lunes, 3 de agosto de 2009

Y asi he pagado mi deuda...

Desde entonces todos los días son domingo, y cuando se asoma una sonrisica de amapola a mi rostro, los ojos se sienten culpables y la empañan con un ceño fruncido. ¿Nunca has intentado reír mientras tu frente está arrugada? A veces surge un tic nervioso en la respiración, y en los suspiros se simulan sonrisas. Sonrisas de ortiga, de esas que son resignadas, que pretenden no ser pesimistas, pero que saben que la despreocupación es la lápida más vulgar.

Nos sorprendemos imaginando el crepúsculo de los arcoíris, y nuestros roperos pintados de viuda negra. Anoche soñé con una de ellas, pero era café. Somos crueles asesinos imaginarios, mientras en una cama inmóvil reposa una vida cercadita por la muerte que no es capaz de robar ni un poquitico al dolor.
Al igual que los otros, me resguardo en cronos, pero no sé qué putas espero. Yo intento conseguir panderetas y cascabeles, y si los límites del acantilado no me dejan correr, salto sobre mis rodillicas y solo puedo observar. Escuchar.

Me siento culpable de mi descanso, de los segundos cuando desaparece el escozor… y entonces el remordimiento toma forma de pesadillas. De la descromatización del sol, he sacado la ventaja de los olvidos personales. Entonces en el remordimiento regresan con forma de pesadillas.
Estoy reciclando, ahorrando lágrimas, no sé si me lo agradezcas. Pero también estoy escatimando sonrisas de amapolas, y sé que me lo reprocharás sordamente. Porque desde entonces todos los días, son domingos.

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