domingo, 17 de febrero de 2013



Me dijo que se llamaba Graciela, como casi todas las putas, y que se sentía muy sola por las noches. Me habló de algunos versos de Sabina, de que le gustaba emborracharse de vez en cuando escuchando jazz. Me contó que se sentía una profesional en el perdido oficio de musa, que los artistas ya no necesitaban mujeres como ella porque vendían su arte y no sus sentimientos. Estuvo durante toda la noche transmitiéndome pensamientos y yo, embobado, incapaz de detenerme, me enamoré de ella. Fue así de simple.

He intentado en varias ocasiones describirla, sentado delante de esa puta que es la hoja en blanco, pero Graciela era de un aspecto tan cambiante que ya ni me acuerdo cómo tenía el pelo la noche mágica en la que la conocí. Por supuesto que follamos aquella noche. Me la presentó Juan en el Gandalf un jueves como todos, lleno de cervezas y porros, guitarras y música de móviles, un jueves de esos de verano de camisetas y pantalones cortos. Uno de esos jueves en los que te levantas ignorando que vayas a enamorarte. Me perdí entre la niebla y la ebriedad, y Juan nos dijo que tenía que irse, que el verano estaba acabando y aún no había empezado a estudiar su examen de fundamentos de no sé qué que debía recuperar si no quería que se le cayeran las pelotas. Y de pronto, nos quedamos ella y yo solos y empezó a hablarme de todo eso, de Sabina y jazz y de amores perdidos, y yo, mientras tanto, solo podía mirarle las piernas y como gesticulaba con los brazos, y me perdía en las ondulaciones de su pelo preguntándome  si en ese mar podría bañarme alguna vez. Nos fuimos a beber whisky al piso que compartía con su prima y yo ya no sé si fue ella la que me besó o fui yo el que sacó el valor suficiente como para aceptar la tarea de que fuera mi musa.

Empezó a pasar el tiempo y yo, sin saber nada de ella, me sentía cada vez más capaz de acercarme a las páginas en blanco del ordenador y luchar por extraer algunas palabras con una forma o un sentido dignos de su sexo, aunque no salieran nunca. Necesitaba una pequeña dosis de ella. Una más. Le empecé a hablar de ella a Juan con indirectas, aunque estaba seguro de que él sabía más de lo que decía, como siempre. Me explicaba que no la conocía tan bien, que no tenía su número, y yo, desesperado, me iba a dar paseos eternos por las calles que me guiaron hasta el piso compartido con su prima, intentando encontrarme con sus piernas y su nariz y hacerme el sorprendido, como si no hubiera vuelto a pensar en ella desde que salí de ese portal y me encendí un cigarro, aún medio borracho y caminando hacia mi rutina de siempre, embobado y perdido en pensamientos olvidados.

Ya hace mucho que desistí de encontrarla de nuevo, y ya no me pierdo en paseos por calles que desconozco, ni miro esperanzado cada jueves la puerta del Gandalf esperando ver su rostro o su pelo, ni confundo a todas las chicas en multitudes con ella. 

Ya no, pero aún sí.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Nos dijimos sin mirarnos (como todas las mentiras que nos echamos), que no nos habíamos dado cuenta de que era San Valentín cuando un fotógrafo nos dijo a medianoche que si queríamos un recuerdo de ese día. Paseamos por el Retiro, y por la noche, nos acostamos en la cama por todos los San Valentines que no vivimos juntos.
Cuando me desperté lleno de sudor en mitad de la noche, miré tu cuerpo cerré los ojos, y me volví a dormir, envuelto en una especie de sueño reparador que me sumía en la tranquilidad de tener a una persona cerca que pudiera protegerme.
Llegó la mañana. Follamos, desayunamos, comimos, follamos, paseamos, follamos. Follamos.
Y se acabó el mundo, rodeados de trompetas explosivas.