Salgo a la calle y ya son las 8 de la tarde. Hace un día de esos de perros, de los que me gustan para castigarme si lo merezco, como ahora. Está nublado, corre el cierzo, se asoma una tormenta de verano, antes de que llegue junio. Este mundo está bien loco. Mientras me fumo el primer cigarro del día, el viento me pone la piel de gallina y meto mis manos en los bolsillos de los vaqueros sucios por la noche anterior. Llevo durmiendo 10 horas. ¿Cómo coño se llamará la tía que acabo de dejar durmiendo en su cama? La conocí en la sala Z a eso de las 7 y media de la madrugada con la nariz ya espolvoreada y mi camiseta negra mojada por el sudor de haber corrido delante de los sudacas que querían pegarnos por haberles roto la luna de los coches.
Empiezan a caer las primeras goticas, cierro los ojos y disfruto la sensación de frío, humedad y castigo que sufre mi cuerpo en cuestión de segundos, y me complace saber que aun me quedan, mínimo, 15 minutos para llegar a casa. Tengo la polla mojada por el flujo de la desconocida y me la coloco mejor en los calzoncillos ante una asombrada mujer que está bajo la parada del bus para no mojarse y que me mira como a un bicho que quiere aplastar con la pantufla de su marido. Ya voy llegando a casa. Copón, que mala hostia.
Me siento delante del ordenador, cierro la puerta. Se oye el murmullo de la peli que ve mi padre en la sala de estar y a mi madre y a mi hermano discutiendo. Me descalzo, y me lleno hasta la mitad un vaso con hielo de un vodka que le trajo a mi padre un tío militar desde Rusia, y que mi padre aun no ha tocado. Le doy un sorbo. La garganta arde. Pongo el último de los Suaves. Cierro los ojos. Los abro. Otro trago. Y escribo en el ordenador:
"Salgo a la calle y ya son las 8 de la tarde..."
jueves, 26 de mayo de 2011
miércoles, 25 de mayo de 2011
y a ella le sobra el valor que le falta a mis noches
El cielo está rojo. Pero no es rojo atardecer. Es rojo pasión, rojo sangre, rojo muerte. Un hombre camina de la mano con Ariadna sobre un suelo de arena, descalzo, con los zapatos en la mano que no sostiene a la mujer. A pesar de que en el cielo no luce ningún sol, hace el calor de cuatro astros.
El hombre suda y lleva la corbata abierta y la camisa desabotonada. Las mangas subidas hasta los codos, los pantalones se le pegan a las piernas del sudor. La americana se perdió en la arena ya hace días. Ariadna camina altiva, sin muestras de cansancio o calor, también va descalza, y es mucho más preciosa de lo que normalmente ya es. El pelo oscuro y rizado le cae sobre los hombros descubiertos, mientras el vestido azul y blanco que lleva le ondea con un viento que parece solo le toca a ella. Camina como si acompañara al hombre y le indicara, con leves movimientos fuertes y decisorios, hacia dónde van. Va con los ojos cerrados, como orientándose por el susurro del aire, o el tacto de la ardiente arena, que mientras quema los pies del hombre, la transporta a ella.
Sin agua, sin comida, pasa el tiempo y, sin dirigirse palabra alguna, caminan y caminan en linea recta y hacia un horizonte que, aunque pasan las horas, no cambia de color. El hombre, al cabo de las horas, empieza a andar arrastrando los pies, a pesar del calor, y poco a poco, el arrastrar se convierte en tumbos, que provocan mareos y desplomes. Cuando sucede, Ariadna se queda de pie, con la mano siempre tendida hacia él, hasta que recupera la consciencia y vuelven a caminar.
Siguen el camino, aún más lento por el hambre y la sed que no se aplacan nunca.
De nuevo, el hombre vuelve a caer. Esta vez, Ariadna sigue caminando, y cuando el hombre vuelve a recuperarse, la ve a mucha distancia, como una mota de polvo.
-Ya hemos llegado- le dice en un susurro en su oreja, a pesar de la distancia.
-¿Por qué ahora? ¿Qué tiene este sitio?
Ariadna no contesta, y desde lo lejos, el hombre la ve sentarse en el suelo. El hombre recorre la distancia que los separa, y cuando llega a ella, pasada mucho tiempo, la ve llorar.
-¿Que te pasa, mi pequeña Ariadna?- Por detrás, una voz le susurra un saludo.
-Hola, pequeño- es una voz de mujer aguda, preciosa, tanto como la de Ariadna.
El hombre se gira, y ve ante él a una mujer de rasgos hermosos, distintos a Ariadna, como flotando y sonriendo en la arena. El hombre la mira embelesado en su belleza.
-Sofía, ¿que haces aquí?
-He venido a buscarte, eres mío. Siempre lo has sido.
El hombre sonríe e intenta besarla. Cuando sus labios se rozan, Ariadna emite un fuerte sollozo y estalla en un llanto más fuerte que el anterior, que rompe el momento mágico que compartían el hombre y Sofía.
-No puedo dejarla ir, Sofía. Ella es mi Ariadna. No puedo irme contigo y dejarla aquí. Igual que no puedo irme con ella sin tí. Ya no.
-Es tu deber elegir, pequeño. Para eso te ha traído ella aquí.- un cambio ocurre en el rostro de Sofía. Las pupilas se vuelven rojas, y el rostro adquiere un tono dorado, como de diosa.- elige.
-No puedo...- dice arrodillado ante tal figura.- no puedo.
-Aquí tienes mi ayuda. Tu futuro con ella.
El desierto cambia, el cielo se vuelve azul. Ariadna sigue llorando, esta vez en un sofá. Un perro le lame los pies mientras el hombre se ve a sí mismo haciendo una maleta en la habitación de al lado. Tiene la cara roja de ira, y grita cosas ininteligibles, que suenan desde lejos, como de ultratumba.
-¿Qué pasa?- pregunta el hombre del plano desértico.
-Una vez fuistéis felices. Ahora, ese momento dio paso a este. Te vas, la abandonas. Ahora haces lo que no elegiste aquí.
Vuelve el cielo rojo, el desierto. El hombre sigue arrodillado ante Sofía. Adiós Sofía. La mujer grita y un haz de luz que ciega los ojos del hombre impide ver su desaparición. Ariadna levanta, ahora sonríe. Le besa.
-Gracias- susurra con una voz triste.
Se besan en el desierto. Es el inicio.
Epílogo.
La casa de Lavapiés está patas arriba. Hace dos días que se fue y no es capaz, ni física ni emocionalmente de mantenerla decente. Si no hubiera hecho lo que hizo...¿dónde estaba ahora él? No debió decirle lo que dijo. "Qué idiota soy" piensa Ariadna volviendo a llorar.
Llaman a la puerta. No quiere abrir, no está para nadie. El de la puerta insiste, y al final va a abrir la puerta.
La visita lleva una maleta en la mano, unas flores en la otra. Y una sonrisa de disculpa en el rostro.
El hombre suda y lleva la corbata abierta y la camisa desabotonada. Las mangas subidas hasta los codos, los pantalones se le pegan a las piernas del sudor. La americana se perdió en la arena ya hace días. Ariadna camina altiva, sin muestras de cansancio o calor, también va descalza, y es mucho más preciosa de lo que normalmente ya es. El pelo oscuro y rizado le cae sobre los hombros descubiertos, mientras el vestido azul y blanco que lleva le ondea con un viento que parece solo le toca a ella. Camina como si acompañara al hombre y le indicara, con leves movimientos fuertes y decisorios, hacia dónde van. Va con los ojos cerrados, como orientándose por el susurro del aire, o el tacto de la ardiente arena, que mientras quema los pies del hombre, la transporta a ella.
Sin agua, sin comida, pasa el tiempo y, sin dirigirse palabra alguna, caminan y caminan en linea recta y hacia un horizonte que, aunque pasan las horas, no cambia de color. El hombre, al cabo de las horas, empieza a andar arrastrando los pies, a pesar del calor, y poco a poco, el arrastrar se convierte en tumbos, que provocan mareos y desplomes. Cuando sucede, Ariadna se queda de pie, con la mano siempre tendida hacia él, hasta que recupera la consciencia y vuelven a caminar.
Siguen el camino, aún más lento por el hambre y la sed que no se aplacan nunca.
De nuevo, el hombre vuelve a caer. Esta vez, Ariadna sigue caminando, y cuando el hombre vuelve a recuperarse, la ve a mucha distancia, como una mota de polvo.
-Ya hemos llegado- le dice en un susurro en su oreja, a pesar de la distancia.
-¿Por qué ahora? ¿Qué tiene este sitio?
Ariadna no contesta, y desde lo lejos, el hombre la ve sentarse en el suelo. El hombre recorre la distancia que los separa, y cuando llega a ella, pasada mucho tiempo, la ve llorar.
-¿Que te pasa, mi pequeña Ariadna?- Por detrás, una voz le susurra un saludo.
-Hola, pequeño- es una voz de mujer aguda, preciosa, tanto como la de Ariadna.
El hombre se gira, y ve ante él a una mujer de rasgos hermosos, distintos a Ariadna, como flotando y sonriendo en la arena. El hombre la mira embelesado en su belleza.
-Sofía, ¿que haces aquí?
-He venido a buscarte, eres mío. Siempre lo has sido.
El hombre sonríe e intenta besarla. Cuando sus labios se rozan, Ariadna emite un fuerte sollozo y estalla en un llanto más fuerte que el anterior, que rompe el momento mágico que compartían el hombre y Sofía.
-No puedo dejarla ir, Sofía. Ella es mi Ariadna. No puedo irme contigo y dejarla aquí. Igual que no puedo irme con ella sin tí. Ya no.
-Es tu deber elegir, pequeño. Para eso te ha traído ella aquí.- un cambio ocurre en el rostro de Sofía. Las pupilas se vuelven rojas, y el rostro adquiere un tono dorado, como de diosa.- elige.
-No puedo...- dice arrodillado ante tal figura.- no puedo.
-Aquí tienes mi ayuda. Tu futuro con ella.
El desierto cambia, el cielo se vuelve azul. Ariadna sigue llorando, esta vez en un sofá. Un perro le lame los pies mientras el hombre se ve a sí mismo haciendo una maleta en la habitación de al lado. Tiene la cara roja de ira, y grita cosas ininteligibles, que suenan desde lejos, como de ultratumba.
-¿Qué pasa?- pregunta el hombre del plano desértico.
-Una vez fuistéis felices. Ahora, ese momento dio paso a este. Te vas, la abandonas. Ahora haces lo que no elegiste aquí.
Vuelve el cielo rojo, el desierto. El hombre sigue arrodillado ante Sofía. Adiós Sofía. La mujer grita y un haz de luz que ciega los ojos del hombre impide ver su desaparición. Ariadna levanta, ahora sonríe. Le besa.
-Gracias- susurra con una voz triste.
Se besan en el desierto. Es el inicio.
Epílogo.
La casa de Lavapiés está patas arriba. Hace dos días que se fue y no es capaz, ni física ni emocionalmente de mantenerla decente. Si no hubiera hecho lo que hizo...¿dónde estaba ahora él? No debió decirle lo que dijo. "Qué idiota soy" piensa Ariadna volviendo a llorar.
Llaman a la puerta. No quiere abrir, no está para nadie. El de la puerta insiste, y al final va a abrir la puerta.
La visita lleva una maleta en la mano, unas flores en la otra. Y una sonrisa de disculpa en el rostro.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Silencio.

-Sabes, lo sé. Deja de engañarme, de añadir adjetivos bonitos cuando me mires.Sabemos que hasta aquí, y ya hemos estirado la goma más de lo debido. Y ha estallado. Vengo aquí buscando dignidad, así que dilo ahora y deja que me retire a mi autocompasión. ¿No contestas? Bien, ya sospechaba esa cobardía en tí. Nunca fuiste lo suficiente valiente para decirme que te follabas a Marla.
-Cris, eso no es así, yo...
-Cállate y déjame hablar a mi antes de que me eche a llorar. Eres un gilipollas. Te quiero. Pero eres un jodido gilipollas. Me queda el consuelo de que en unos meses podré rehacer mi vida de nuevo, aunque una constante voz en mi cabeza insista una y otra vez en que tú, jodido gilipollas, sigues follando sin remordimientos, sin ver mi cara en cualquier pupila. Y te echaré de menos. Y lloraré. Te odiaré. Ya puedes hablar.
-Lo siento, Cris.
-Que te jodan.
lunes, 16 de mayo de 2011
Sentado esperando a que llames,
rezando por que des una señal,
los días cada vez van más despacio
y solamente puedo esperar.
Que vengas a explicar que todo ha terminado,
que tengas que decir que no me quieres ver.
Es imposible que hayas olvidado
lo que los dos podíamos hacer.
Y si esto que ha pasado
va a pasarnos otra vez,
y si todo ha sido en vano
no tienes que volver.
Mirando las paredes de este cuarto,
rezando por que vengas otra vez ,
y todo lo que habíamos hablado
es todo lo que vamos a perder.
Si nunca quise ser el único a tu lado,
si tuve miedo fue por que acabara así,
y todo el tiempo que he desperdiciado
se vuelve de nuevo contra mí.
Y si esto te hace daño,
si te puedo hacer sufrir,
ha servido para algo
al menos para mí.
Fin de línea. Punto y aparte a los sueños.
Ismael rompe un lapicero y se mira las manos con los ojos llorosos y los dientes apretados. Rompe a llorar como una niñita a la que le han quitado su muñeca favorita, y poniéndose unos vaqueros mínimamente aceptables, sale a la calle a terminar con lo que empezó.
Todos somos Ismael. Todos sois yo.
rezando por que des una señal,
los días cada vez van más despacio
y solamente puedo esperar.
Que vengas a explicar que todo ha terminado,
que tengas que decir que no me quieres ver.
Es imposible que hayas olvidado
lo que los dos podíamos hacer.
Y si esto que ha pasado
va a pasarnos otra vez,
y si todo ha sido en vano
no tienes que volver.
Mirando las paredes de este cuarto,
rezando por que vengas otra vez ,
y todo lo que habíamos hablado
es todo lo que vamos a perder.
Si nunca quise ser el único a tu lado,
si tuve miedo fue por que acabara así,
y todo el tiempo que he desperdiciado
se vuelve de nuevo contra mí.
Y si esto te hace daño,
si te puedo hacer sufrir,
ha servido para algo
al menos para mí.
Fin de línea. Punto y aparte a los sueños.
Ismael rompe un lapicero y se mira las manos con los ojos llorosos y los dientes apretados. Rompe a llorar como una niñita a la que le han quitado su muñeca favorita, y poniéndose unos vaqueros mínimamente aceptables, sale a la calle a terminar con lo que empezó.
Todos somos Ismael. Todos sois yo.
lunes, 9 de mayo de 2011
Y 10.
Vasos que se rompen y se estrellan contra un parqué viejo y rayado, mientras Ariadna grita lo que nunca fue. Se pone el abrigo y con un portazo, cierra la puerta del loft madrileño en lo alto de Getafe, terminando una discusión que ella quería empezar y ella tiene que terminar.
Me quedo sentado en el sofá pensando que, en el fondo, ella tiene razón y que soy yo el que debería pedir perdón, pero que por orgullo o falta de él, no voy a hacerlo.
Voy a la cocina, me abro una cerveza y en el sofá adopto la pose más ibérica que puedo para seguir molestando a Ariadna cuando venga.
¿Y si no vuelve? Volverá, siempre lo hace. Es nuestra historia, es nuestra forma de decirnos que nos queremos. Como siempre, temos que haya dejado de quererme. Que cuando vuelva a casa, yo esté dormido, abrazado a la sábana acurrucado en su esquina de la cama. Sin despertarme, coja su ropa, y cuando me levante, con dolor de cabeza y restos de olvidos en la memoria, no encuentre su esencia en el armario, o no busque su olor en la cocina.
Su sonrisa, por ella me levanto cada mañana, lo llevo haciendo diez años, y quiero seguir haciendolo hasta dentro de cien.
Abre la puerta mientras mis ojos se cierran, y mi mirada rehuye sus pestañas que nada más cerrar la puerta me buscan en el sofá. 7 latas descansan vacías en la mesa del comedor, en la tele echan teletienda, y yo estoy medio borracho.
-Se acabó- dice cerrando la puerta y quitándose el abrigo.
Rompo a llorar, le ruego que se quede, que no podré escribir si ella no ronda con mi camiseta puesta sobre sus bragas.
Mi musa no es una mujer,
es el vibrar del río,
en los pétalos rocío
y en el monte amanecer.
Mi musa se viste de enjambre,
en las trincheras de alambre,
y en los labios de carmín.
Se viste de sentimiento,
en las laderas es viento
y sobre el tiempo es el fin.
Me quedo sentado en el sofá pensando que, en el fondo, ella tiene razón y que soy yo el que debería pedir perdón, pero que por orgullo o falta de él, no voy a hacerlo.
Voy a la cocina, me abro una cerveza y en el sofá adopto la pose más ibérica que puedo para seguir molestando a Ariadna cuando venga.
¿Y si no vuelve? Volverá, siempre lo hace. Es nuestra historia, es nuestra forma de decirnos que nos queremos. Como siempre, temos que haya dejado de quererme. Que cuando vuelva a casa, yo esté dormido, abrazado a la sábana acurrucado en su esquina de la cama. Sin despertarme, coja su ropa, y cuando me levante, con dolor de cabeza y restos de olvidos en la memoria, no encuentre su esencia en el armario, o no busque su olor en la cocina.
Su sonrisa, por ella me levanto cada mañana, lo llevo haciendo diez años, y quiero seguir haciendolo hasta dentro de cien.
Abre la puerta mientras mis ojos se cierran, y mi mirada rehuye sus pestañas que nada más cerrar la puerta me buscan en el sofá. 7 latas descansan vacías en la mesa del comedor, en la tele echan teletienda, y yo estoy medio borracho.
-Se acabó- dice cerrando la puerta y quitándose el abrigo.
Rompo a llorar, le ruego que se quede, que no podré escribir si ella no ronda con mi camiseta puesta sobre sus bragas.
Mi musa no es una mujer,
es el vibrar del río,
en los pétalos rocío
y en el monte amanecer.
Mi musa se viste de enjambre,
en las trincheras de alambre,
y en los labios de carmín.
Se viste de sentimiento,
en las laderas es viento
y sobre el tiempo es el fin.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Ahora, estoy hundida. O en proceso de hundimiento. Poco a poco estoy cayendo en un oscuro agujero del que cada vez veo más complicado salir.
...............................................................................................................
-Hola, soy María.
-Yo Juan, encantado.
-Igualmente.... Juan.
..............................................................................................................
De entre todos los nombre del mundo, tenía que llamarse así. Le sonrío como una idiota y se crea un momento incómodo en el que dice algo que ya no entiendo. De entre todos los chicos de clase, él tenía que ser el que me dirigiera la palabra, él tenía que llamarse así.
No quiero ni imaginarme otro infierno como ese, y menos con alguien con el mismo nombre.
Salir de un agujero es terrible. No se sale de las drogas para nada y como si nada. Te sientes débil en todo momento, necesitada de algo que no te haga sentir la realidad. No quiero volver a eso.
Echo de menos a Juan.El primero, no el que conocí ayer. Podría volver a él. Sé que me aceptaría sin nada a cambio. Pero sería un error tremendo. No puedo hacerme eso a mí misma. Voy a llorar.
...............................................................................................................
-Hola, soy María.
-Yo Juan, encantado.
-Igualmente.... Juan.
..............................................................................................................
De entre todos los nombre del mundo, tenía que llamarse así. Le sonrío como una idiota y se crea un momento incómodo en el que dice algo que ya no entiendo. De entre todos los chicos de clase, él tenía que ser el que me dirigiera la palabra, él tenía que llamarse así.
No quiero ni imaginarme otro infierno como ese, y menos con alguien con el mismo nombre.
Salir de un agujero es terrible. No se sale de las drogas para nada y como si nada. Te sientes débil en todo momento, necesitada de algo que no te haga sentir la realidad. No quiero volver a eso.
Echo de menos a Juan.El primero, no el que conocí ayer. Podría volver a él. Sé que me aceptaría sin nada a cambio. Pero sería un error tremendo. No puedo hacerme eso a mí misma. Voy a llorar.
domingo, 1 de mayo de 2011
Paisaje
Las calles susurran historias, pisadas de miles de hombres luchadores, fracasados, tristes y felices. Cuentan las historias de cientos de San Lorenzos, de miles de amores en sus callejones.
La gente de Huesca también alberga ese sentimiento, aunque debes conocerlos bien para encontrarlo. Los oscenses son especiales, especiales porque están siempre como deben estar en ese momento. Es como si supieran lo que esperas de ellos, y lo cumplan siempre, sin hacerte esperar.
Huesca sabe hacerte feliz, aunque siempre tengas que tener presente la sensación de que si no huyes de ella, nunca serás nadie. Es lo que le pasó a ella misma, estaba llamada a ser alguien importante, pero por alguna razón no lo fue. Es casi como una mujer, si la complaces de alguna manera, creando momentos especiales sobre su asfalto, te lo agradece mostrándote algo nuevo, o haciendo de una forma casi tenebrosa que conozcas a alguien especial, o te reencuentres con quien echas de menos. Huesca me ha visto crecer y sabe lo que amo, sabe que la amo a ella, que amo su fútbol, sus gentes, sus escritores, la forma de hacer las cosas. Que amo a Paula, su oscense más preciosa.
¿Qué te corre por las venas? Que te noto que te falta, nena, temperatura.
Sorpresa, este intento de regalo al hada de Deltoya, la que está loca también, de parte de un duende, del parque.
¿Hasta dónde llegarías para hacerme feliz? Punto y aparte. Fin de renglón
Los dos besos reglamentarios, sonrisa forzada, no quiero estar aquí. El hombre de mi izquierda dice algo y todos reímos, la corbata me ahoga. Me fuerzo a tragar los guisantes del plato y le miro las tetas a la chica que está frente a mí. Quizás sea una buena noche.
¿Hasta dónde llegarías para hacerme feliz? Punto y aparte. Fin de renglón
Los dos besos reglamentarios, sonrisa forzada, no quiero estar aquí. El hombre de mi izquierda dice algo y todos reímos, la corbata me ahoga. Me fuerzo a tragar los guisantes del plato y le miro las tetas a la chica que está frente a mí. Quizás sea una buena noche.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)