Desisto, por fin, de buscar algún recuerdo tuyo por toda la casa, cualquier olor que me diga que no has sido una imaginación, que has estado realmente sobre estas baldosas hace unas horas. Desisto porque, como un asesino, te has ido dejando dejando el lugar del crimen sin dejar una sola pista, con la intención, seguro, de confundir aun más mi mente.
Me abro una cerveza y me siento delante del ordenador, mirando hacia la ventana, viendo como la mañana sigue avanzando ajena a todo, como debe ser. Leo el Marca, como algo, y tu recuerdo. Tu recuerdo en mi cabeza negándose a ir, agarrándose a mi cerebro como un cuervo a una rama de un árbol muerto, haciendo daño, haciendo grietas en la madera, que suplica que se vaya, que no vuelvas, que no te quiere ver más, que verte es una alegría y una tortura y una sonrisa, y un polvo en la madrugada, y una cerveza en algún jardín, un par de acordes de una guitarra rota y un whisky en soledad. Así, todo a la vez. Como una marea que te da una ostia.
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