Llevaba el vestido más precioso que había visto nunca, con una cremallera en el pecho que habría abierto la puerta del mismísimo infierno, se me acercó conociendo mi debilidad, y sus labios me rozaron la oreja mientras decían "una cerveza, o qué". Dios, podría haberle hecho el amor dos mil veces esa noche y no me habría cansado de mirar esos ojos que saben doler.
La Gata se estira en la cama, desnuda, con las sábanas tapando lo que deben tapar, y yo la contemplo como quien mira un ángel y no cree lo que ve.
-No me pidas nunca que me vaya, por favor -le ruego a la figura dormida, mientras se despereza y me mira y sonríe, como si eso fuera posible sin que en algún otro lado esté ocurriendo algo malo,
-No te vayas, y hazme un café.
Entro en la cocina e intento preparar un café medianamente decente mientras el murmullo de la ducha resuena por toda esa vieja casa, y pienso en los adioses y los despojos, y en el siempre que nunca será después de esta noche. Lloro un poco ahí en la cocina, mientras se ducha, para que ella no lo sepa, para no seguir haciéndole más daño y la cafetera regurgita café medio quemado.
La ducha sigue sonando.
Yo abro la puerta de la casa.
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