martes, 20 de agosto de 2013

Ojalá volvieras a ser real


Anoche soñé contigo, y me dijiste que todo estaba bien.


Yo no te creí, y avancé en la oscuridad a buscarte, mientras te reías de mi y llorabas por ti y me decías que no lo intentara, que nosotros no éramos nada bueno. Yo avanzaba, sumido en una inmensa oscuridad morada y los pasos resonaban en las paredes inexistentes del sueño. Luego me caía, y cuando me levantaba, tú no estabas allí.

Un cuervo se comía el cadáver en el que te habías convertido, y yo lo miraba sin sentir nada. Tú no eras una muerta, la gata que yo conocí era la que se movía por los tejados y ronroneaba entre sábanas, no la que se dejaba comer por los cuervos y, apagada, fingía una sonrisa hacia la cámara.

El suelo se hunde, y caigo al vacío, y ni siquiera grito, porque para qué, si nadie se molesta en escuchar los gritos que emito despierto. Y entonces la caída acaba, y en el suelo y me muero, y el cuervo aparece para comer mi carroña, y yo le dejo, porque nunca he sido de moverme para mí mismo, y aunque la sensación de ser comido no es agradable, no es picoteado como me siento, sino acariciado.

La luna se alza y está llena y luce amarilla. Yo sudo sobre las sábanas y miro al techo de la habitación. Me giro sobre mi mismo y abrazo a la mujer desnuda que está en esta diminuta cama. Ojalá volvieras a ser real.

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