Anoche soñé contigo, y me dijiste que
todo estaba bien.
Yo no te creí, y avancé en la oscuridad
a buscarte, mientras te reías de mi y llorabas por ti y me decías que no lo
intentara, que nosotros no éramos nada bueno. Yo avanzaba, sumido en una
inmensa oscuridad morada y los pasos resonaban en las paredes inexistentes del
sueño. Luego me caía, y cuando me levantaba, tú no estabas allí.
Un cuervo se comía el cadáver en el que
te habías convertido, y yo lo miraba sin sentir nada. Tú no eras una muerta, la
gata que yo conocí era la que se movía por los tejados y ronroneaba entre
sábanas, no la que se dejaba comer por los cuervos y, apagada, fingía una
sonrisa hacia la cámara.
El suelo se hunde, y caigo al vacío, y
ni siquiera grito, porque para qué, si nadie se molesta en escuchar los gritos
que emito despierto. Y entonces la caída acaba, y en el suelo y me muero, y el
cuervo aparece para comer mi carroña, y yo le dejo, porque nunca he sido de
moverme para mí mismo, y aunque la sensación de ser comido no es agradable, no
es picoteado como me siento, sino acariciado.
La luna se alza y está llena y luce
amarilla. Yo sudo sobre las sábanas y miro al techo de la habitación. Me giro
sobre mi mismo y abrazo a la mujer desnuda que está en esta diminuta cama.
Ojalá volvieras a ser real.
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