sábado, 18 de mayo de 2013

Estrellas movidas

Silvia decía que la foto era horrible. Que las estrellas salían movidas, y que lo de menos era salir bien. Yo le decía que lo que era de menos, eran las estrellas, que nadie se iba a fijar en unas luces que hay sobre una belleza tan única como era ella.
La recuerdo una noche, llorando de rabia, hablando, como siempre, de esta maldita foto, de lo que acabó por significar en su vida aquella mancha blanquecina que se suponía era la punta de Cassiopea, llorando como si la foto fuera lo único importante, como si el cáncer fuera algo secundario que al día siguiente podríamos borrar de nuestra vida, no como esa estrella movida.
Odiaba dejarme un recuerdo manchado, inevitablemente eterno, que no podríamos rehacer ni deshacer jamás, conservando para siempre aquella foto envenenada de lágrimas.
"Quiero que mi hija se llame Estrella", me dijo uno de los últimos días, sonriendo entre dosis y dosis de morfina, con esa vitalidad que tenía y que desapareció de pronto, como una estrella fugaz, de esas que ves y te obligas a pedir un deseo porque, a fin de cuentas, son demasiado bonitas como para dejarlas pasar sin más.
Ahora, todo lo que me queda es la foto, como si en los 4 años que pasamos juntos no hubiéramos hecho nada más que repetir, como condenados, una escena con el médico, unas lágrimas y una promesa, una escena con unas estrellas movidas esa misma noche, una caida en picado a la autodestrucción y muchas noches de whisky con hielo, pelos en la bañera, y sexo triste.
Una noche quemaré esta foto, escuchando de fondo a los Beatles, echaré las cenizas a un vaso lleno de whisky y decidiré pasar página a nuestra historia.
Lo importante, es que en el resto de fotos que me haga, con quien sea, salga la punta de Cassiopea movida.