Llevaba esperando un buen rato, la copa estaba vacía y ya pensaba que no iba a venir, así que cogí una servilleta e intenté escribir una parte de mi pensamiento, por supuesto después de tres líneas mis intestinos me recordaron que existían para algo, así que le pregunté a la camarera dónde estaba el servicio, me miró con desprecio y me señaló que al fondo a la derecha, siempre es al fondo a la derecha, tenía un buen culo.
Mientras pensaba en su culo, pensé en el mío y en el hijo que gestaba. Después de una serie de estrepitosas pedorretas acabé y me fui a limpiar, la sorpresa, como no, era que no había ningún papel, sólo el teléfono en la puerta, de una tal Alice que decía que llamara si estaba masturbándome. Aparte de eso, hedor y soledad es lo único que me quedaba, nunca me ha gustado ir con el culo sucio, así que recordé lo que acaba de escribir en la servilleta, por suerte la había guardado en el bolsillo trasero del pantalón de manera instintiva. Lo leí 4 veces más, y llegué a la conclusión de que ése era el mejor destino de las 3 líneas, me limpié y antes de tirarlo, me fijé en que lo único que se había salvado era "sobrevivir", sonreí, me levanté y volví a la mesa.
En ese mismo momento, la chica acaba de sentarse, me había hecho esperar demasiado, así que pedí dos copas, me bebí una de golpe y la otra de dos sorbos, la chica no parecía cómoda con todo aquello, así que le pregunté que talla de sujetador usaba, le pareció divertido y me respondió con una mentira, aquello me gustó. Compramos algo de vino y nos fuimos a su piso, un piso de estudiantes. Follamos, follamos y follamos y me quedé dormido. Soñé con que me suicidaba, de repente, desperté azotado por una ráfaga de cierzo que me recorrió hasta la última neurona de mi cerebro. Me di cuenta de que todo había sido un sueño, que seguía en el mismo sitio, que me encontraba en la calle, que estaba entre cartones, muerto.
Quiero ser como Lebowski
domingo, 6 de octubre de 2013
viernes, 4 de octubre de 2013
Marrón
Me sonaban las tripas y me reconcomía la tristeza. Presioné, una vez más, al cuerpo inerte que dirigía, respondió con un suspiro y una arcada; ya estaba preparado para otro trago de amabilidad y para un sorbito de amarga felicidad.
Entré dentro de aquél dichoso bar, realmente no quería entrar, era demasiado caro y yo sólo tenía sueños en el bolsillo. Pero el letrero de fuera prometía colores y algo de calor humano.
Dentro, encontré gente muerta bailando y a un barman, que al verme, supo que estaba en el lado erróneo de la barra, nos miramos, nos casamos durante 3 segundos y luego atendió a otro cliente. No recuerdo cómo lo pagué, el caso es que lo hice. Escupí dentro del bar y salí a fumar un cigarro; en realidad me echaron, me dijeron que no necesitaban "gente" como yo allá adentro, yo les respondí que estaba muerto, como todos ellos, pero no me creyeron, no conseguí engañar a nadie, ni si quiera a mí mismo.
Afuera, mientras me golpeaba un cierzo que tiraba al suelo cualquier pensamiento que se te pasara por la cabeza, sólo había personas rotas y un par de zapatos nuevos. Me mee en los zapatos nuevos y también en los míos sin querer, me reí y apuré el cigarro. Fugaz como un polvo, apareció una mujer, que me dijo que yo tenía clase, que debía de ir dentro, le respondí que preferiría mearme en mis zapatos, se rió.
Fumaba cigarrillos de chocolate y tenía un culo bastante bonito, además ella lo sabía, eso me gustaba. Su cama, templo, santuario, el lugar dónde se crean y se destruyen los sueños de mi bolsillo, estaba hecha para que todo el mundo en el edificio supiera para que se creó una cama. Dimos buen uso de ella, en mitad de una conversación entre muelles, fue a buscar vino y nos servimos directamente de la botella, mal vino.
Desperté al cabo de una o dos horas, o quizá fueran 2 años, qué importaba. Me levanté, la besé y me fui. Volví al dichoso bar que prometía muchas cosas, seguía abierto, vi mi meada, me fumé un cigarrillo de chocolate y me puse los zapatos meados.
Entré dentro de aquél dichoso bar, realmente no quería entrar, era demasiado caro y yo sólo tenía sueños en el bolsillo. Pero el letrero de fuera prometía colores y algo de calor humano.
Dentro, encontré gente muerta bailando y a un barman, que al verme, supo que estaba en el lado erróneo de la barra, nos miramos, nos casamos durante 3 segundos y luego atendió a otro cliente. No recuerdo cómo lo pagué, el caso es que lo hice. Escupí dentro del bar y salí a fumar un cigarro; en realidad me echaron, me dijeron que no necesitaban "gente" como yo allá adentro, yo les respondí que estaba muerto, como todos ellos, pero no me creyeron, no conseguí engañar a nadie, ni si quiera a mí mismo.
Afuera, mientras me golpeaba un cierzo que tiraba al suelo cualquier pensamiento que se te pasara por la cabeza, sólo había personas rotas y un par de zapatos nuevos. Me mee en los zapatos nuevos y también en los míos sin querer, me reí y apuré el cigarro. Fugaz como un polvo, apareció una mujer, que me dijo que yo tenía clase, que debía de ir dentro, le respondí que preferiría mearme en mis zapatos, se rió.
Fumaba cigarrillos de chocolate y tenía un culo bastante bonito, además ella lo sabía, eso me gustaba. Su cama, templo, santuario, el lugar dónde se crean y se destruyen los sueños de mi bolsillo, estaba hecha para que todo el mundo en el edificio supiera para que se creó una cama. Dimos buen uso de ella, en mitad de una conversación entre muelles, fue a buscar vino y nos servimos directamente de la botella, mal vino.
Desperté al cabo de una o dos horas, o quizá fueran 2 años, qué importaba. Me levanté, la besé y me fui. Volví al dichoso bar que prometía muchas cosas, seguía abierto, vi mi meada, me fumé un cigarrillo de chocolate y me puse los zapatos meados.
sábado, 28 de septiembre de 2013
No solamente soñaba
Sonaba Mahler en el tocadiscos, hasta que se paró, me levanté y le di a la manivela otra vez. Es curioso, para ver cine, adoro una televisión moderna, pero para la música siempre he preferido ese artefacto, más curioso es aún, que suene Mahler y yo piense en gloomy sunday con la maravillosa Billie Holiday aconsejándome descorchar otra botella y frente al espejo, brindar conmigo mismo, o por lo menos intentarlo. Me puse a pensar en "y si..." si ganara la lotería, podría comprarme un yate, o quizá una buena botella de oporto, lo veo más práctico, ustedes que creen? No me respondan, su opinión me importa una condenada mierda. Mi mente se detuvo en que correteaban todo tipo de criaturas por el piso, pero me detuve en las cucarachas y rápidamente me rasqué los brazos con urticaria.
Repasé la lista de la compra, aunque siempre se me olvida en casa cuando voy a ir comprar. Huevos, arroz, pasta y algo de mantequilla, al final ocurriría lo que ocurre siempre, pensaría en que hay una buena oferta de vino y dejaría de lado el comer, el comer es para nuevos ricos y para mujeres embarazadas. Miré el reloj cuco de la pared, marcaba las 2:37 de la mañana, aunque tampoco estoy muy seguro, porque nunca le había dado cuerda, dar cuerda a algo me parece tedioso y absurdo. Mientras tanto, gloomy sunday empezaba a llegar a su fin, junto con la manivela, junto con mi trago, junto con mi vida. Pensé una última vez en las verdes formas de aquél vidrio que me sugería el fin de la ominosa existencia del ser, me asusté, tragué saliva y la botella se rompió en 91 pedazos impregnados de rojo y de negro. Mientras tanto las cucarachas se pusieron de pie.....
lunes, 23 de septiembre de 2013
Bueno, el otro día, veréis....... fue un gran día. No tenía mucha resaca (o quizá demasiada) y tenía que ir nosedónde, a buscar noseelqué y salí a la calle asumiendo el hecho de que iba a ver a gente, y me estremecí del mismo modo que cuando te sacudes las 7 últimas gotas, pues ese día, no vi a nadie, por un momento pensé que estaban muertos, me alegré enormemente y me puse a hacer planes... lo primero que me vino a la mente, fue que conocí a una sandía que me propuso darnos un rebolcón, resultaron ser 17 y yo me quedé con ganas de comerme alguna pepita; de todas formas es un desasosiego, sigo en la parada del tranvía viendo como no pasa la gente y me relajo y pienso en esa sandía, aunque yo esperara que fuera un limón o algo que cuando te lo exprimieras encima te corroyera... De repente me entró un pinchazo en el cuello y recordé que tenía al hígado en el banquillo y nada que llevarme a la boca, el mundo había muerto y las tiendas estarían cerradas, la historia de siempre, para colmo de males mis intestinos se removieron y me preguntaron que porqué tuve que comerme esa última cucharada del plato de alubias mejicanas, les respondí con un puñetazo y un fragmento de aristóteles, creo que había conseguido engañarles.
Por fin, llegó el condenado tranvía, y llegué a la conclusión de que no podía quedarme a solas con mis intestinos, así que agradecí a la vieja maleducada que se puso al lado mío y al fétido hedor que regía en aquél lugar. Se me acercó un coco que me pedía limosna y una calabaza que quería parte de mi pene para ayudarla a llegar a nosedónde, le dije que no tenía dinero, ni tampoco tabaco. Bajé del tranvía y me deprimí, pensé en la canción del pirata, la tararee y olvidé a dónde tenía que ir. El tranvía se fue y me replantee subir de nuevo ir con la calabaza.
Por fin, llegó el condenado tranvía, y llegué a la conclusión de que no podía quedarme a solas con mis intestinos, así que agradecí a la vieja maleducada que se puso al lado mío y al fétido hedor que regía en aquél lugar. Se me acercó un coco que me pedía limosna y una calabaza que quería parte de mi pene para ayudarla a llegar a nosedónde, le dije que no tenía dinero, ni tampoco tabaco. Bajé del tranvía y me deprimí, pensé en la canción del pirata, la tararee y olvidé a dónde tenía que ir. El tranvía se fue y me replantee subir de nuevo ir con la calabaza.
domingo, 15 de septiembre de 2013
Tic tac.
Tic tac.
La habitación de siempre, el olor de siempre.
Tic tac.
Tic tac.
El reloj sigue su camino.
Corre en mi contra.
Poniendo todo más difícil.
Tic tac.
Tic tac.
Joder.
Debería hacer algo, y no se el qué.
Debería hacer algo, tomar la decisión de salir de esta vida,
debería dejarnos vivir a los dos.
Joder.
Tic tac.
Tic tac.
No quiero que no sea la habitación de siempre. No quiero que
no sea el olor de siempre.
Quiero la habitación de siempre. Quiero el olor de siempre.
Quiero poder decir.
Tic tac.
Te quiero.
Sin preguntar.
Tic tac.
No quiero hacer nada, porque no soy yo quién toma siempre
las decisiones.
No quiero que nada cambie, porque un cambio significa que yo
pierdo.
Que nadie gana,
porque ya han ganado.
Tic tac.
El reloj corre en mi contra, pero eso ya lo se.
Es lo jodido.
Que ya lo se.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Todo en este mundo tiene derecho a trascender
NOTA: el autor de "esto", está haciendo jugando, con este personaje, en este mismo momento,y es posible que TÚ, también lo estés haciendo
Estuve viajando unas 6,7,8,9,10 horas, y fijaos, que ya pensé, que me había perdido y que ya podía dar por finalizada la búsqueda de mi vida, el fin de mi existencia, si no acababa ese viaje, no iba a morir, que desesperanza. Sentí un agobio, me pregunté si el tiempo se había detenido, pero eso no tenía ningún sentido, porque veía como lentamente me desplazaba por aquél sitio tan angosto, si tuviera claustrofobia hubiera tenido un gran problema.
¿os imagináis a alguien como yo con claustrofobia? jajajaja sería totalmente ridículo.
En mi educación, cuando apenas era del tamaño de una cucaracha, me dijeron que pasaría mucho tiempo a lo largo de mi vida sólo y que tendría que aprender a vivir con ello. Bueno, una cosa es en teoría y luego otra muy diferente NUNCA haber tenido contacto con nada ni nadie, nunca había visto a nadie de mi especie, ni si quiera los que me educaron lo eran.
Me quedé dormido, me sentí como en aquella película del espacio dónde había un bebe que se movía lenta, pero constantemente por todo el espacio, es más, de hecho pensé que me encontraba en el espacio, la sensación entre la claustrofobia y la agorafobia debe de ser exactamente la misma............DE-RE-PEN-TE noté una enorme sacudida, y dije, "por fin, por fin, ya llega", estaba lleno de alegría, me habían preparado toda mi vida para esto, y ahora sabía que era MI momento (NO EL DE USTEDES), mi momento de gloria, de fama, de respeto, de trascendencia, de locura, de regocijo, me hubiera frotado las manos si hubiera tenido, así de repente VÍ la LUZ delante de mí, VÍ a DIOS...y como dicen siempre, tan pronto te dan algo, tan pronto te lo quitan. Y la salida, mi fin, mi momento, mi muerte, desapareció y se tapó.
Pero entendí que alguien estaba haciendo trampas, y no estaba permitiendo el libre albedrío, porque volví a ver la luz, y volví a ver como se tapaba, estaban jugando conmigo, hasta que...finalmente se decidió y se abrió de par en par la salida, y yo estaba a escaso centímetros de ella, y vi el cielo, OH SI, amigos, lo vi, allí me estaba esperando todo él, blanco, puro, esperándome con la boca abierta, me precipité por el agujero y caí, con un CHOF, tan seco amigos míos, que cualquier otra mierda en este mundo se paró a escuchar.
Estuve viajando unas 6,7,8,9,10 horas, y fijaos, que ya pensé, que me había perdido y que ya podía dar por finalizada la búsqueda de mi vida, el fin de mi existencia, si no acababa ese viaje, no iba a morir, que desesperanza. Sentí un agobio, me pregunté si el tiempo se había detenido, pero eso no tenía ningún sentido, porque veía como lentamente me desplazaba por aquél sitio tan angosto, si tuviera claustrofobia hubiera tenido un gran problema.
¿os imagináis a alguien como yo con claustrofobia? jajajaja sería totalmente ridículo.
En mi educación, cuando apenas era del tamaño de una cucaracha, me dijeron que pasaría mucho tiempo a lo largo de mi vida sólo y que tendría que aprender a vivir con ello. Bueno, una cosa es en teoría y luego otra muy diferente NUNCA haber tenido contacto con nada ni nadie, nunca había visto a nadie de mi especie, ni si quiera los que me educaron lo eran.
Me quedé dormido, me sentí como en aquella película del espacio dónde había un bebe que se movía lenta, pero constantemente por todo el espacio, es más, de hecho pensé que me encontraba en el espacio, la sensación entre la claustrofobia y la agorafobia debe de ser exactamente la misma............DE-RE-PEN-TE noté una enorme sacudida, y dije, "por fin, por fin, ya llega", estaba lleno de alegría, me habían preparado toda mi vida para esto, y ahora sabía que era MI momento (NO EL DE USTEDES), mi momento de gloria, de fama, de respeto, de trascendencia, de locura, de regocijo, me hubiera frotado las manos si hubiera tenido, así de repente VÍ la LUZ delante de mí, VÍ a DIOS...y como dicen siempre, tan pronto te dan algo, tan pronto te lo quitan. Y la salida, mi fin, mi momento, mi muerte, desapareció y se tapó.
Pero entendí que alguien estaba haciendo trampas, y no estaba permitiendo el libre albedrío, porque volví a ver la luz, y volví a ver como se tapaba, estaban jugando conmigo, hasta que...finalmente se decidió y se abrió de par en par la salida, y yo estaba a escaso centímetros de ella, y vi el cielo, OH SI, amigos, lo vi, allí me estaba esperando todo él, blanco, puro, esperándome con la boca abierta, me precipité por el agujero y caí, con un CHOF, tan seco amigos míos, que cualquier otra mierda en este mundo se paró a escuchar.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Con sabor a channel
Después de intentar escribir algo durante 70 años, se despertó a las 8 de la mañana, un domingo lluvioso, de esos días que hay que aprovechar completamente; y sabes que lo que debes hacer es abrir una botella y sacarle un buen partido, paladeando el sabor a bilis de ayer, junto con el licor de ahora. Estuvo mirando las gotas del cristal, mientras pensaba en aquella primera vez, en la conoció el amor verdadero, algo que jamás se separaría de él, y que nunca lo abandonaría. Se sirvió del recipiente 2 o 3 años menos de vida. Se ensimismó con las formas del humo del tabaco y pensó en lo asqueroso que sería mascarlo.
ESE olor, estaba por toda la habitación, un olor degradante, que te recuerda cada uno de tus fracasos en tu absurda existencia, nació para fracasar, ESE olor fue el que estuvo distrayéndole durante su siesta de 5 horas, soñó con perfumes, con Patrick Süskind, y con la vecina de abajo que siempre huelen a vainilla sus pechos, rezumando inocencia e inseguridad. Pero en realidad, no era ningún buen olor, mas bien HEDÍA, era insoportable, y le perturbó totalmente su descanso. Se despertó con ESTE dolor de cabeza. Y rápidamente, su olfato hábil, le dijo, aquí hiede. Un olor a colonia de supermercado, a llegar tarde a la decimonovena entrevista de trabajo con ese traje desgastado y esos zapatos con escasas suelas llenos de chicles con el pelo repeinado de haberse pasado la noche anterior, a esa colonia que te ponía tu madre de pequeño cuando salías de bañarte, a todos esos miedos que nos persiguen por el día y nos esperan tras el alféizar de la ventana. Buscó desesperadamente el origen de ESE olor tan repugnante, tiró al suelo todo lo que encontró, y puso en la cama todo lo del suelo. NADA, esa fue la respuesta que recibió, hasta que entonces, se paró a pensar si lo estaba imaginando, pero desechó la idea cuando salió de la habitación y se preparó un café; entonces él sabía que la habitación estaba infestada de algo, sin respuesta, fue a por un trago que calmara su sensatez, y entonces, el olor se hizo más fuerte, y se acordó dónde había comprado la botella, un lugar deprimente (como todos), pero este además gozaba de numerosas cucarachas, que sonreían, la marca, totalmente desconocida.
ESE olor, estaba por toda la habitación, un olor degradante, que te recuerda cada uno de tus fracasos en tu absurda existencia, nació para fracasar, ESE olor fue el que estuvo distrayéndole durante su siesta de 5 horas, soñó con perfumes, con Patrick Süskind, y con la vecina de abajo que siempre huelen a vainilla sus pechos, rezumando inocencia e inseguridad. Pero en realidad, no era ningún buen olor, mas bien HEDÍA, era insoportable, y le perturbó totalmente su descanso. Se despertó con ESTE dolor de cabeza. Y rápidamente, su olfato hábil, le dijo, aquí hiede. Un olor a colonia de supermercado, a llegar tarde a la decimonovena entrevista de trabajo con ese traje desgastado y esos zapatos con escasas suelas llenos de chicles con el pelo repeinado de haberse pasado la noche anterior, a esa colonia que te ponía tu madre de pequeño cuando salías de bañarte, a todos esos miedos que nos persiguen por el día y nos esperan tras el alféizar de la ventana. Buscó desesperadamente el origen de ESE olor tan repugnante, tiró al suelo todo lo que encontró, y puso en la cama todo lo del suelo. NADA, esa fue la respuesta que recibió, hasta que entonces, se paró a pensar si lo estaba imaginando, pero desechó la idea cuando salió de la habitación y se preparó un café; entonces él sabía que la habitación estaba infestada de algo, sin respuesta, fue a por un trago que calmara su sensatez, y entonces, el olor se hizo más fuerte, y se acordó dónde había comprado la botella, un lugar deprimente (como todos), pero este además gozaba de numerosas cucarachas, que sonreían, la marca, totalmente desconocida.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Cartas de invierno
Querida Karen,
Si estás leyendo esto, significa que he encontrado el valor para mandártelo. ¡Bravo por mi!
No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo más difícil que he tenido que escribir nunca.
No hay manera fácil de decir esto, así que simplemente lo diré. He conocido a alguien. Fue una casualidad, yo no lo estaba buscando. No lo planeé. Fue la tormenta perfecta. Ella dijo una cosa, yo dije otra... La siguiente cosa que supe es que quería pasar el resto de mi vida en medio de esa conversación.
Ahora tengo la sensación en mis entrañas de que puede ser ella. Está completamente loca… de una forma que me hace sonreír, extremadamente neurótica, y exige un cuidado intensivo.
Ella eres tú, Karen. Esas son las buenas noticias.
La mala es que no sé como estar contigo ahora. Me acojona, porque si no estoy contigo inmediatamente, tengo la sensación de que nos perderemos ahí fuera.
Este es un mundo grande y malo, lleno de curvas y recovecos, y basta con que parpadear para que desaparezca el momento. El momento que pudo cambiarlo todo.
No sé lo que hay entre nosotros, y no puedo decirte por qué deberías saltar al vacío por alguien como yo, pero hueles tan bien... como el hogar… y haces un café excelente… eso también es importante, ¿verdad?
Llámame.
Infielmente tuyo,
Hank Moody
Si estás leyendo esto, significa que he encontrado el valor para mandártelo. ¡Bravo por mi!
No me conoces muy bien pero, si me lo permites, tengo tendencia a repetir una y otra vez lo duro que me resulta escribir, pero… esto es lo más difícil que he tenido que escribir nunca.
No hay manera fácil de decir esto, así que simplemente lo diré. He conocido a alguien. Fue una casualidad, yo no lo estaba buscando. No lo planeé. Fue la tormenta perfecta. Ella dijo una cosa, yo dije otra... La siguiente cosa que supe es que quería pasar el resto de mi vida en medio de esa conversación.
Ahora tengo la sensación en mis entrañas de que puede ser ella. Está completamente loca… de una forma que me hace sonreír, extremadamente neurótica, y exige un cuidado intensivo.
Ella eres tú, Karen. Esas son las buenas noticias.
La mala es que no sé como estar contigo ahora. Me acojona, porque si no estoy contigo inmediatamente, tengo la sensación de que nos perderemos ahí fuera.
Este es un mundo grande y malo, lleno de curvas y recovecos, y basta con que parpadear para que desaparezca el momento. El momento que pudo cambiarlo todo.
No sé lo que hay entre nosotros, y no puedo decirte por qué deberías saltar al vacío por alguien como yo, pero hueles tan bien... como el hogar… y haces un café excelente… eso también es importante, ¿verdad?
Llámame.
Infielmente tuyo,
Hank Moody
lunes, 2 de septiembre de 2013
De no saber cosas.
Lo único que tengo claro es que no se nada. No se por qué pasó. No se cuando acabará. No se cómo sentirme, si feliz por tenerte o triste por no tenerte. No se cuando acabará.
Tengo que cuidar las palabras, y perdido en esos ojos verdes me planteo mis dos verdaderas opciones, mientras acaricio tus piernas y tu boca muerde mi cuello. Las dos opciones son claras y sonrío a tu mirada.
Una opción, la cual es la que probablemente no haga, es intentar aclarar algo, y querer dejar de estar confuso. Pero siempre que me la imagino, me entra un terrible miedo, y muchas ganas de llorar, y de romper todas las tiendas de pinturas del mundo, y nos imagino hablando, y siempre te imagino huyendo de mi, y no volviéndote a ver nunca, y aunque quizás fuera lo mejor para ti, no puedo imaginarme (aún) de nuevo metiéndome en el mar en el que me metería después, un mar un poquito salado y con un poquito sabor a whisky y otro poquito sabor a vodka, y no puedo imaginarme intentando salir cuando note que el mar me ahoga, y lo que me imagino es ahogándome sin remedio.
La otra opción, que es la que voy a tomar, es seguir igual de confuso que ahora, seguir igual de perdido e igual de triste, e igual de feliz por tenerte a ratitos, con toda la incertidumbre del mundo, y aguantar hasta que tú decidas que es suficiente regalarme tus miradas.
Y sobre todo, que me sigas dejando regalarte flores amarillas.
Tengo que cuidar las palabras, y perdido en esos ojos verdes me planteo mis dos verdaderas opciones, mientras acaricio tus piernas y tu boca muerde mi cuello. Las dos opciones son claras y sonrío a tu mirada.
Una opción, la cual es la que probablemente no haga, es intentar aclarar algo, y querer dejar de estar confuso. Pero siempre que me la imagino, me entra un terrible miedo, y muchas ganas de llorar, y de romper todas las tiendas de pinturas del mundo, y nos imagino hablando, y siempre te imagino huyendo de mi, y no volviéndote a ver nunca, y aunque quizás fuera lo mejor para ti, no puedo imaginarme (aún) de nuevo metiéndome en el mar en el que me metería después, un mar un poquito salado y con un poquito sabor a whisky y otro poquito sabor a vodka, y no puedo imaginarme intentando salir cuando note que el mar me ahoga, y lo que me imagino es ahogándome sin remedio.
La otra opción, que es la que voy a tomar, es seguir igual de confuso que ahora, seguir igual de perdido e igual de triste, e igual de feliz por tenerte a ratitos, con toda la incertidumbre del mundo, y aguantar hasta que tú decidas que es suficiente regalarme tus miradas.
Y sobre todo, que me sigas dejando regalarte flores amarillas.
sábado, 31 de agosto de 2013
Las bromas de la vida
Yo le dije a Marina que nos cambiáramos de acera. Primero la vi de lejos, y debí empalidecer y maldije a la vida, y luego tomé a Marina de la mano y le dije sonriendo que nos cambiáramos de acera, que quería mirar el escaparate de la Librería Anónima. Yo tenía un nudo en la garganta y las lágrimas a punto de surgir, pero Marina iba hablando por el teléfono móvil y no me hizo caso, y cuando Marina la miró, vi su cara convertirse en una mueca de dolor, el móvil se le cayó de las manos y se rompió contra el suelo.
La chica que mirábamos no se llamaba Isabel, ni estaba muerta, pero cruelmente se parecía a una niña que se llamó Isabel y a la que un Toyota Corolla verde atropelló un 25 de marzo a las 8 y media de la tarde. Esa niña que no se llamaba Isabel se parecía tanto a nuestra hija Isabel que Marina rompió a llorar y yo le sujeté la cabeza contra mi hombro para que no tuviera que verla más.
La niña, que llevaba un vestido azul con patos dibujados se nos quedó mirando y miró hacia atrás, y los bucles de su pelo se movieron creando la imagen más cruelmente bella que he visto jamás. Yo tenía los pelos de punta y no podía dejar de mirarla, y era horrible.
La chica que mirábamos no se llamaba Isabel, ni estaba muerta, pero cruelmente se parecía a una niña que se llamó Isabel y a la que un Toyota Corolla verde atropelló un 25 de marzo a las 8 y media de la tarde. Esa niña que no se llamaba Isabel se parecía tanto a nuestra hija Isabel que Marina rompió a llorar y yo le sujeté la cabeza contra mi hombro para que no tuviera que verla más.
La niña, que llevaba un vestido azul con patos dibujados se nos quedó mirando y miró hacia atrás, y los bucles de su pelo se movieron creando la imagen más cruelmente bella que he visto jamás. Yo tenía los pelos de punta y no podía dejar de mirarla, y era horrible.
lunes, 26 de agosto de 2013
Deuda.
Echo de menos las drogas cuando veo que un negro habla con un niño pijo
en el callejón de detrás del Edén y una señora que viste un escote
demasiado exagerado se mete un pico encima de un coche mientras un
fracasado con tripa y una cerveza en la mano la observa pensando en las
guarradas que podría hacerle esa noche si su mujer no le esperara en casa levantada y llorando mientras en la tele el horóscopo anuncia un viaje inesperado a los piscis.
Las echo de menos cuando miro los lugares donde follamos y nos dejamos parte de nuestro amor, en cachitos pequeños perdidos por la ciudad.
Puta de mentira. Puta salvaje.
Que igual ya no me quieres, y me gasto los minutos tirando por la borda todas las esperanzas que me quedan. Que igual me sobran palabras y me faltan hechos o artimañas. Que igual ya nada puede ser.
Que yo que se.
Pienso. En tu vagina. En tus ojos y en tus labios, y en tu boca. Y en tus dientes. En tu oscura mirada. Profunda. En el desperdicio de tu cuerpo saboreado por lenguas ajenas, que no saben qué saborear. En tus dedos, en tus pies. En tu ombligo oculto tras ropa que no sirve para nada. En tus besos escondidos. En tus te quieros, mas caros que cualquier cosa que se pueda comprar. En la vida que tenía y tiré a la basura, o en las vidas que no viviré jamás.
Paseo por calles perdidas, por callejones de esos que llaman peligrosos, buscando algo de volar, o algún filo de navaja perdido, pensando en todos tus recuerdos idos, y en paseos en los que me debatía entre el autocontrol o la pérdida de nociones, en días oscuros y difíciles, en tardes metido en casa buscando excusas, en Dylan sonando de fondo, en dibujos y páginas de diarios arrancadas sin piedad de cuadernos que solo sirven para ser destrozados mientras la lluvia cae afuera y yo ardo en deseos de mojarme la espalda por el agua que entra por la ventana abierta de encima de tu cama, en Extremoduro recordándome que existe una luz, o que quizá no.
Puta de mentira. Puta salvaje.
"¿Por qué me has abandonado? las hojas del otoño me están llegando ya al cuello"
Las echo de menos cuando miro los lugares donde follamos y nos dejamos parte de nuestro amor, en cachitos pequeños perdidos por la ciudad.
Puta de mentira. Puta salvaje.
Que igual ya no me quieres, y me gasto los minutos tirando por la borda todas las esperanzas que me quedan. Que igual me sobran palabras y me faltan hechos o artimañas. Que igual ya nada puede ser.
Que yo que se.
Pienso. En tu vagina. En tus ojos y en tus labios, y en tu boca. Y en tus dientes. En tu oscura mirada. Profunda. En el desperdicio de tu cuerpo saboreado por lenguas ajenas, que no saben qué saborear. En tus dedos, en tus pies. En tu ombligo oculto tras ropa que no sirve para nada. En tus besos escondidos. En tus te quieros, mas caros que cualquier cosa que se pueda comprar. En la vida que tenía y tiré a la basura, o en las vidas que no viviré jamás.
Paseo por calles perdidas, por callejones de esos que llaman peligrosos, buscando algo de volar, o algún filo de navaja perdido, pensando en todos tus recuerdos idos, y en paseos en los que me debatía entre el autocontrol o la pérdida de nociones, en días oscuros y difíciles, en tardes metido en casa buscando excusas, en Dylan sonando de fondo, en dibujos y páginas de diarios arrancadas sin piedad de cuadernos que solo sirven para ser destrozados mientras la lluvia cae afuera y yo ardo en deseos de mojarme la espalda por el agua que entra por la ventana abierta de encima de tu cama, en Extremoduro recordándome que existe una luz, o que quizá no.
Puta de mentira. Puta salvaje.
"¿Por qué me has abandonado? las hojas del otoño me están llegando ya al cuello"
sábado, 24 de agosto de 2013
Adioses y despojos.
Llevaba el vestido más precioso que había visto nunca, con una cremallera en el pecho que habría abierto la puerta del mismísimo infierno, se me acercó conociendo mi debilidad, y sus labios me rozaron la oreja mientras decían "una cerveza, o qué". Dios, podría haberle hecho el amor dos mil veces esa noche y no me habría cansado de mirar esos ojos que saben doler.
La Gata se estira en la cama, desnuda, con las sábanas tapando lo que deben tapar, y yo la contemplo como quien mira un ángel y no cree lo que ve.
-No me pidas nunca que me vaya, por favor -le ruego a la figura dormida, mientras se despereza y me mira y sonríe, como si eso fuera posible sin que en algún otro lado esté ocurriendo algo malo,
-No te vayas, y hazme un café.
Entro en la cocina e intento preparar un café medianamente decente mientras el murmullo de la ducha resuena por toda esa vieja casa, y pienso en los adioses y los despojos, y en el siempre que nunca será después de esta noche. Lloro un poco ahí en la cocina, mientras se ducha, para que ella no lo sepa, para no seguir haciéndole más daño y la cafetera regurgita café medio quemado.
La ducha sigue sonando.
Yo abro la puerta de la casa.
La Gata se estira en la cama, desnuda, con las sábanas tapando lo que deben tapar, y yo la contemplo como quien mira un ángel y no cree lo que ve.
-No me pidas nunca que me vaya, por favor -le ruego a la figura dormida, mientras se despereza y me mira y sonríe, como si eso fuera posible sin que en algún otro lado esté ocurriendo algo malo,
-No te vayas, y hazme un café.
Entro en la cocina e intento preparar un café medianamente decente mientras el murmullo de la ducha resuena por toda esa vieja casa, y pienso en los adioses y los despojos, y en el siempre que nunca será después de esta noche. Lloro un poco ahí en la cocina, mientras se ducha, para que ella no lo sepa, para no seguir haciéndole más daño y la cafetera regurgita café medio quemado.
La ducha sigue sonando.
Yo abro la puerta de la casa.
martes, 20 de agosto de 2013
Ojalá volvieras a ser real
Anoche soñé contigo, y me dijiste que
todo estaba bien.
Yo no te creí, y avancé en la oscuridad
a buscarte, mientras te reías de mi y llorabas por ti y me decías que no lo
intentara, que nosotros no éramos nada bueno. Yo avanzaba, sumido en una
inmensa oscuridad morada y los pasos resonaban en las paredes inexistentes del
sueño. Luego me caía, y cuando me levantaba, tú no estabas allí.
Un cuervo se comía el cadáver en el que
te habías convertido, y yo lo miraba sin sentir nada. Tú no eras una muerta, la
gata que yo conocí era la que se movía por los tejados y ronroneaba entre
sábanas, no la que se dejaba comer por los cuervos y, apagada, fingía una
sonrisa hacia la cámara.
El suelo se hunde, y caigo al vacío, y
ni siquiera grito, porque para qué, si nadie se molesta en escuchar los gritos
que emito despierto. Y entonces la caída acaba, y en el suelo y me muero, y el
cuervo aparece para comer mi carroña, y yo le dejo, porque nunca he sido de
moverme para mí mismo, y aunque la sensación de ser comido no es agradable, no
es picoteado como me siento, sino acariciado.
La luna se alza y está llena y luce
amarilla. Yo sudo sobre las sábanas y miro al techo de la habitación. Me giro
sobre mi mismo y abrazo a la mujer desnuda que está en esta diminuta cama.
Ojalá volvieras a ser real.
miércoles, 24 de julio de 2013
Living the Dream
Jodo.
Ahora me acuerdo de las palabras de Sabina. "Como ya no estoy jodido, no tengo qué escribir". Así que me meto un poco dentro de mí y rebusco alguna excusa para sentarme con música triste y escribir palabras absurdas y algo incoherentes aquí, porque me gusta, porque me gustan el dolor y la soledad de vez en cuando.
El problema es que no encuentro ninguna excusa y me siento confuso, y parece que creo problemas donde no los hay, o me los busco yo mismo, perdiéndome en noches que debería controlar algo más.
Y tengo miedo. Tengo miedo de lo que va a venir, porque aunque debería, yo no entiendo nada de estas cosas, ni se qué hacer, ni qué esperar, y lo que es peor, no se que hará ni que esperará. Y lo pienso y me río. Y pienso.
Jodo.
Jodida felicidad.
Ahora me acuerdo de las palabras de Sabina. "Como ya no estoy jodido, no tengo qué escribir". Así que me meto un poco dentro de mí y rebusco alguna excusa para sentarme con música triste y escribir palabras absurdas y algo incoherentes aquí, porque me gusta, porque me gustan el dolor y la soledad de vez en cuando.
El problema es que no encuentro ninguna excusa y me siento confuso, y parece que creo problemas donde no los hay, o me los busco yo mismo, perdiéndome en noches que debería controlar algo más.
Y tengo miedo. Tengo miedo de lo que va a venir, porque aunque debería, yo no entiendo nada de estas cosas, ni se qué hacer, ni qué esperar, y lo que es peor, no se que hará ni que esperará. Y lo pienso y me río. Y pienso.
Jodo.
Jodida felicidad.
martes, 23 de julio de 2013
el motel ayer
Le había engañado,
esa puta le había engañado,
había que pillarle el culo a esa zorra
Entró en la habitación del motel totalmente decidido a asesinarla, estaba seguro de ello, lo había meditado, estaba todo preparado para el acto.
Y
Ahí
estaba, él
Inspeccionó con una mirada rápida toda la habitación; y la vió bocabajo durmiendo totalmente desnuda, ella ni si quiera sabía lo que iba a ocurrir, bueno o sí. Seguramente estaría soñando acerca de aquel helado que le compró su padre cuando era tan solo una niña, todo mierda.
Finalmente después de un par de segundos que parecieron ser 10, se decidió, sacó el cuchillo y se lo clavó una vez, luego otra, y luego otra,era un asesinato, estaba siéndolo, el ser humano reducido a un puñado de sentimientos en cuartucho de un motel. Ella no tardó en despertarse, parecía que estaba sufriendo así que el hombre decidió clavarle el puñal más y mas fuerte, estaba ya todo hecho.
La levantó en volandas, ella parecía fuera de sí, él, ni si quiera se explicaba como podía ser, que siguiera consciente, un crimen, una atrocidad, un despropósito; le miró las tetas, su cuerpo y ese culo tan perfecto, Dios había creado esa mujer para masturbarse, y ahora se estaba masturbando.
El chicoelhombrequienquieraquefueseeldelcuchillo se fijó en que había una cucaracha al lado de su propia bota, la pisó sonó un "chascrahpgfh" y siguió apuñalándola, ahora ella le mira y ve en él, un rostro conocido sonríe y dice:
métemela mas fuerte, mátame, aquí estoy, acaba lo que has empezado;
El hombre sin pensárselo dos veces arremetió con toda la fuerza de sus muslos, acabó y le corto el cuello.
esa puta le había engañado,
había que pillarle el culo a esa zorra
Entró en la habitación del motel totalmente decidido a asesinarla, estaba seguro de ello, lo había meditado, estaba todo preparado para el acto.
Y
Ahí
estaba, él
Inspeccionó con una mirada rápida toda la habitación; y la vió bocabajo durmiendo totalmente desnuda, ella ni si quiera sabía lo que iba a ocurrir, bueno o sí. Seguramente estaría soñando acerca de aquel helado que le compró su padre cuando era tan solo una niña, todo mierda.
Finalmente después de un par de segundos que parecieron ser 10, se decidió, sacó el cuchillo y se lo clavó una vez, luego otra, y luego otra,era un asesinato, estaba siéndolo, el ser humano reducido a un puñado de sentimientos en cuartucho de un motel. Ella no tardó en despertarse, parecía que estaba sufriendo así que el hombre decidió clavarle el puñal más y mas fuerte, estaba ya todo hecho.
La levantó en volandas, ella parecía fuera de sí, él, ni si quiera se explicaba como podía ser, que siguiera consciente, un crimen, una atrocidad, un despropósito; le miró las tetas, su cuerpo y ese culo tan perfecto, Dios había creado esa mujer para masturbarse, y ahora se estaba masturbando.
El chicoelhombrequienquieraquefueseeldelcuchillo se fijó en que había una cucaracha al lado de su propia bota, la pisó sonó un "chascrahpgfh" y siguió apuñalándola, ahora ella le mira y ve en él, un rostro conocido sonríe y dice:
métemela mas fuerte, mátame, aquí estoy, acaba lo que has empezado;
El hombre sin pensárselo dos veces arremetió con toda la fuerza de sus muslos, acabó y le corto el cuello.
miércoles, 17 de julio de 2013
Trozos.
Éramos seis o siete sentados en una mesa. Rosario no dejaba de llevarnos y traernos vasos llenos de vino o cerveza, o tequila, para los más valientes, y cada vez que pasaba por mi lado, le pellizcaba el culo y le guiñaba el ojo, mientras ella me sonreía y se burlaba, desde la seguridad que le daba su condición de mujer, con la mirada.
Estábamos Ernesto, Clara, Roberto, Miguel, Lucía y yo. Y Felipe, que iba y venía de la barra, intentando ligar con una camarera llamada Ariadna, compañera de Rosario, de la que estábamos todos enamorados desde que entramos por primera vez a la Fábrica, que así se llamaba el bar, y nos miró con su melena roja y nos preguntó que si íbamos a ese tugurio por bebida o por mujeres y Felipe, que siempre fue el más rápido de todos, le dijo que nosotros éramos poetas, y si bien escribíamos a las mujeres, la más bella de todas ellas era la botella. Desde entonces todos supimos que Ariadna era de Felipe, y yo tuve que conformarme con la morena bajita y rechoncha que se llamaba Rosario.
Esa tarde Ernesto estaba contando como se había follado a María Val, y yo estaba pillándome un cabreo de cojones. Decía que estaban en casa de María, y que ella le había dicho que tenía la regla y no quería hacer nada, pero que entonces le había pegado una bofetada y le había obligado a chupársela, hasta que le había ahogado la garganta, y que luego le había follado el culo, y que debía haberle dolido, porque había visto alguna lágrima en su cara, pero a él le había dado igual, y había seguido dándole, hasta correrse.
Yo en ese momento me levanté y me fui a la barra a charlar con Felipe, pero estaba demasiado ocupado con Ariadna, y solo Rosario me ofrecía una vía de escape que en ese momento no quería tomar, así que salí a la calle, a ordenar mis ideas y a intentar no dar un puñetazo sobre la mesa, y gritarle a Ernesto y a todo el grupo, que yo no pertenecía a ellos, a ese grupo de libertos, que yo no escribía poesía en esquinas de libros, ni robaba novelas de bohemios parisinos porque pensaba que estaba en mi derecho por ser un bohemio más.
No había dado muchos pasos cuando la voz de Ariadna me sorprendió por la espalda como un puñal bien afilado, preguntándome que si estaba bien.
-Ah, sí, sí. Solo necesitaba estar solo un rato. ¿Tú no tienes que currar?
-Hoy salía pronto, si por currar te refieres a aguantar a tu amigo.
-No es mi amigo -le dije mientras dejaba asomar una sonrisa sobre el cuello de la cazadora.
Me dijo que vivía cerca, y que si quería probar la marihuana que le había regalado el vecino del tercero a cambio de unas bragas que tenía colgadas en el tendedor, así que la seguí a ciegas, sin tener ni idea de dónde iban a llevarme esos pasos. Y fumamos y nos acabamos una botella medio empezada de tequila y le hablé de los poetas norteamericanos que mis amigos odiaban, y decían sobrevalorados, como si ellos les llegaran a la suela de los zapatos.
-Tú escribes distinto, Juan. Ellos son más asquerosos, no se si me entiendes, y tú eres más utópico, más romántico. Suelo leer tus poemas sobre tu hombro cuando vienes solo al bar, porque cuando escribes te abstraes tanto que es como si el mundo se parara a tu alrededor y no haces caso de nadie, y te puedo leer y mirar sin que te des cuenta. Y escribes distinto. Eres mejor que todos ellos.
Y entonces me besó los labios, le miré a los ojos en esa oscuridad, y vi su melena roja caer sobre su espalda, y vi el mundo girar, y los mejores poemas que alguna vez podría haber escrito desfilaron ante mis ojos, y no recordé ninguno al instante posterior. Y descubrí que la amaba, y que no, que la odiaba, y follamos toda la noche y parte de las siguientes, con porros y alcohol y ganas de comer.
"Tú eres mejor que ellos" repetía un eco en mi cabeza mientras veía a Felipe besar a Ariadna meses después en la barra de la Fábrica.
Estábamos Ernesto, Clara, Roberto, Miguel, Lucía y yo. Y Felipe, que iba y venía de la barra, intentando ligar con una camarera llamada Ariadna, compañera de Rosario, de la que estábamos todos enamorados desde que entramos por primera vez a la Fábrica, que así se llamaba el bar, y nos miró con su melena roja y nos preguntó que si íbamos a ese tugurio por bebida o por mujeres y Felipe, que siempre fue el más rápido de todos, le dijo que nosotros éramos poetas, y si bien escribíamos a las mujeres, la más bella de todas ellas era la botella. Desde entonces todos supimos que Ariadna era de Felipe, y yo tuve que conformarme con la morena bajita y rechoncha que se llamaba Rosario.
Esa tarde Ernesto estaba contando como se había follado a María Val, y yo estaba pillándome un cabreo de cojones. Decía que estaban en casa de María, y que ella le había dicho que tenía la regla y no quería hacer nada, pero que entonces le había pegado una bofetada y le había obligado a chupársela, hasta que le había ahogado la garganta, y que luego le había follado el culo, y que debía haberle dolido, porque había visto alguna lágrima en su cara, pero a él le había dado igual, y había seguido dándole, hasta correrse.
Yo en ese momento me levanté y me fui a la barra a charlar con Felipe, pero estaba demasiado ocupado con Ariadna, y solo Rosario me ofrecía una vía de escape que en ese momento no quería tomar, así que salí a la calle, a ordenar mis ideas y a intentar no dar un puñetazo sobre la mesa, y gritarle a Ernesto y a todo el grupo, que yo no pertenecía a ellos, a ese grupo de libertos, que yo no escribía poesía en esquinas de libros, ni robaba novelas de bohemios parisinos porque pensaba que estaba en mi derecho por ser un bohemio más.
No había dado muchos pasos cuando la voz de Ariadna me sorprendió por la espalda como un puñal bien afilado, preguntándome que si estaba bien.
-Ah, sí, sí. Solo necesitaba estar solo un rato. ¿Tú no tienes que currar?
-Hoy salía pronto, si por currar te refieres a aguantar a tu amigo.
-No es mi amigo -le dije mientras dejaba asomar una sonrisa sobre el cuello de la cazadora.
Me dijo que vivía cerca, y que si quería probar la marihuana que le había regalado el vecino del tercero a cambio de unas bragas que tenía colgadas en el tendedor, así que la seguí a ciegas, sin tener ni idea de dónde iban a llevarme esos pasos. Y fumamos y nos acabamos una botella medio empezada de tequila y le hablé de los poetas norteamericanos que mis amigos odiaban, y decían sobrevalorados, como si ellos les llegaran a la suela de los zapatos.
-Tú escribes distinto, Juan. Ellos son más asquerosos, no se si me entiendes, y tú eres más utópico, más romántico. Suelo leer tus poemas sobre tu hombro cuando vienes solo al bar, porque cuando escribes te abstraes tanto que es como si el mundo se parara a tu alrededor y no haces caso de nadie, y te puedo leer y mirar sin que te des cuenta. Y escribes distinto. Eres mejor que todos ellos.
Y entonces me besó los labios, le miré a los ojos en esa oscuridad, y vi su melena roja caer sobre su espalda, y vi el mundo girar, y los mejores poemas que alguna vez podría haber escrito desfilaron ante mis ojos, y no recordé ninguno al instante posterior. Y descubrí que la amaba, y que no, que la odiaba, y follamos toda la noche y parte de las siguientes, con porros y alcohol y ganas de comer.
"Tú eres mejor que ellos" repetía un eco en mi cabeza mientras veía a Felipe besar a Ariadna meses después en la barra de la Fábrica.
sábado, 6 de julio de 2013
Las cosas que nunca nos dijimos
-Tu problema -le dije antes de darle una larga chupada al cigarro -tu problema es que tu no te enamoras de las personas.
-No todos somos como tú.
-Tu te enamoras de la idea del amor. Te enamoras de los atardeceres en pareja, de ver una peli y acabar follando, de las fotos post-coitales, de leer en un césped, te enamoras de todo eso, sin importarte quién sea tu pareja.
Llevaba tiempo con ganas de decirle todo eso, y la muy idiota se me puso delante con la excusa de tomar un café, o una cerveza, pretendiendo echarme en cara todo lo bien que estaba ahora sin mi, sin rogarme besos ni llorar por esquinas, sin follar en baños ni ir detrás de nadie que no quiere que le busquen.
Le sonrío, y ella me mira, y luego mira a su café, y vuelve a mirarme a mi.
-Y tú... ¿estás con ella?
-Sí, supongo. O no, no lo se. No me importa mucho, en realidad.
Aunque sí me importa.
Me duele en todo por no saber nada y no poder mostrarle una coraza que pensaba que tenía, por no saber qué futuro me espera, pero no tengo tiempo de divagar, y, con una servilleta de papel, hago una bailarina de las que ella me enseñó a hacer, y se la dejo allí con una sonrisa, mientras le guiño el ojo.
-Debería irme, va a llover.
Le doy dos besos y pago la cuenta, y me voy con la sensación de haber cerrado un ciclo, dejándola, feliz ella, feliz yo. Sin ser felices nosotros.
-No todos somos como tú.
-Tu te enamoras de la idea del amor. Te enamoras de los atardeceres en pareja, de ver una peli y acabar follando, de las fotos post-coitales, de leer en un césped, te enamoras de todo eso, sin importarte quién sea tu pareja.
Llevaba tiempo con ganas de decirle todo eso, y la muy idiota se me puso delante con la excusa de tomar un café, o una cerveza, pretendiendo echarme en cara todo lo bien que estaba ahora sin mi, sin rogarme besos ni llorar por esquinas, sin follar en baños ni ir detrás de nadie que no quiere que le busquen.
Le sonrío, y ella me mira, y luego mira a su café, y vuelve a mirarme a mi.
-Y tú... ¿estás con ella?
-Sí, supongo. O no, no lo se. No me importa mucho, en realidad.
Aunque sí me importa.
Me duele en todo por no saber nada y no poder mostrarle una coraza que pensaba que tenía, por no saber qué futuro me espera, pero no tengo tiempo de divagar, y, con una servilleta de papel, hago una bailarina de las que ella me enseñó a hacer, y se la dejo allí con una sonrisa, mientras le guiño el ojo.
-Debería irme, va a llover.
Le doy dos besos y pago la cuenta, y me voy con la sensación de haber cerrado un ciclo, dejándola, feliz ella, feliz yo. Sin ser felices nosotros.
domingo, 30 de junio de 2013
Truman.
¿Donde están todas las cosas que nos quedan por decir?
Desisto, por fin, de buscar algún recuerdo tuyo por toda la casa, cualquier olor que me diga que no has sido una imaginación, que has estado realmente sobre estas baldosas hace unas horas. Desisto porque, como un asesino, te has ido dejando dejando el lugar del crimen sin dejar una sola pista, con la intención, seguro, de confundir aun más mi mente.
Me abro una cerveza y me siento delante del ordenador, mirando hacia la ventana, viendo como la mañana sigue avanzando ajena a todo, como debe ser. Leo el Marca, como algo, y tu recuerdo. Tu recuerdo en mi cabeza negándose a ir, agarrándose a mi cerebro como un cuervo a una rama de un árbol muerto, haciendo daño, haciendo grietas en la madera, que suplica que se vaya, que no vuelvas, que no te quiere ver más, que verte es una alegría y una tortura y una sonrisa, y un polvo en la madrugada, y una cerveza en algún jardín, un par de acordes de una guitarra rota y un whisky en soledad. Así, todo a la vez. Como una marea que te da una ostia.
jueves, 27 de junio de 2013
Cojones - Charles Bukowski
Como cualquiera podrá deciros, no soy
un hombre muy agradable. No conozco esa palabra. Yo siempre he admirado al
villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al típico chico bien
afeitado, con su corbata y un buen trabajo. Me gustan los hombres desesperados,
hombres con los dientes rotos y mentes rotas y destinos rotos. Me interesan.
Están llenos de sorpresas y explosiones. También me gustan las mujeres viles,
las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas
de maquillaje barato. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me
encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las
leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la
sociedad.
Una noche, estaba bebiendo con Marty, el ex-presidiario, en mi
habitación. No tenía trabajo. No quería tener trabajo. Sólo quería sentarme con
los zapatos quitados y beber vino y conversar, y reírme, a ser posible. Marty era un poco estúpido, pero tenía
manos de trabajador, una nariz rota y ojos de topo; no era gran cosa pero lo
sabía llevar.
—Me gustas, Hank —dijo Marty— eres un hombre de verdad, uno
de los pocos hombres de verdad que he conocido.
—Ya —dije yo.
—Tienes cojones.
—Ya.
—Yo fui una vez minero...
—¿Sí?
—Y me peleé con un tío. Usamos mangos
de hacha. El me rompió el brazo izquierdo con su primer golpe. Yo aguanté el
dolor y solté mi golpe. Le hundí la cabeza. Cuando se recuperó del golpe, había
perdido la cabeza. Yo le había roto el seso. Lo metieron en una casa de locos.
—Eso está bien —dije yo.
—Escucha —dijo Marty— quiero pelear contigo.
—El primer golpe es tuyo. Anda, pega.
Marty estaba sentado en una silla verde con
respaldo. Yo iba hacia el lavabo a servirme otro vaso de la botella de vino. Me
volví de pronto y le pegué un directo de derecha en medio de la cara. Se cayó
de espaldas con la silla, se levantó y se vino hada mí. Descuidé la izquierda.
Me pegó en lo alto de la nuca y me tumbó. Caí sobre un saco de papel lleno de
vómito y botellas vacías. Saqué una botella, me puse de rodillas y se la
arrojé. Marty la esquivó, yo me levanté y agarré la silla. Cuando la tenía levantada
sobre Marty, se abrió la puerta. Era nuestra casera, una atractiva rubia de
veintipocos años. Qué hacía ella llevando una casa como ésa, nadie se lo podía
imaginar. Yo bajé la silla.
—Señor Chinaski —dijo ella— quiero
que sepa...
—Quiero que sepa usted —dije— que es
inútil.
—¿Qué es inútil?
—Es inútil. No es usted mi tipo. No
quiero follar con usted.
—Escuche —dijo ella— quiero decirle
algo. Le vi meando la otra noche en la puerta de al lado, y como siga haciendo
eso, le voy a echar de aquí. Alguien ha estado también meando dentro del
ascensor. ¿Ha sido usted?
—Yo no meo en los ascensores.
—Bueno, yo le vi anoche mear en la
puerta de al lado. Estaba mirando. Fue usted.
—Y un cuerno que fui yo.
—Estaba demasiado borracho para
enterarse. No vuelva a hacerlo.
Cerró la puerta y se fue.
Unos minutos más tarde, estaba
sentado bebiendo vino y tratando de recordar si había meado en la puerta
vecina, cuando se oyó un golpe en mi puerta.
—Adelante —dije.
Era Marty:
—Tengo algo que decirte.
—Claro, siéntate.
Le serví un vaso de oporto y se sentó.
—Estoy enamorado —dijo.
Yo no contesté. Lié un cigarrillo.
—¿Tú crees en el amor? —me preguntó.
—Supongo. A mí me pasó una vez.
—¿Y dónde está ella?
—Se fue. Muerta.
—¿Muerta? ¿Cómo?
—La bebida.
—Esta también bebe mucho. Me
preocupa. Siempre está borracha. No puede parar.
—Ninguno de nosotros puede.
—Voy a las reuniones de Alcohólicos
Anónimos con ella. Siempre va allí borracha. La mitad de los que van allí están
borrachos. Puedes oler los vapores.
Yo no contesté.
—Dios, es joven. ¡Y vaya cuerpo! La
amo, tío, ¡la amo de verdad!
—Oh, coño, Marty, eso es sólo sexo.
—No, yo la amo, Hank, lo noto de veras.
—Sí, es posible.
—Cristo, la han metido en una
habitación del sótano. Por no poder pagar el alquiler.
—¿El sótano?
—Sí, tienen una habitación allá abajo
con todas las cazuelas y la mierda.
—Es increíble.
—Sí, ella está allá abajo. Y yo la
amo, tío, y no tengo nada de dinero para ayudarla.
—Eso es triste. Yo estuve en la misma
situación. Se sufre.
—Si tuviera voluntad, si pudiera
meterme diez días en el hospital y recobrar la salud, podría conseguir un
trabajo en alguna parte, podría
ayudarla.
—Bueno —dije— ahora estás bebiendo.
Si la amas, tendrás que dejar de
beber desde este mismo momento.
—Por Dios —dijo—. ¡Lo haré! ¡Voy a
echar este vaso al retrete!
—No seas melodramático. Sólo tienes
que pasármelo.
Bajé en el ascensor al primer piso,
con la botella de whisky barato que había robado en la tienda de licores de Sam una semana antes. Luego bajé
por las escaleras hasta el sótano. Había una pequeña luz encendida allá abajo.
Me puse a buscar alguna puerta. Finalmente encontré una. Serían la una o las
dos de la madrugada. Llamé a la puerta. Esta se entreabrió y allí estaba
una mujer verdaderamente preciosa en camisón. No me esperaba tanto. Joven,
rubia y con labios de fresa. Metí mi pie entre la puerta y la pared, y luego
empujé con suavidad hasta meterme dentro. Cerré la puerta y miré a mi
alrededor. No era un sitio tan malo después de todo.
—¿Quién eres? —dijo ella—. Lárgate de
aquí.
—Tienes una habitación magnífica.
Creo que es mejor que la mía.
—¡Vete de aquí! ¡Vete!
¡Vete!
Saqué la botella de whisky de la
bolsa de papel. Ella se quedó mirándola.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Jeanie.
—Escucha, Jeanie ¿dónde guardas los
vasos?
Señaló un estante de la pared y yo me
acerqué y cogí dos largos vasos. Había un lavabo. Eché un poco de agua en cada
uno y luego me fui hacia la mesa, los dejé, abrí la botella y llené el resto
con whisky. Nos sentamos en el borde de la cama y bebimos. Ella era joven y
atractiva. Yo no podía creerlo. Esperaba una explosión neurótica, alguna
locura. Pero Jeanie parecía normal, incluso saludable. Eso sí, disfrutó su
whisky. Se lo bebió en silencio conmigo. Yo había bajado con un enfebrecido
ataque de ansiedad, pero ahora la ansiedad había desaparecido. Quiero decir que
si ella hubiese sido una marranita o tuviese algo indecente o feo (un labio leporino,
cualquier cosa) yo hubiera estado más cachondo y más dispuesto a enguilármela.
Recordé una historia que había leído una vez en el Racing-Form acerca de
un semental pura sangre al que no habían conseguido aparear con ninguna yegua.
Le habían llevado las yeguas más bellas que se podían encontrar, pero el
semental las rehuía. Entonces alguien, que sabía del asunto, tuvo una idea.
Embadurnó de barro a una yegua magnífica y el semental se la montó
inmediatamente. La teoría era de que el semental se sentía inferior ante todas
esas bellezas, pero cuando estaban embarradas, afeadas, entonces se sentía
igual, o quizás incluso superior. Las mentes de los caballos y las de los
hombres podían tener muchos puntos en común.
En fin, Jeanie se sirvió otro vaso de
whisky, me preguntó mi nombre y en qué habitación estaba. Le dije que vivía por
los pisos de arriba y que sólo quería tomar un trago con alguien.
—Te vi una noche en el bar Clamber hace cerca de una semana —dijo—
estabas muy divertido, tenías a todo el mundo riéndose, invitabas a beber a
todos.
—No recuerdo.
—Yo sí me acuerdo. ¿Te gusta mi
camisón?
—Sí.
—¿Por qué no te quitas los pantalones
y te pones más cómodo?
Lo hice y me volví a sentar en la
cama con ella. Todo pasó muy despacio. Recuerdo estar diciéndole que tenía unas
tetas muy bonitas y luego estaba chupándole una. Luego me di cuenta de que
estábamos metidos en el ajo. Yo estaba encima. Pero algo no funcionó bien. Me
eché a un lado.
—-Lo siento —dije.
—No pasa nada —dijo— me sigues
gustando.
Nos sentamos y nos acabamos el
whisky, hablando vagamente.
Entonces se levantó y apagó las
luces. Yo me sentí muy triste y me metí en la cama pegado a su espalda. Jeanie
estaba caliente, llena, y yo podía sentir su respiración, y podía sentir su
pelo contra mi cara. Mi pene comenzó a levantarse y yo se lo apoyé en el
trasero. Ella se movió y lo guió hacia dentro.
—Ahora —dijo— ahora, eso es...
Estuvo muy bien de ese modo, largo y
agradable, luego acabamos y nos dormimos.
Cuando me desperté ella seguía
durmiendo. Me levanté y empecé a vestirme. Estaba completamente vestido cuando
ella se volvió y me miró:
—Otra vez antes de que te vayas.
—De acuerdo.
Me desnudé otra vez y me metí en la
cama. Se volvió de espaldas y lo hicimos de nuevo, del mismo modo. Luego de que
yo llegara al orgasmo, ella siguió dándome la espalda.
—¿Volverás aquí a verme? —me
preguntó.
—Por supuesto.
—¿Vives arriba?
—Sí, en la 309. Puedo venir a verte o
tú puedes ir a verme.
—Prefiero que vengas tú a verme
—dijo.
—De acuerdo —dije—. Me vestí, abrí la
puerta, salí y la cerré. Caminé hacia la escalera, subí, monté en el ascensor y
apreté el botón número 3.
Fue cerca de una semana después, una
noche, bebiendo vino con Marty. Hablábamos de cosas varias sin importancia y entonces dijo:
—Cristo, me siento como un idiota.
—¿Otra vez?
—Sí. Mi chica, Jeanie. Te hablé de
ella.
—Sí. La que vive en el sótano. Estás
enamorado de ella.
—Sí. Pues la han echado del sótano.
Ni siquiera podía pagar el alquiler del sótano.
—¿Y adonde ha ido?
—No sé. Se ha ido. Me enteré de que
la habían echado. Nadie sabe lo que hizo después, adonde fue. Fui a la reunión
de Alcohólicos Anónimos y no estaba allí. Me siento mal, Hank, me siento muy mal. Yo la quería.
Voy a perder la cabeza.
Yo no contesté.
—¿Qué puedo hacer, tío? Estoy completamente
desquiciado...
—Bebamos por su suerte, Marty, por su buena suerte.
Bebimos un gran trago por ella.
—Era magnífica, Hank, tienes que creerme, era
magnífica.
—Te creo, Marty.
Una semana más tarde echaron a Marty por no pagar el alquiler y yo
conseguí un trabajo en un matadero. Había un par de bares mexicanos cruzando la
calle. Me gustaban esos bares mexicanos. Después del trabajo, yo olía a sangre,
pero allí a nadie le importaba. No era hasta que subía en el autobús de vuelta
a casa que las narices empezaban a arrugarse y la gente me miraba como a un
sucio diablo y yo comenzaba a sentirme otra vez como un salvaje. Eso ayudaba.
miércoles, 12 de junio de 2013
Se descojona mientras me mira.
"Nunca harás nada"
dice, cruel, vomitando ira, odio, burla y daño.
"Te quedarás aquí mientras salgo por la puerta, te quedarás ahí sentado, dolido, como si tu vida te fuera en ello, aunque te la sude completamente, porque eres un bastardo, y te importa una mierda que yo esté aquí o no".
Y tiene razón. Me quedo sentado viendo como las lágrimas recorren su cara, abre la puerta y se va, dando un portazo a todo, y me quedo ahí, rodeado de fotos, recuerdos y una tormenta de whisky que se desata, con rayos y hielos, vasos y truenos, y me vuelvo a sumergir en una rueda de pecado y ganas de terminar, y río y disfruto con mi soledad, me regodeo en los pasos que dio hacia la puerta, y disfruto con el dolor que ha dejado.
Es domingo. Y me duele la cabeza.
Miro alrededor, y me avergüenzo de mi mismo, de la botella de whisky, de las revistas porno, de las fotos quemadas, de los intentos de cartas de perdón. Me río de mi romanticismo, de la autocompasión. Vago entre ropa sucia buscando el móvil, me ducho y me despojo de la resaca inexistente. Vomito los rayos de un sueño que se fue.
El sentarse ante la máquina de escribir es un ritual tras una resaca. Saco la petaca y doy un largo trago de whisky.
"Nunca harás nada"
dice, cruel, vomitando ira, odio, burla y daño.
"Te quedarás aquí mientras salgo por la puerta, te quedarás ahí sentado, dolido, como si tu vida te fuera en ello, aunque te la sude completamente, porque eres un bastardo, y te importa una mierda que yo esté aquí o no".
Y tiene razón. Me quedo sentado viendo como las lágrimas recorren su cara, abre la puerta y se va, dando un portazo a todo, y me quedo ahí, rodeado de fotos, recuerdos y una tormenta de whisky que se desata, con rayos y hielos, vasos y truenos, y me vuelvo a sumergir en una rueda de pecado y ganas de terminar, y río y disfruto con mi soledad, me regodeo en los pasos que dio hacia la puerta, y disfruto con el dolor que ha dejado.
Es domingo. Y me duele la cabeza.
Miro alrededor, y me avergüenzo de mi mismo, de la botella de whisky, de las revistas porno, de las fotos quemadas, de los intentos de cartas de perdón. Me río de mi romanticismo, de la autocompasión. Vago entre ropa sucia buscando el móvil, me ducho y me despojo de la resaca inexistente. Vomito los rayos de un sueño que se fue.
El sentarse ante la máquina de escribir es un ritual tras una resaca. Saco la petaca y doy un largo trago de whisky.
M-I-E-R-D-A
sábado, 18 de mayo de 2013
Estrellas movidas
Silvia decía que la foto era horrible. Que las estrellas salían movidas, y que lo de menos era salir bien. Yo le decía que lo que era de menos, eran las estrellas, que nadie se iba a fijar en unas luces que hay sobre una belleza tan única como era ella.
La recuerdo una noche, llorando de rabia, hablando, como siempre, de esta maldita foto, de lo que acabó por significar en su vida aquella mancha blanquecina que se suponía era la punta de Cassiopea, llorando como si la foto fuera lo único importante, como si el cáncer fuera algo secundario que al día siguiente podríamos borrar de nuestra vida, no como esa estrella movida.
Odiaba dejarme un recuerdo manchado, inevitablemente eterno, que no podríamos rehacer ni deshacer jamás, conservando para siempre aquella foto envenenada de lágrimas.
"Quiero que mi hija se llame Estrella", me dijo uno de los últimos días, sonriendo entre dosis y dosis de morfina, con esa vitalidad que tenía y que desapareció de pronto, como una estrella fugaz, de esas que ves y te obligas a pedir un deseo porque, a fin de cuentas, son demasiado bonitas como para dejarlas pasar sin más.
Ahora, todo lo que me queda es la foto, como si en los 4 años que pasamos juntos no hubiéramos hecho nada más que repetir, como condenados, una escena con el médico, unas lágrimas y una promesa, una escena con unas estrellas movidas esa misma noche, una caida en picado a la autodestrucción y muchas noches de whisky con hielo, pelos en la bañera, y sexo triste.
Una noche quemaré esta foto, escuchando de fondo a los Beatles, echaré las cenizas a un vaso lleno de whisky y decidiré pasar página a nuestra historia.
Lo importante, es que en el resto de fotos que me haga, con quien sea, salga la punta de Cassiopea movida.
La recuerdo una noche, llorando de rabia, hablando, como siempre, de esta maldita foto, de lo que acabó por significar en su vida aquella mancha blanquecina que se suponía era la punta de Cassiopea, llorando como si la foto fuera lo único importante, como si el cáncer fuera algo secundario que al día siguiente podríamos borrar de nuestra vida, no como esa estrella movida.
Odiaba dejarme un recuerdo manchado, inevitablemente eterno, que no podríamos rehacer ni deshacer jamás, conservando para siempre aquella foto envenenada de lágrimas.
"Quiero que mi hija se llame Estrella", me dijo uno de los últimos días, sonriendo entre dosis y dosis de morfina, con esa vitalidad que tenía y que desapareció de pronto, como una estrella fugaz, de esas que ves y te obligas a pedir un deseo porque, a fin de cuentas, son demasiado bonitas como para dejarlas pasar sin más.
Ahora, todo lo que me queda es la foto, como si en los 4 años que pasamos juntos no hubiéramos hecho nada más que repetir, como condenados, una escena con el médico, unas lágrimas y una promesa, una escena con unas estrellas movidas esa misma noche, una caida en picado a la autodestrucción y muchas noches de whisky con hielo, pelos en la bañera, y sexo triste.
Una noche quemaré esta foto, escuchando de fondo a los Beatles, echaré las cenizas a un vaso lleno de whisky y decidiré pasar página a nuestra historia.
Lo importante, es que en el resto de fotos que me haga, con quien sea, salga la punta de Cassiopea movida.
martes, 23 de abril de 2013
You And I
Nunca antes había sentido esto. Pero tampoco pueo escuchar Pelican porque no son aptos para una pseudo depresión adolescente. Aunque ya no soy adolescente. Estoy tumbado en la cama, y recuerdo la anterior vez que el dolor era insoportable. Cuando conseguí una fotocopia en blanco y negro de la lista, recorté su foto, y la coloqué sobre una cajita con fondo esponjoso para piedras y minerales. La superficie de arriba tenía un cristal a modo de lupa que permitía contemplar la piedra muy de cerca, y observar los detalles. Creo recordar que era de RBA Editores. Es la única colección que he hecho en mi vida hasta terminarla. Sin embargo, este recuerdo caduco del pasado termina por difuminarse, aparte de que puedo observar la triste realidad del presente, y darme cuenta que ahora es mucho mejor de lo que podía ver antes. Pero no escribo ahora para hablar de los demás, sino de un sentimiento pasado.
Apoyado en la almohada por mi lado derecho, que hace tan solo 3 horas he abandonado con mi despertar, me dispongo a realizar círculos en el tejido del cubrecolchones con el dedo corazón, mientras canto de forma dulce pero rídicula el tema antológico You And Me de los Penny Quarters. Otra enorme gratitud que jamás podré compensar a Derek Cianfrance, por el simple hecho de que jamás lo veré por la calle, y tampoco lo reconocería. Tampoco hay nada que pueda compensar el inexplicable acto de crear arte.
De cualquier modo, aun soy demasiado joven. Todavía quedan muchos males que evitar, y aunque este sea traicionero, no es nada comparado con lo que vendrá después. Me levanto de la cama, por suerte no legañoso, y recuerdo que tengo Quiz Show de Robert Redford pausada a 55 minutos de finalizar. He bebido tanto Borsao selección 2012 que no sería capaz de engullir los subtítulos a tanta velocidad, ni de situarme en tan fino montaje. De esta manera, decido sentarme en la silla del escritorio, que huele a sudor, pelo y cartón de vino, y dado que no estás para escuchar lo que no sabría ni como empezar a decirte, no tengo mas remedio que cuestionarme cómo he llegado hasta aquí, si hace poquitos días tenía a don Jose Luis tirándome de las orejas por fallar la segunda cuenta del 3º ejercicio del libro del capitán Camarón. Entonces me digo que no, que jamás había sentido esto antes.
Apoyado en la almohada por mi lado derecho, que hace tan solo 3 horas he abandonado con mi despertar, me dispongo a realizar círculos en el tejido del cubrecolchones con el dedo corazón, mientras canto de forma dulce pero rídicula el tema antológico You And Me de los Penny Quarters. Otra enorme gratitud que jamás podré compensar a Derek Cianfrance, por el simple hecho de que jamás lo veré por la calle, y tampoco lo reconocería. Tampoco hay nada que pueda compensar el inexplicable acto de crear arte.
De cualquier modo, aun soy demasiado joven. Todavía quedan muchos males que evitar, y aunque este sea traicionero, no es nada comparado con lo que vendrá después. Me levanto de la cama, por suerte no legañoso, y recuerdo que tengo Quiz Show de Robert Redford pausada a 55 minutos de finalizar. He bebido tanto Borsao selección 2012 que no sería capaz de engullir los subtítulos a tanta velocidad, ni de situarme en tan fino montaje. De esta manera, decido sentarme en la silla del escritorio, que huele a sudor, pelo y cartón de vino, y dado que no estás para escuchar lo que no sabría ni como empezar a decirte, no tengo mas remedio que cuestionarme cómo he llegado hasta aquí, si hace poquitos días tenía a don Jose Luis tirándome de las orejas por fallar la segunda cuenta del 3º ejercicio del libro del capitán Camarón. Entonces me digo que no, que jamás había sentido esto antes.
sábado, 20 de abril de 2013
Campos de Fresas Salvajes
¿Dónde estabas, prototipo de Lucy? ¿Dónde fuiste vista la última vez que te dejaste caer sin importar quien te agarrara? ¿Quién te rompió la cordura en pedazos como cristales, que atravesaron e infectaron tu autoestima? ¿A dónde vas sin sonrisas de plástico duro?
Dime al oído el por qué de tu letargo, que tus ojos de marfil oscuro irradien destellos ultravioletas.
¿Cuántos días más a la sombra de la duda? ¿Qué te dejaste en el paso del tiempo que buscas con gesto de circunstancia? ¿Cuántos días más esperas a que vuelvan tus recuerdos perdidos por los bares?
Desandar lo caminado, y no vomitar lo tragado. Sin masticar, todas las dudas, al altillo de tus pensamientos.
Dime al oído el por qué de tu letargo, que tus ojos de marfil oscuro irradien destellos ultravioletas.
¿Cuántos días más a la sombra de la duda? ¿Qué te dejaste en el paso del tiempo que buscas con gesto de circunstancia? ¿Cuántos días más esperas a que vuelvan tus recuerdos perdidos por los bares?
Desandar lo caminado, y no vomitar lo tragado. Sin masticar, todas las dudas, al altillo de tus pensamientos.
martes, 9 de abril de 2013
Última página
Es gracioso, porque siempre pensé que era yo quién lo tenía todo bajo control. Siempre pensaba que era yo quién elegía cuando o follar, o donde dirigir las miradas perdidas, o cuando callar y mirar sonriendo al suelo. Es gracioso, porque pensaba que era yo quién decidía cuando llorar o hundirnos en la mierda, o salir volando hacia un espacio exterior. Es gracioso, porque soy yo, el que ahora se hunde solo, y es aun más gracioso, porque eres tú la que decidía follar, o mirar, o reir o hablar.
Es gracioso, porque el dolor me rodea. Es gracioso, porque los gatos ya no salen de madrugada, ni ronronean, ni fuman los de después. Es gracioso, porque las manchas en tus sábanas ya no serán reconocibles, ni las resacas más llevaderas con un café soluble tremendamente asqueroso.
Es gracioso saber que he perdido, cuando yo, tranquilamente, pensaba que ni siquiera estaba jugando.
Es gracioso, porque el dolor me rodea. Es gracioso, porque los gatos ya no salen de madrugada, ni ronronean, ni fuman los de después. Es gracioso, porque las manchas en tus sábanas ya no serán reconocibles, ni las resacas más llevaderas con un café soluble tremendamente asqueroso.
Es gracioso saber que he perdido, cuando yo, tranquilamente, pensaba que ni siquiera estaba jugando.
martes, 12 de marzo de 2013
Telegrama
Guitarras eléctricas.
Acordes tristes.
Lluvia.
Batería.
Viento.
Gabardina negra, noche oscura. Voy caminando solo, se ve el camino del cielo más que el de la tierra.
Relámpago, y a los segundos, trueno.
Se me acerca una niña. Me pregunta por sus padres.
La miro.
Sus rizos caen por su frente.
La amo.
La tomo en brazos y ella me abraza, se aferra a mi, temblando.
El sol lucha por salir, entre un mar de nubes que impiden su paso.
Oscuridad total.
Gritos, sollozos, golpes, empujones.
Me mantengo de pie.
Ajeno.
La niña ha desaparecido de mis brazos.
La echo de menos.
¿Quién me la ha arrebatado?
Llévame a ella.
Un minuto más.
Lágrima.
Acordes tristes.
Lluvia.
Batería.
Viento.
Gabardina negra, noche oscura. Voy caminando solo, se ve el camino del cielo más que el de la tierra.
Relámpago, y a los segundos, trueno.
Se me acerca una niña. Me pregunta por sus padres.
La miro.
Sus rizos caen por su frente.
La amo.
La tomo en brazos y ella me abraza, se aferra a mi, temblando.
El sol lucha por salir, entre un mar de nubes que impiden su paso.
Oscuridad total.
Gritos, sollozos, golpes, empujones.
Me mantengo de pie.
Ajeno.
La niña ha desaparecido de mis brazos.
La echo de menos.
¿Quién me la ha arrebatado?
Llévame a ella.
Un minuto más.
Lágrima.
domingo, 17 de febrero de 2013
Me dijo
que se llamaba Graciela, como casi todas las putas, y que se sentía muy sola
por las noches. Me habló de algunos versos de Sabina, de que le gustaba
emborracharse de vez en cuando escuchando jazz. Me contó que se sentía una
profesional en el perdido oficio de musa, que los artistas ya no necesitaban
mujeres como ella porque vendían su arte y no sus sentimientos. Estuvo durante
toda la noche transmitiéndome pensamientos y yo, embobado, incapaz de
detenerme, me enamoré de ella. Fue así de simple.
He
intentado en varias ocasiones describirla, sentado delante de esa puta que es
la hoja en blanco, pero Graciela era de un aspecto tan cambiante que ya ni me acuerdo
cómo tenía el pelo la noche mágica en la que la conocí. Por supuesto que
follamos aquella noche. Me la presentó Juan en el Gandalf un jueves como todos,
lleno de cervezas y porros, guitarras y música de móviles, un jueves de esos de
verano de camisetas y pantalones cortos. Uno de esos jueves en los que te
levantas ignorando que vayas a enamorarte. Me perdí entre la niebla y la
ebriedad, y Juan nos dijo que tenía que irse, que el verano estaba acabando y
aún no había empezado a estudiar su examen de fundamentos de no sé qué que
debía recuperar si no quería que se le cayeran las pelotas. Y de pronto, nos
quedamos ella y yo solos y empezó a hablarme de todo eso, de Sabina y jazz y de
amores perdidos, y yo, mientras tanto, solo podía mirarle las piernas y como
gesticulaba con los brazos, y me perdía en las ondulaciones de su pelo
preguntándome si en ese mar podría
bañarme alguna vez. Nos fuimos a beber whisky al piso que compartía con su
prima y yo ya no sé si fue ella la que me besó o fui yo el que sacó el valor
suficiente como para aceptar la tarea de que fuera mi musa.
Empezó
a pasar el tiempo y yo, sin saber nada de ella, me sentía cada vez más capaz de
acercarme a las páginas en blanco del ordenador y luchar por extraer algunas
palabras con una forma o un sentido dignos de su sexo, aunque no salieran
nunca. Necesitaba una pequeña dosis de ella. Una más. Le empecé a hablar de
ella a Juan con indirectas, aunque estaba seguro de que él sabía más de lo que
decía, como siempre. Me explicaba que no la conocía tan bien, que no tenía su
número, y yo, desesperado, me iba a dar paseos eternos por las calles que me
guiaron hasta el piso compartido con su prima, intentando encontrarme con sus
piernas y su nariz y hacerme el sorprendido, como si no hubiera vuelto a pensar
en ella desde que salí de ese portal y me encendí un cigarro, aún medio
borracho y caminando hacia mi rutina de siempre, embobado y perdido en
pensamientos olvidados.
Ya hace
mucho que desistí de encontrarla de nuevo, y ya no me pierdo en paseos por
calles que desconozco, ni miro esperanzado cada jueves la puerta del Gandalf
esperando ver su rostro o su pelo, ni confundo a todas las chicas en multitudes
con ella.
Ya no,
pero aún sí.
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