y las princesas por horas pasear sus enormes botas de cuero.
El cielo sigue lleno de humo, de olor a residuo y, según como llegue el viento, a estiercol. El barrio es así, y así seguirá siendo por mucho tiempo. Después de que yo muera, espero.
Este viejo se despide ya, no creo que me contestes, pero puedes hacer brillar la osa polar un poco más fuerte de lo normal cuando leas la carta. Saludos seniles, saludos extraños.
Chor