domingo, 30 de agosto de 2009

La vida por delante

Que vivir es un ejercicio triste es algo que he sabido siempre. Ya en los años más antiguos de la memoria, aquellos borrosos tiempos de pérgola y enredadera que recordaré siempre atardeciendo, el enorme peso de los días se me presentaba como una certeza más terrible si cabe que aquel cielo quebrado, guarida de dioses y espantosos truenos, bajo cuya luz cambiábamos cromos a la salida del colegio apoyados en las carrocerías de los coches mojados. "La vida por delante" era la frase mas dolorosa que conocía.
El muchacho que siempre iba solo en sus inacabables paseos pasó de largo más tarde por los Salones Recreativos Imperial, nadie le conocía en la disco de los sábados ni ninguna chica le quitó el cuaderno para devolvérselo más tarde con un anónimo de amor.
Pero cada tristeza tiene sus propios zapatos errantes y los de la mía, ya lo ves, fueron a rendirse frente a tí en un día que recuerdo invernal aunque lleno de rosas, seguramente al principio de una primavera que, como tantas veces, me pasaba nuevamente desapercibida. "Ven, vas a conocer a mi novia", había dicho Adolfo al tiempo que salía precipitadamente del bar. "Vas a conocer a mi novia": así, sin más, no lo olvidaré, como las palabras mágicas del ilusionista que se pronuncian y todo cambia, aparece o desaparece. Estabas de repente ahí, mirándome mientras nuestro amigo, nervioso, se azoraba gesticulando con las presentaciones. Esa mano flácida que me tendías era ya el primer castigo, el primer dolor que me arrojaste a la garganta mientras te saludaba, mientras te conocía y aprendía, trabajosamente, a respirar bajo la presión de tu belleza cruel. Y a partir de ahí, en mi particular universo tuviste un nombre hermoso, Ariadna, y una música precisa que anunciaba tus entradas y salidas cuando el vuelo de tu túnica azul giraba en torno a mi humillado ser sobrecogido.
El muchacho que jamás entraba en los billares no regresó a casa nunca más. En su lugar, por la acera, caminaba un personaje confundido con el alma en llamas que estaba contento de no haberse desmayado cuando le habló la voz que le habló y le miraron los ojos que le miraron y de que esa voz y esos ojos existieran dentro del mismo mundo en el que hasta ahora él no había descubierto nada que no fuera pesadumbre o hastío lecturas o desasosiego, paseos o vacío; un personaje grotesco que tropezó con la gente y los escaparates, y que iba a dedicar el resto del día, como un subnormal, a pasarse la lengua por los labios.
Si ser amigos es, por encima de todo, compartir el asombro ante la vida, no cabe duda de que Adolfo y yo lo éramos. Tenía una gabardina beige, venía del extranjero, habia sido compañero de curso de mi primo el mayor y , por si fuera poco, me prestaba atención, libros y, alguna tarde, su legendario paraguas de hilo. Su conversación no hería mi inteligencia, y eso era bastante por aquellos días. La diferencia de edad era perfecta, porque aunque dotaba a su trato de cierto aire paternal, el dinero que ya iba ganando desde su entrada en el taller de mi tío nos acababa de abrir a los dos los gallineros de los teatros y los primeros bares de la noche, el estallido de música y muchachas en locales llenos de humo en los que pianistas borrachos embellecieron de una vez por todas nuestro desconsuelo, hicieron más azul el mar en que irremisiblemente nos ahogábamos. Su visión del mundo era amarga y serena. Se refería a su vida como a una mujer, hasta tal punto la adoraba y la maldecía. Solíamos caminar durante horas y, en los días de sol, compartíamos una botella de vodka en la penumbra de su habitación. Bebíamos como dos camaradas desengañados que, sintiendose sucios de los dias recorridos, rememoran sin pasión escenas lluviosas de la vida. Me gustaba ver los cambios que se producían de una ocasión a otra en su tablón de anuncios, un corcho enmarcado en el que colgaban unos recortes de noticias que le interesaban: "Tal señor ha muerto; tal señor ha muerto también". Desde que te conoció, ya nadie más se moría.
Algunos domingos salíamos los tres. No parecíais propiamente novios y pronto conseguimos reírnos juntos. Como la vida en blanco y negro que canta Barricada nos resultaba menos dañina a los ojos que la realidad chirriante y de cursi colorido, muchas de esas tardes, acabábamos en el cine. Aprendía el dolor nuevo de saberte a oscuras en la butaca contigua, latiendo a mi lado en la penumbra. Luego empezamos a frecuentar tu estudio, el parque de tu barrio, y tu bar de la esquina.
Te amaba con una rabia impronunciable.
De aquel tormentoso amor fueron ya los presagios acercarte una temblorosa mano a la rodilla o dejar un ratón muerto sobre tu mesa. La mirada que me llegaba me dejaba a la vez paralizado. Posiblemente te temía: la media docena de años que me llevabas por delante, los ojos resbaladizos, los tacones altos, el pelo negro recogido que prometía una adorable tempestad si un día, pensaba yo, llegara a desatarse y azotara el aire y mi carta y nuevamente el aire como el ala de un cisne enloquecido. He de reconocer que te temía o al menos temía la visión horrenda de un mundo de repente sin ti que me hacía despertar llorando en mitad de la noche. Pero miedo también a no saber hacerte nada, a que me arañaras, a que no me arañaras, a no verte más.
¿Qué nos pasó? ¿Podías tu controlar el remolino? Sabías que iba a llamarte y hasta qué día. Siempre te he imaginado jadeante junto al teléfono con las piernas abiertas pintándote las uñas, apenas una hora antes del momento en que, arrastrados por una furia incomprensible, sudorosos de ira sobre la alfombra, cometimos la felicidad.
A partir de entonces solo quisimos naufragar, perdernos, derramarnos el uno sobre el otro. Nos sobraba sobre todo el género humano, la razón y el ordenamiento del tiempo en días y noches y estaciones. Despertabamos tan solo para podernos mirar y morder.
Si Adolfo supo de esa historia, si se vio despedido por la misma fuerza sobrehumana que nos atraía, que nos impulsaba a chocar y rodar unidos en dirección al abismo más cercano, es algo que no llegó a quedarnos claro, entre otras cosas porque su manera de ser era ser alejándose.
Prefirió prescindir de nosotros a la hora de mostrar su arrogante naufragio. Las invernales caminatas por el paseo de la estación y el coñac de las recónditas tabernas de jubilados eran ya los definitivos afluentes de su alma.
Quizá no llegara a salpicarle esa espuma venenosa, pero el caso es que se sintió clavado, cruzado de brazos, sentado para siempre en medio del dolor. Debió de levantarse atravesado por la melancolís tras una de esas noches que manchan de ginebra las páginas de los viejos libros y seguro que soñó morir llorando, enamorado de su propia tragedia.
Pero simplemente cambió de ciudad. En aquel momento, esa era su forma de morir porque sin estas calles, su erudición sobre cúpulas y estatuas y tascas y churrerías, las viejas historias del barrio, no es facil imaginar a Adolfo, el de la libretita, el de la tijera en ristre, Adolfito, el del paraguas de hilo caminando erguido bajo la tormenta. Por eso se le suponen amantes apagadas, esas de provincia y la falda plisada; bastantes heridas y una hora temprana para acostarse. No fue la suya una muerte del todo mala para su colección.
Nosotros seguíamos en el centro de la corriente. Yo nunca te perdoné que por tu culpa Adolfo no fuera a perdonarme nunca. Hubiera querido que a mi, tu te negaras a perdonarme lo mismo, ser al menos dos víctimas que se odian y se consuelan como los progenitores enfrentados de un niño muerto. Tanto como a tí, amaba hacerte daño, descubrir nuevos rumbos en el placer de insultarte. Por alguna estúpida razón quería defender lo poco de mí que aún no habías absorbido. Quizás no me gustó ver el timón en pedazos, mi omnipotencia a los pies de la gata del deseo.
Cuanta mayor era la cólera con que te gritaba y la velocidad de los objetos de cristal en el aire, te acuerdas, con mas fuerza tus uñas se agarraban a mi bragueta y más torcías la boca, Ariadna, para decirme "ven aquí o te mato". El viento no cesaba, pero la vela no era sino un montón de jirones.
No dejaste rastro. Fue dura esa sentencia como temano que al caer revienta el alma. El contestador automático me dijo "adios, te quiero" y yo le grité "Dios mio". Aporreé puertas, tomé trenes casi al azar; el mas minimo indicio era una una excusa para viajar miles de kilómetros, buscarte por ciudades insospechadas, barriadas oscuras, antros infernales. Juré no concederme descanso, juré no olvidar nada, llevar siempre mi cruz y mi ataud sobre el hombro, recordar continuamente hasta el dolor físico, ese monumental paradigma de la impiedad. Ariadna, como el sol, que es hermoso y nos da luz y calor y vida y retuerce la agonía de la lagartija bajo la lupa de los colegiales.
Tu ausencia me hacía vomitar. Supongo que ayudaron el garrafón y el frio. "¡No!" era todo cuanto podia pensar. Fui hallado en un solar donde dormía bajo cartones, consumido por la fiebre y el ayuno tras haber sido robado y golpeado. Cuando mi familia me arrojó sobre el asiento trasero del coche para devolverme a casa seguía repitiendo solo que no, que no se qué, que no y no.
Como el Adolfo de los últimos dias habia dicho, hemos pasado media vida arruinandola y la otra media evaluando las pérddidas, contando cadáveres.
Lo que prefiero de la música es el olor a madera antigua de los instrumentos, de la nieve las postales que la muestran y de mi mismo, mi lugar junto al fuego, la mesa camilla con mantel de ganchillo y, tras los cristales, la arbvoleda desnuda y sus chillidos de pájaros helados.
Ariadna, la vida que se ha ido era la mia. Ni tenía ni tengo otra. Solo otra vez la vida por delante. Por eso a veces la llaga se retuerce, sobreviene la certeza que anula mi futuro.
Porque se que un amor que no te haga estallar los vasos contra las paredes, llamar a gritos al amanecer, asesinar a alguien o caminar descalzo sobre brasas o hielo ni es amor ni es nada. Por eso, y porque se qie en algun sitio lates todavia, me despierta en medio de la noche cierto ruido de pecho que se parte.
Ariadna, puta, ahora se que sabías como ser recordada. Amor mio, Ariadna, salvame. Las hojas del otoño me estan llegando ya al cuello.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Carta

Querida mia:

Si estas leyendo esto, significa que he encontrado el valor para mandartelo. ¡Bravo por mi! No me conoces muy bien, pero para tu información te diréque tengo tendencia a explicar lo mucho que me cuesta escribir, pero esto, es lo más dificil que he tenido que escribir nunca. No existe una manera fácil de decirlo, asi que simplemente lo diré, he conocido a alguien. Fue una casualidad, yo no lo estaba buscando, no lo planeé, fue la tormenta perfecta. Ella dijo una cosa, yo dije otra... cuando me quise dar cuenta deseaba pasar el resto de mi vida en mitad de aquella conversación. Ahora tengo la sensación en mis entrañas de que puede ser ella. Esta completamente chiflada, de una forma que me hace sonreir, extremadamente neurotica, y exige un mantenimiento exhaustivo. Ella eres tú. Esa es la buena noticia. La mala, es que no se como estar contigo ahora, me acojona, porque si no estoy contigo inmediatamente, tengo la sensación de que nos perderemos ahí fuera. Este es un mundo enorme, y malo, lleno de vueltas y recovecos, basta con parpadear para que desaparezca el momento, el momento que pudo cambiarlo todo. No se lo que hay entre nosotros, ni se decirte porque deberías saltar al vacío por alguien como yo. Pero hueles tan bien... como el hogar. Y sabes hacerme feliz, eso tambien es importante, ¿verdad? Llamame.


Infielmente tuyo, Homey.

lunes, 24 de agosto de 2009

Lunes, 0:14

Es un jodido lunes. Hoy te has marchado, ya no estas a mi lado, pero no me preocupo. Llevo unos tragos de alcohol encima y no me asusta la noche. Se que la primera semana sera la mas jodida. Te echare de menos continuamente, en mi cama, fuera de ella... lo mas practico sera dormir. Quizas la solucion sean un par de rayas de esas que me ofrecen en los baños del Eden, y follar con dos putas que me querran por un par de billetes. La vida, un lunes por la noche y sin ti, es una mierda.

Mi pobre corazon... no importa que sea pequeño,
Mi pobre corazon, siempre te echa de menos.

sábado, 22 de agosto de 2009

Esa loca cosita llamada amor

Ahora pienso, por las noches, en los minutos que faltan para verte. O simplemente recuerdo lugares, horas, fechas, citas, recuerdos, olores, sensaciones... todo lo que ocurrio contigo. Probablemente nunca leeras esto. A veces, pienso en lo que ha ocurrido entre nosotros. Me duele, me agarro a esos recuerdos con todas mis fuerzas, hasta que me noto sangrar las manos. No me importa el dolor. Ni me importa el mirar hacia arriba y no ver nada. Ultimamente me tumbo en el suelo, y escucho "El Espiritu del vino", entero, de cabo a rabo, con los ojos cerrados, saboreando las letras negativistas, los acordes destemplados.
"Estuve a punto de morir", dicen algunos desgraciados. Él dice "estuve a punto de suicidarme", y eso es mas peligroso, es mas probable que eso se repita.
Simplemente me consumo en la espera, lloro, sonrio, y vuelvo a llorar. Ojala no llegaran nunca las sonrisas.
Te echo de menos.
Homey

lunes, 17 de agosto de 2009

Una noche de agosto

Sigo pensando que ningun momento de los que he vivido contigo los cambio por nada. Si perdiese algun momento, pierdo un trozo de mi vida. ¿Y sabes lo mejor de todo? Que mi vida cada vez es mejor, que tiene mas sentido; porque cada dia estas conmigo, y cada dia me haces vivir momentos mejores y mas felices, y me haces disfrutar de tu compañia, tu cariño y confianza. A veces me siento inmortal, que soy capaz de todo contigo. Nunca pense que me sintiese asi con alguien. Jamás imaginé que una persona me llevase volando a otro mundo como en el que estoy contigo. Quiero que me mantengas en tu mundo, y me sigas haciendo sentir inmortal, fabricando los mejores momentos de vida. Si lo haces, no podria ser mas feliz en mi vida.

Te amo

martes, 11 de agosto de 2009

Son las 00:30, del 12 de agosto de 2009.
Podria escribir esto en blanco y verde, y pensar que las noches de verano seran todas como esta, melancolicas, tristes y a la vez felices. Sabiendo que no voy a poder dormir por los nervios de verte un dia siguiente, una semana, una hora.
Cualquiera puede decir que no tengo fe, que menudo capullo estoy hecho, y que vaya romantico de mierda.







"...una noche me fui con Chinita a una pared oscura pegada a la catedral. Alli recuerdo encenderle un cigarro, mientras le robaba uno de su caja, y fumarnoslos abrazados, sin decir nada, diciendolo todo. Alguna palabra suelta estropeaba y a la vez embellecia ese silencio tan nuestro, tan poderoso como un lapicero recien afilado. Alli, abrazados bajo la ropa, para que nadie nos viera, sin gritar ni gemir demasiado. Han pasado muchos años ya. Ahora soy un cincuenton deseando ser el adolescente que, abrazado a Chinita, deseaba ser un cincuenton junto a ella. Muchos dias paso junto a esa pared, y normalmente hay contenedores de basura.
Ayer me fije en unos restos de ceniza y un preservativo usado alli tirados. Sonreí y segui caminando. Me alegra saber que, entre basuras, aun se cometen los mismos errores que entonces cometiamos"

lunes, 3 de agosto de 2009

Y asi he pagado mi deuda...

Desde entonces todos los días son domingo, y cuando se asoma una sonrisica de amapola a mi rostro, los ojos se sienten culpables y la empañan con un ceño fruncido. ¿Nunca has intentado reír mientras tu frente está arrugada? A veces surge un tic nervioso en la respiración, y en los suspiros se simulan sonrisas. Sonrisas de ortiga, de esas que son resignadas, que pretenden no ser pesimistas, pero que saben que la despreocupación es la lápida más vulgar.

Nos sorprendemos imaginando el crepúsculo de los arcoíris, y nuestros roperos pintados de viuda negra. Anoche soñé con una de ellas, pero era café. Somos crueles asesinos imaginarios, mientras en una cama inmóvil reposa una vida cercadita por la muerte que no es capaz de robar ni un poquitico al dolor.
Al igual que los otros, me resguardo en cronos, pero no sé qué putas espero. Yo intento conseguir panderetas y cascabeles, y si los límites del acantilado no me dejan correr, salto sobre mis rodillicas y solo puedo observar. Escuchar.

Me siento culpable de mi descanso, de los segundos cuando desaparece el escozor… y entonces el remordimiento toma forma de pesadillas. De la descromatización del sol, he sacado la ventaja de los olvidos personales. Entonces en el remordimiento regresan con forma de pesadillas.
Estoy reciclando, ahorrando lágrimas, no sé si me lo agradezcas. Pero también estoy escatimando sonrisas de amapolas, y sé que me lo reprocharás sordamente. Porque desde entonces todos los días, son domingos.