sábado, 31 de agosto de 2013

Las bromas de la vida

Yo le dije a Marina que nos cambiáramos de acera. Primero la vi de lejos, y debí empalidecer y maldije a la vida, y luego tomé a Marina de la mano y le dije sonriendo que nos cambiáramos de acera, que quería mirar el escaparate de la Librería Anónima. Yo tenía un nudo en la garganta y las lágrimas a punto de surgir, pero Marina iba hablando por el teléfono móvil y no me hizo caso, y cuando Marina la miró, vi su cara convertirse en una mueca de dolor, el móvil se le cayó de las manos y se rompió contra el suelo.

La chica que mirábamos no se llamaba Isabel, ni estaba muerta, pero cruelmente se parecía a una niña que se llamó Isabel y a la que un Toyota Corolla verde atropelló un 25 de marzo a las 8 y media de la tarde. Esa niña que no se llamaba Isabel se parecía tanto a nuestra hija Isabel que Marina rompió a llorar y yo le sujeté la cabeza contra mi hombro para que no tuviera que verla más.

La niña, que llevaba un vestido azul con patos dibujados se nos quedó mirando y miró hacia atrás, y los bucles de su pelo se movieron creando la imagen más cruelmente bella que he visto jamás. Yo tenía los pelos de punta y no podía dejar de mirarla, y era horrible.

lunes, 26 de agosto de 2013

Deuda.

Echo de menos las drogas cuando veo que un negro habla con un niño pijo en el callejón de detrás del Edén y una señora que viste un escote demasiado exagerado se mete un pico encima de un coche mientras un fracasado con tripa y una cerveza en la mano la observa pensando en las guarradas que podría hacerle esa noche si su mujer no le esperara en casa levantada y llorando mientras en la tele el horóscopo anuncia un viaje inesperado a los piscis.

Las echo de menos cuando miro los lugares donde follamos y nos dejamos parte de nuestro amor, en cachitos pequeños perdidos por la ciudad.

Puta de mentira. Puta salvaje.

Que igual ya no me quieres, y me gasto los minutos tirando por la borda todas las esperanzas que me quedan. Que igual me sobran palabras y me faltan hechos o artimañas. Que igual ya nada puede ser.

Que yo que se.

Pienso. En tu vagina. En tus ojos y en tus labios, y en tu boca. Y en tus dientes. En tu oscura mirada. Profunda. En el desperdicio de tu cuerpo saboreado por lenguas ajenas, que no saben qué saborear. En tus dedos, en tus pies. En tu ombligo oculto tras ropa que no sirve para nada. En tus besos escondidos. En tus te quieros, mas caros que cualquier cosa que se pueda comprar. En la vida que tenía y tiré a la basura, o en las vidas que no viviré jamás.

Paseo por calles perdidas, por callejones de esos que llaman peligrosos, buscando algo de volar, o algún filo de navaja perdido, pensando en todos tus recuerdos idos, y en paseos en los que me debatía entre el autocontrol o la pérdida de nociones, en días oscuros y difíciles, en tardes metido en casa buscando excusas, en Dylan sonando de fondo, en dibujos y páginas de diarios arrancadas sin piedad de cuadernos que solo sirven para ser destrozados mientras la lluvia cae afuera y yo ardo en deseos de mojarme la espalda por el agua que entra por la ventana abierta de encima de tu cama, en Extremoduro recordándome que existe una luz, o que quizá no.

Puta de mentira. Puta salvaje.

"¿Por qué me has abandonado? las hojas del otoño me están llegando ya al cuello"

sábado, 24 de agosto de 2013

Adioses y despojos.

Llevaba el vestido más precioso que había visto nunca, con una cremallera en el pecho que habría abierto la puerta del mismísimo infierno, se me acercó conociendo mi debilidad, y sus labios me rozaron la oreja mientras decían "una cerveza, o qué". Dios, podría haberle hecho el amor dos mil veces esa noche y no me habría cansado de mirar esos ojos que saben doler.

La Gata se estira en la cama, desnuda, con las sábanas tapando lo que deben tapar, y yo la contemplo como quien mira un ángel y no cree lo que ve.

-No me pidas nunca que me vaya, por favor -le ruego a la figura dormida, mientras se despereza y me mira y sonríe, como si eso fuera posible sin que en algún otro lado esté ocurriendo algo malo,

-No te vayas, y hazme un café.

Entro en la cocina e intento preparar un café medianamente decente mientras el murmullo de la ducha resuena por toda esa vieja casa, y pienso en los adioses y los despojos, y en el siempre que nunca será después de esta noche. Lloro un poco ahí en la cocina, mientras se ducha, para que ella no lo sepa, para no seguir haciéndole más daño y la cafetera regurgita café medio quemado.

La ducha sigue sonando.

Yo abro la puerta de la casa.

martes, 20 de agosto de 2013

Ojalá volvieras a ser real


Anoche soñé contigo, y me dijiste que todo estaba bien.


Yo no te creí, y avancé en la oscuridad a buscarte, mientras te reías de mi y llorabas por ti y me decías que no lo intentara, que nosotros no éramos nada bueno. Yo avanzaba, sumido en una inmensa oscuridad morada y los pasos resonaban en las paredes inexistentes del sueño. Luego me caía, y cuando me levantaba, tú no estabas allí.

Un cuervo se comía el cadáver en el que te habías convertido, y yo lo miraba sin sentir nada. Tú no eras una muerta, la gata que yo conocí era la que se movía por los tejados y ronroneaba entre sábanas, no la que se dejaba comer por los cuervos y, apagada, fingía una sonrisa hacia la cámara.

El suelo se hunde, y caigo al vacío, y ni siquiera grito, porque para qué, si nadie se molesta en escuchar los gritos que emito despierto. Y entonces la caída acaba, y en el suelo y me muero, y el cuervo aparece para comer mi carroña, y yo le dejo, porque nunca he sido de moverme para mí mismo, y aunque la sensación de ser comido no es agradable, no es picoteado como me siento, sino acariciado.

La luna se alza y está llena y luce amarilla. Yo sudo sobre las sábanas y miro al techo de la habitación. Me giro sobre mi mismo y abrazo a la mujer desnuda que está en esta diminuta cama. Ojalá volvieras a ser real.