viernes, 23 de diciembre de 2011

Y veréis el resurgir, poderoso, del guerrero.

Sin miedo a leyes, ni a nostalgias.


Esquiva, pasea por entre bastidores notando la mirada de cientos de espectadores, ardiendo en deseos de mostrarse desnuda pero vestida, para que la vean tal y como es. Una musa desgastada por el tiempo, la lejanía y la soledad. "¡No me he ido!" ansía gritarle al mundo, "Sigo aquí, a la espera de un artista que me escoja entre cien mil y me haga suya. Que me penetre como nadie, como todos, y me use para crear algo, por mínimo que sea." La inutilidad la destroza de tal manera que, aun con el poco tiempo que lleva sin ser usada, es demasiado para ella, que intenta regalar su sexualidad a cualquier hombre o mujer, en cualquier esquina, deseando ser aceptada porque, su artista, el de siempre, el que siempre la había poseído ya no la desea ni la quiere.
Y, si la desea y la quiere, como le llora tanto ahora, como no se cansa de repetirle cuando ella, haciéndose la dura se ríe de sus lágrimas y reproches, de sus "te quieros" olvidados en un cajón abierto tantas veces que se han ido escapando todos, uno a uno, donde estén a salvo, si eso es cierto, ya no hay opción de perdón ni vuelta atrás.
Un artista debe conocer las partes duras e inflexibles de la puta vida.
Y, por fin, se asoma al escenario, con las piernas temblando, sintiéndose como un cerdo en exposición para que algún vendedor puje alto por él. Y, por encima de todo y de todos, recita y escenifica un poema de Bequer, un poema que asoma como un hilillo, entre recuerdos vetustos que no significan nada y que, sin embargo, antes significaron tanto. Cuando acaba, cientos de aplausos pueblan el anfiteatro, y ella sonríe, orgullosa. "Ojalá pesque un músico".
 
Y allá lejos, en última fila, un escritor borracho llora, y susurrando el nombre de la musa, se levanta y desaparece por la puerta de incendios, cojeando y apoyándose en un viejo bastón. Y, en su butaca, deja una pequeña amapola, un pañuelo, y un adiós.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Suicidio (directo) de una juventud

Una corbata horrible. Una mancha de sudor en los sobacos.Una mujer con la boca entre sus piernas.
La vida en una mirada.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Cuando fuimos los mejores

Detecto un tono de ironía en su voz, como quien te regala un juguete roto sin que lo sepas. La amo. Ariadna, alta, delgada, puta. Me mira desde su altura provocándome el irrefrenable deseo de desnudarla en mi cama, de follarla hasta morir ambos de inanición, de hambre, agotamiento. Morir de amor. Me muestra una sonrisa ante un comentario hecho por mí sobre la estupidez del resto de los hombres que no la desean ni la quieren, y, mientras la beso, le cojo de la cintura atrayéndola hacia mí en un intento desesperado por juntar un poco(más)nuestras pieles. "Llévame a casa" me murmura en mi oído antes de morderlo. "Vámonos" le digo sin contenerme.
En mi cama, la desnudo, la beso, todo lo que puedo. "Ojalá te conociera algo más" pienso para mis adentros. Una noche es poco para conocer a una persona. Y yo ya estoy enamorado. Enamorado de la mujer que tengo entre mis brazos, desnuda, entera, perfecta.
Entonces empieza a nublarse mi mirada, y noto la sangre correr por la espalda. Ella sonríe, y me lo dice. Abro los ojos, sorprendido. Un dolor punzante atraviesa mis costillas. Y, es entonces, cuando ella me saca de su interior, me tumba en la cama y me saca el cuchillo que me acaba de clavar. Luego, todo es negro.

martes, 18 de octubre de 2011

I will be fine

El mundo es un rompecabezas con piezas un tanto homogéneas. No parece posible terminar un paisaje del mismo azul por todas partes. Un hombre camina siguiendo unas baldosas amarillas mientras un payaso le muerde el cuello a una mujer.
La mujer grita, excitada, mientras el hombre que camina los mira apenado y llora su irascibilidad. El payaso guiña un ojo, mientras un cielo negro rompe a llover destrozando la oscuridad con un rayo que deslumbra y parte un tronco, ya seco, en dos.
Un cuervo ríe.
Las moscas se arrebollan en un montón de mierda mientras provocan un molesto sonido que se clava en el cerebro del hombre.
Un cuervo emite un desagradable sonido, demasiado parecido a una risa.

lunes, 3 de octubre de 2011

Neoformas de trípticos matemáticos

1.-
El paseo de Barral en Rivera es largo, es eterno. Cuando pasea por él, siente que sus manos tiemblan en los bolsillos cuando se encuentra con alguno de los seres extraños que en el paseo habitan. A veces, hace el trayecto corriendo, sólo para no hablar con ellos. Algunos le dan miedo, otros le retan a competiciones impracticables, y otros simplemente charlan con él un rato.
Federico (Sincabeza) es uno de esos que solo charlan.
-Hermoso día para no tener cabeza, ¿no cree? - le saluda mientras mueve las manos. En realidad, no se sabe cómo habla, pues la voz viene de un lugar inexistente por encima del cuello, por encima del bombín que reposa entre los hombros de un cuerpo vestido con un extraño traje rojo.
-Bueno, Federico, prefiero seguir teniendo cabeza, sinceramente No sabía muy bien a donde dirigir su mirada, así que lo hizo a ninguna parte en general, sin saber si realmente el tullido podía oírle.
-¿Está usted seguro? Es una pena, conozco un lugar aquí cerca en el que degüellan a un precio fabuloso. Y dejan un corte limpísimo. Si señor, calidad es lo que hace falta. Además, usted estaría mucho más atractivo. El otro día conocí a una sincabeza que se declaraba falta de amor y besos...
Mientras se pregunta cómo besa una persona que no tiene boca, Federico suelta una retaíla ya preparada sobre las ventajas de no tener cabeza, entre ellas, no pensar con la cabeza, si no actúar directamente.
-¿Oiga? - dice Don Federico.
-¿Eh?, Perdone, estaba en mi mente. ¿Qué decía?
-Preguntaba que a dónde se dirige, quizás pueda acompañarle un rato si se dirige al norte. Y con suerte, quizás nos encontremos con aquella sincabeza y pueda presentársela, le aseguro que se arrepentirá de tener cabeza.
-Sí, está bien, yo tengo que cruzar todo el paseo, y mejor con compañía que sólo.
-Oh, claro que sí. Una vez conocí a una mujer que se llamaba Soledad y estaba muy sola...

lunes, 19 de septiembre de 2011

Para ser un sueño, es demasiado real. El cielo es azul, el mar es azul, la arena tiene tacto de arena. Y sin embargo, es un sueño. Está seguro de eso porque lo último que recuerda es quedarse dormido en su butaca de orejas a las 3 de la mañana. Rafael padece de insomnio. Es del insomnio más común, del llamado sueño retardado. No consigue dormir, tarda horas y horas en dormir, y los remedios comunes que le han recomendado no le han servido de nada. Ni la cucharada de miel, ni el vaso de brandy antes de acostarse, ni los remedios científicos, como los somníferos le han ayudado a dormir y no quedarse horas y horas sentado ante la televisión a veces, otras frente a la ventana que da a la calle. Pero siempre horas, siempre en soledad, siempre anciano. Envejecer cada día y ver cómo la gente se va, mientras él continúa allí, viendo pasar la vida desde su sillón de orejas mirando la calle.
Pero ahora es un sueño, ahora ha conseguido dormirse antes de las 5 y media, lo que no pasaba desde hace dos años. Mientras pasea por esa onírica playa, piensa que quizás, con un poco de suerte, consiga despertarse más tarde de las 8 y media, y pueda disfrutar de unas buenas horas de sueño bien merecidas.
Lleva como vestido un traje, el traje que se puso el dia de su boda. También lleva un sombrero y una maleta de viaje. Las olas le rozan los zapatos y piensa que se va a coger un resfriado y Merche, su fallecida mujer, le va a echar una buena bronca al llegar a casa con un constipado. "Fíjate si estás viejo, Rafael, que hasta piensas en tu mujer muerta como si aún estuviera viva". De repente, ya sabe que eso no es un sueño. Y lo sabe porque Merche estña ante él. Tal y como la recuerda. Con sus 72 años, cuando murió de un ataque al corazón en el salón de la sala de estar. Con 17, cuando la conoció en la casa de su prima. Con 34 cuando se casaron, con 39 cuando estaba embarazada... y ella sonríe. "Por fin", le oye decir en su cabeza. "Has tardado unos cuantos, años, ¿eh?"
Rafael intenta contestar, pero mil preguntas sin respuesta le atragantan la garganta, y con un espasmo, en su butaca de orejas, Rafael abandona su vida, mientras en una playa, sonríe, llora, y abraza a su mujer.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Querido Carlos:

¿Cómo van las cosas allá arriba? No se muy bien qué hago escribiendo esta carta a un hombre muerto, pero siempre te las arreglaste para revolver en mis cajones y encontrar todo lo que no quería que leyeras, assi que espero que encuentres esto. Sara aún te echa de menos y llora por las noches tumbada en su colchón, y al día siguiente me saluda en el rellano como si no supiera, como si yo estuviera lo suficientemente sordo como para no oírla.
Por aquí todo sigue bastante igual. Los que te apreciábamos en la escalera intentamos seguir nuestra vida como si no faltaras, los que te apreciaban y no vivían en la escalera no se como te añoran, ya sabes que no salgo de aquí excepto si no es totalmente necesario, y eso no es muchas veces. Ya ni juego al ajedrez. ¿Con quien voy a hacerlo si tú ya no estás? Con setenta años no es edad para ponerse a idear nuevas estrategias para un nuevo contrincante. Me encantaba que te dejaras perder. No creo que encontrara a nadie que lo hiciera. Asi que Sara y yo te echamos de menos. Eso ya es más que nada, ¿no crees?
No te he escrito por nada, Carlos. Te escribo desde la indignación, desde el malestar. Hoy me he asomado a la ventana y ya no estabas. Han derruído el edificio de enfrente. Ya no está. Ya no hay nada. Y, por tonto que parezca, me he tirado al suelo a llorar, incluso con el dolor de las rodillas que siento desde hace tres años. Y he llorado como un niño sin caramelo. Ya no estyá el edificio, ahora solo hay un horrible solar donde los yonkies pueden pincharse tranquilamente, y las princesas por horas pasear sus enormes botas de cuero.
El cielo sigue lleno de humo, de olor a residuo y, según como llegue el viento, a estiercol. El barrio es así, y así seguirá siendo por mucho tiempo. Después de que yo muera, espero.
Este viejo se despide ya, no creo que me contestes, pero puedes hacer brillar la osa polar un poco más fuerte de lo normal cuando leas la carta. Saludos seniles, saludos extraños.
Chor

martes, 9 de agosto de 2011

Vuelve.

No paramos a pensar las consecuencias. Y las estamos pagando con creces. Tú, estás muerta, asi que en teoría las estoy pagando yo sólo. Ya sabes, mi melancolía ha llegado al punto más álgido de todos. Paseo por las calles de Bilbao en junio mientras un chaparrón cae y me mojo la gabardina que me compraste porque me empeñé en parecerme a un detective de la uno. Ahora te mando una carta tras otra a ningún lugar con la esperanza de que, si existe el más allá, las leas de alguna manera.
No entiendo por qué nos casamos. ¿Tú lo entendiste alguna vez? Fue algo idiota, sin sentido. Tú me querías más que nunca. Yo a ti no. Te quería, claro que sí. Como no quererte. Pero no como antes. No como ahora. Fue una época extraña. Algo me dijo que te pidiera matrimonio en aquel coche de mierda despues de haber follado y en Salas. ¡En Salas! ¿Te imaginas un sitio más cutre?
Y me dijiste que sí. Pero tú, zorra, tú ya sabías que pasaba algo. Debió ser nuestra peor época, la de después del matrimonio. No hacíamos más que discutir y quejarnos por todo. Ni los viajes ni el sexo nos complacía. Ahora recuerdo mis rabietas y me enfado conmigo mismo al pensar en lo mal que hice las cosas. Luego vino el cancer, y tus vomitinas en la cocina, noche tras noche. Cuando se te cayó el pelo y me pedías que te dejara, que no querias que te viera así.
En realidad fue cuando más útil me sentía. Eras preciosa. Te marchitabas poco a poco, como nosotros, y yo no podía hacer nada. Lucía me decía que me fuera, pero no podía. Mi honor, o yo que sé qué, me lo impedía. Y luego, sin más, como apareciste, como un espejismo una noche de verano, te fuiste.
Un día, ya no estabas a mi lado en la cama. Ni te levantabas para ir a trabajar. Y madrid, con lo inmensa que es, se me hizo tan pequeña como un grano de arena. Y cada lugar por el que andaba era un beso perdido contigo, o un sitio de discusión. Por eso he venido aquí.
Me gusta Bilbao, es lluvioso. Y bonito, y grande. Lo suficiente como para perderse. Y me inspira. Estoy escribiendo, ¿sabes? Es nuestra historia, como nos conocimos aquella noche en los baños de aquel pub de mierda. Y como nos amamos hasta que moriste. Has sido la mujer de mi vida. Y ahora estás muerta y mi vida está vacía. ¿Dónde coño estás?

martes, 28 de junio de 2011

Lulú

Lulú siempre quiso enamorarse. La primera vez que besó a un chico tenía 13 años. Él era mayor y tenía las manos inquietas. Aprendió a defenderse de esas oscuridades que la acechaban siempre que se excitaba. Aunque le gustaba resistirse, se acababa abandonando al deseo de esos labios incansables de decirle lo guapa que era.
- Lulú, eres la chica más guapa que he besado nunca.

Ella seguida soñando, deseando. Quería ser feliz. No creía que fuese bonita. Por eso anhelaba serlo. Odiaba los espejos y la respuesta que le daban. Empezó a maquillarse. Tenía unos ojos marrones preciosos, de esos que quitan el hipo. Ahí empezó todo. Los perfilaba con cariño, como si fuesen lo único valioso de su cuerpo. Los hombres se giraban a mirarla caminar, disimuladamente, cuando pasaba a su lado. Se perfumaba siempre con un botecito que le dejó su madre antes de abandonarla. Era un bote lleno de sensaciones e historia. Era olor de madre.
Lulú siempre quiso ser bonita. Cuando tenía 15 leía revistas de moda y soñaba con ser una modelo. Decidió mudarse a Barcelona. El pueblo-cárcel de Murcia se le quedaba pequeño. Tenía la boca llena de sueños.
Era casi bonita.
Llegó a Barcelona con "Señas de identidad" de Goytisolo bajo el brazo. Se sentía perdida y desterrada de su vida. Todo era hostil. Ese territorio no era el suyo, pero era más que ese pueblo muerto que detestaba su presencia.
En la pensión donde se hospedó había un hombre mayor, de unos 30 que miraba lleno de lascivia a Lulú. A ella le gustaban esas miradas. Se excitaba. Perdía los papeles cada vez que esos ojos azules recorrían sus muslos. Por eso cuando él la agarró por la cintura a ella no le sorprendió. Cerró los ojos y se dejó llevar. Él era experto en el amor y ella, torpe e ingenua, quería descubrir todo lo que había bajo ese pantalón. La ropa se perdió en el camino mucho antes de que ella se diese cuenta. Los suspirosinterminables de ella eran música para el oído de él. Ella estaba extasiada y llena de pesadillas que contarle. No quería distraerle. Se aproximó a su oreja izquierda y le besó en la mejilla. Él, entre jadeos y gritos de ¡Ay, Dios mío!, le dijo que voz muy bajita:
- Lulú, eres la chica más guapa con la que he follado nunca.

La habitación, con cuatro ventanas al cielo, descubrió en mitad de la noche una sonrisa.

lunes, 13 de junio de 2011

Verano.

Ya está aquí, ya se huele, se toca con la punta de los dedos y se escapa volátilmente descojonándose en mi cara. Aún no, aún no, repite el muy cabrón,un par de semanas.
A ver, cabronazo, le digo, si no vienes ya, ¿por qué he recogido la chaqueta?
Pues no lo se, contesta, puedes volver a sacarla. Y sigue riéndose. El muy cabrón.
Se está haciendo esperar de lo lindo, y despierto llorando por las noches mientras el cielo verde oscuro, como la oscuridad, vuelve a tapar al día como un manto de escarcha en una mañana de otoño.
¿Otoño? Ya pasó, ahora es invierno. ¿No ves la nieve? ¿Invierno? ¿Y donde quedó el verano? El verano ya pasó, o llegará, depende de como lo mires.
Todo pasa y todo llega, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.

¿Serrat? Tócate los cojones. Ahora me viene el catalufo este a contarme historias de poetas castellanos. Yo siempre fui más de Lorca. El poeta, no el pueblo del terremoto.

En fin, que nada, que todo, que mañana estás aqui. Que pasas, que llegas, como todo.




Como el verano.

miércoles, 8 de junio de 2011

Fruteros llenos y altas plantas trepadizas.

Hay silencio y oscuridad. Bienvenido al infierno. Si no fuera por un pequeño rayo de sol que atraviesa una vieja y roída cortina, no se podría ver nada en la sala. Ojalá no se pudiera ver nada. La sala está totalmente desnuda, excepto por la ventana con la cortina echada, una vieja mesa, dos sillas, y algunas manchas de sangre en la pared. En una de las sillas, frente a la mesa, hay un hombre sentado. Tiene las manos atadas a la silla y, aunque no podemos verle la cara porque lleva un gran capirote morado sobre la cabeza, debe estar dormido pues apoya la barbilla sobre el pecho. Viste una túnica del mismo color que el capirote, y un colgante de oro reposa un poco más abajo que su barbilla.
Cuando la puerta se abre, se ilumina la estancia totalmente y se ve la silueta de un hombre negro vestido con traje, pajarita y un viejo bombín. Lleva en una mano un cubo lleno de agua y una lona vieja en la otra. Sonríe. Cierra la puerta y la habitación vuelve a sumirse en la semi-oscuridad. Se sienta al otro lado de la mesa y llama:
-¿Señor Harlem?
El silencio vuelve a invadir la habitación, y el hombre, sin otro llamamiento, se levanta, camina hacia el hombre del capirote le levanta un poco la máscara y le echa el cubo de agua por encima. El hombre dormido empieza a toser y a escupir agua. El hombre negro se sienta de nuevo en su silla.
-¿Es usted el señor Harlem?
-S-si, señor- contesta el recién despertado.
-¿Es usted gran maestre del Ku-klux-klan establecido en la ciudad de Atlantic City, señor Harlem?
Harlem lo mira a los ojos, y con un deje de desprecio, afirma. El hombre negro continúa su interrogatorio.
-Bien. Me llamo Walter Barksdale. Verá. Mi hermana de 14 años fue asesinada la semana pasada junto a dos amigas suyas en el parque cerca de la playa. ¿Fue su organización?
-La semana pasada el Ku-kulx no salió. Pero Dios bendiga a quien haya sido.
Barksdale lo mira y una intensidad se crea entre los ojos de los dos hombres. Finalmente, Barksdale sonríe y habla:
-Bien, tiene cojones. Está atado a una silla y con un negro desafiándole y aún se atreve a mirarme. Bien. Ahora voy a contarle una historia. No quiero que me interrumpa, pues si lo hace, le mataré. ¿De acuerdo?
-Si- contesta Harlem con la misma mirada desafiante.
-Bien. Bien, muy bien. Mi padre era carpintero. Vivíamos en Boston cuando era pequeño. Vivíamos en un barrio de mierda en el que solo vivíamos negros pobres y blancos protestantes. Vivíamos a gusto. Era un buen sitio. Como decía, mi padre era carpintero, aunque al principio era recolector de fruta en el campo de unos ricos. Los Dalton creo. Bueno, la cosa es que cuando se quedó sin trabajo, mi padre se compró materiales de carpintero y aprendió el oficio él mismo, sin maestros ni libros que le enseñaran. Poco a poco, fue haciéndose un nombre en el barrio como trabajador de la madera, y un día un hombre gordo, con chaqué y sombrero de copa vino a casa a hablar con mi padre. "Me han dicho que es el mejor carpintero de Boston, señor Barksdale" dijo, "me he comprado una casa nueva, y mis libros necesitan unas estanterías en las que reposar. Me preguntaba si podría hacerlas usted, se le pagará bien". Mi padre aceptó el trabajo, y durante muchos meses, estuvo trabajando en esas estanterías, puliendo la madera, grabando preciosos dibujos de fruteros llenos y plantas trepadizas. A los seis meses de terminar las estanterías, otro hombre vino a darle trabajo a mi padre. Quería unas estanterías aún más grandes que las del primer hombre, ya que era más rico y se merecía más. Mi padre aceptó encantado el trabajo. Dos días después, cuando iba al taller, el Ku-klux-klan lo cogió, lo ahorcó y lo quemó. Desde casa oímos los claxons de los coches sonar mientras grandes cruces de fuego ardían por las calles del barrio. Hace 10 años de eso, pero, cuando nos mudamos aquí con mi familia, me traje las herramientas de carpintería de mi padre. Son estas.
El hombre puso la lona que había traído encima de la mesa y empezó a colocarlas sobre la mesa.
-Hace diez años que no se usan, señor Harlem, quizás estén un poco oxidadas- dijo mientras sacaba las tenazas.
-¿Qué va a hacer con ellas?- dice el gran maestre del Ku-Klux dejando un poco de miedo en la voz.
-Muebles no, desde luego.

Una sonrisa en un rostro negro.

lunes, 6 de junio de 2011

La tristeza no es para mi (Rayito de sol)

Cabezahueca.
Anheladeseos.
Manostorpes.
Tequieromucho.
Hazmesoñar.
Nointerrumpaslosabrazos.
Dimequeserásiempre.
Nomemientas.
Llámameatodashoras.
Tiramiguitasdepan.
Rellénamelaalmohada.
Descúbremesinsentidos.
Incéndiamedepoesía.
Séamosperroscallejeros.
Báñameenaguadelluvia.
Desechalosparaguas.
Preocúpatedemitristeza.
Rompeestánterías.
Golpesdeamor.
Sudorylágrimas.
Cardenalesdirectos.
Apágameelteléfono.
Dimequemeodias.
Olvídatedemí.
Peronodeltodo.
Perdonamiserrores.
Todoslosquesiemprecometí.
Sumérgeteenelmar,
deesteazulturbulento.
Dejaquelasnubestesusurren
queestonovaapodercontigo.
Eresúnica,ycomotal,
tevoyatratarcomountesoro.

jueves, 26 de mayo de 2011

Local de ensayo.

Salgo a la calle y ya son las 8 de la tarde. Hace un día de esos de perros, de los que me gustan para castigarme si lo merezco, como ahora. Está nublado, corre el cierzo, se asoma una tormenta de verano, antes de que llegue junio. Este mundo está bien loco. Mientras me fumo el primer cigarro del día, el viento me pone la piel de gallina y meto mis manos en los bolsillos de los vaqueros sucios por la noche anterior. Llevo durmiendo 10 horas. ¿Cómo coño se llamará la tía que acabo de dejar durmiendo en su cama? La conocí en la sala Z a eso de las 7 y media de la madrugada con la nariz ya espolvoreada y mi camiseta negra mojada por el sudor de haber corrido delante de los sudacas que querían pegarnos por haberles roto la luna de los coches.
Empiezan a caer las primeras goticas, cierro los ojos y disfruto la sensación de frío, humedad y castigo que sufre mi cuerpo en cuestión de segundos, y me complace saber que aun me quedan, mínimo, 15 minutos para llegar a casa. Tengo la polla mojada por el flujo de la desconocida y me la coloco mejor en los calzoncillos ante una asombrada mujer que está bajo la parada del bus para no mojarse y que me mira como a un bicho que quiere aplastar con la pantufla de su marido. Ya voy llegando a casa. Copón, que mala hostia.
Me siento delante del ordenador, cierro la puerta. Se oye el murmullo de la peli que ve mi padre en la sala de estar y a mi madre y a mi hermano discutiendo. Me descalzo, y me lleno hasta la mitad un vaso con hielo de un vodka que le trajo a mi padre un tío militar desde Rusia, y que mi padre aun no ha tocado. Le doy un sorbo. La garganta arde. Pongo el último de los Suaves. Cierro los ojos. Los abro. Otro trago. Y escribo en el ordenador:
"Salgo a la calle y ya son las 8 de la tarde..."

miércoles, 25 de mayo de 2011

y a ella le sobra el valor que le falta a mis noches

El cielo está rojo. Pero no es rojo atardecer. Es rojo pasión, rojo sangre, rojo muerte. Un hombre camina de la mano con Ariadna sobre un suelo de arena, descalzo, con los zapatos en la mano que no sostiene a la mujer. A pesar de que en el cielo no luce ningún sol, hace el calor de cuatro astros.
El hombre suda y lleva la corbata abierta y la camisa desabotonada. Las mangas subidas hasta los codos, los pantalones se le pegan a las piernas del sudor. La americana se perdió en la arena ya hace días. Ariadna camina altiva, sin muestras de cansancio o calor, también va descalza, y es mucho más preciosa de lo que normalmente ya es. El pelo oscuro y rizado le cae sobre los hombros descubiertos, mientras el vestido azul y blanco que lleva le ondea con un viento que parece solo le toca a ella. Camina como si acompañara al hombre y le indicara, con leves movimientos fuertes y decisorios, hacia dónde van. Va con los ojos cerrados, como orientándose por el susurro del aire, o el tacto de la ardiente arena, que mientras quema los pies del hombre, la transporta a ella.
Sin agua, sin comida, pasa el tiempo y, sin dirigirse palabra alguna, caminan y caminan en linea recta y hacia un horizonte que, aunque pasan las horas, no cambia de color. El hombre, al cabo de las horas, empieza a andar arrastrando los pies, a pesar del calor, y poco a poco, el arrastrar se convierte en tumbos, que provocan mareos y desplomes. Cuando sucede, Ariadna se queda de pie, con la mano siempre tendida hacia él, hasta que recupera la consciencia y vuelven a caminar.
Siguen el camino, aún más lento por el hambre y la sed que no se aplacan nunca.
De nuevo, el hombre vuelve a caer. Esta vez, Ariadna sigue caminando, y cuando el hombre vuelve a recuperarse, la ve a mucha distancia, como una mota de polvo.
-Ya hemos llegado- le dice en un susurro en su oreja, a pesar de la distancia.
-¿Por qué ahora? ¿Qué tiene este sitio?
Ariadna no contesta, y desde lo lejos, el hombre la ve sentarse en el suelo. El hombre recorre la distancia que los separa, y cuando llega a ella, pasada mucho tiempo, la ve llorar.
-¿Que te pasa, mi pequeña Ariadna?- Por detrás, una voz le susurra un saludo.
-Hola, pequeño- es una voz de mujer aguda, preciosa, tanto como la de Ariadna.
El hombre se gira, y ve ante él a una mujer de rasgos hermosos, distintos a Ariadna, como flotando y sonriendo en la arena. El hombre la mira embelesado en su belleza.
-Sofía, ¿que haces aquí?
-He venido a buscarte, eres mío. Siempre lo has sido.
El hombre sonríe e intenta besarla. Cuando sus labios se rozan, Ariadna emite un fuerte sollozo y estalla en un llanto más fuerte que el anterior, que rompe el momento mágico que compartían el hombre y Sofía.
-No puedo dejarla ir, Sofía. Ella es mi Ariadna. No puedo irme contigo y dejarla aquí. Igual que no puedo irme con ella sin tí. Ya no.
-Es tu deber elegir, pequeño. Para eso te ha traído ella aquí.- un cambio ocurre en el rostro de Sofía. Las pupilas se vuelven rojas, y el rostro adquiere un tono dorado, como de diosa.- elige.
-No puedo...- dice arrodillado ante tal figura.- no puedo.
-Aquí tienes mi ayuda. Tu futuro con ella.
El desierto cambia, el cielo se vuelve azul. Ariadna sigue llorando, esta vez en un sofá. Un perro le lame los pies mientras el hombre se ve a sí mismo haciendo una maleta en la habitación de al lado. Tiene la cara roja de ira, y grita cosas ininteligibles, que suenan desde lejos, como de ultratumba.
-¿Qué pasa?- pregunta el hombre del plano desértico.
-Una vez fuistéis felices. Ahora, ese momento dio paso a este. Te vas, la abandonas. Ahora haces lo que no elegiste aquí.

Vuelve el cielo rojo, el desierto. El hombre sigue arrodillado ante Sofía. Adiós Sofía. La mujer grita y un haz de luz que ciega los ojos del hombre impide ver su desaparición. Ariadna levanta, ahora sonríe. Le besa.
-Gracias- susurra con una voz triste.
Se besan en el desierto. Es el inicio.










Epílogo.
La casa de Lavapiés está patas arriba. Hace dos días que se fue y no es capaz, ni física ni emocionalmente de mantenerla decente. Si no hubiera hecho lo que hizo...¿dónde estaba ahora él? No debió decirle lo que dijo. "Qué idiota soy" piensa Ariadna volviendo a llorar.
Llaman a la puerta. No quiere abrir, no está para nadie. El de la puerta insiste, y al final va a abrir la puerta.
La visita lleva una maleta en la mano, unas flores en la otra. Y una sonrisa de disculpa en el rostro.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Silencio.


-Sabes, lo sé. Deja de engañarme, de añadir adjetivos bonitos cuando me mires.Sabemos que hasta aquí, y ya hemos estirado la goma más de lo debido. Y ha estallado. Vengo aquí buscando dignidad, así que dilo ahora y deja que me retire a mi autocompasión. ¿No contestas? Bien, ya sospechaba esa cobardía en tí. Nunca fuiste lo suficiente valiente para decirme que te follabas a Marla.
-Cris, eso no es así, yo...
-Cállate y déjame hablar a mi antes de que me eche a llorar. Eres un gilipollas. Te quiero. Pero eres un jodido gilipollas. Me queda el consuelo de que en unos meses podré rehacer mi vida de nuevo, aunque una constante voz en mi cabeza insista una y otra vez en que tú, jodido gilipollas, sigues follando sin remordimientos, sin ver mi cara en cualquier pupila. Y te echaré de menos. Y lloraré. Te odiaré. Ya puedes hablar.
-Lo siento, Cris.
-Que te jodan.

lunes, 16 de mayo de 2011

Sentado esperando a que llames,
rezando por que des una señal,
los días cada vez van más despacio
y solamente puedo esperar.

Que vengas a explicar que todo ha terminado,
que tengas que decir que no me quieres ver.
Es imposible que hayas olvidado
lo que los dos podíamos hacer.

Y si esto que ha pasado
va a pasarnos otra vez,
y si todo ha sido en vano
no tienes que volver.

Mirando las paredes de este cuarto,
rezando por que vengas otra vez ,
y todo lo que habíamos hablado
es todo lo que vamos a perder.

Si nunca quise ser el único a tu lado,
si tuve miedo fue por que acabara así,
y todo el tiempo que he desperdiciado
se vuelve de nuevo contra mí.

Y si esto te hace daño,
si te puedo hacer sufrir,
ha servido para algo
al menos para mí.









Fin de línea. Punto y aparte a los sueños.


Ismael rompe un lapicero y se mira las manos con los ojos llorosos y los dientes apretados. Rompe a llorar como una niñita a la que le han quitado su muñeca favorita, y poniéndose unos vaqueros mínimamente aceptables, sale a la calle a terminar con lo que empezó.
Todos somos Ismael. Todos sois yo.

lunes, 9 de mayo de 2011

Y 10.

Vasos que se rompen y se estrellan contra un parqué viejo y rayado, mientras Ariadna grita lo que nunca fue. Se pone el abrigo y con un portazo, cierra la puerta del loft madrileño en lo alto de Getafe, terminando una discusión que ella quería empezar y ella tiene que terminar.
Me quedo sentado en el sofá pensando que, en el fondo, ella tiene razón y que soy yo el que debería pedir perdón, pero que por orgullo o falta de él, no voy a hacerlo.
Voy a la cocina, me abro una cerveza y en el sofá adopto la pose más ibérica que puedo para seguir molestando a Ariadna cuando venga.
¿Y si no vuelve? Volverá, siempre lo hace. Es nuestra historia, es nuestra forma de decirnos que nos queremos. Como siempre, temos que haya dejado de quererme. Que cuando vuelva a casa, yo esté dormido, abrazado a la sábana acurrucado en su esquina de la cama. Sin despertarme, coja su ropa, y cuando me levante, con dolor de cabeza y restos de olvidos en la memoria, no encuentre su esencia en el armario, o no busque su olor en la cocina.
Su sonrisa, por ella me levanto cada mañana, lo llevo haciendo diez años, y quiero seguir haciendolo hasta dentro de cien.
Abre la puerta mientras mis ojos se cierran, y mi mirada rehuye sus pestañas que nada más cerrar la puerta me buscan en el sofá. 7 latas descansan vacías en la mesa del comedor, en la tele echan teletienda, y yo estoy medio borracho.
-Se acabó- dice cerrando la puerta y quitándose el abrigo.
Rompo a llorar, le ruego que se quede, que no podré escribir si ella no ronda con mi camiseta puesta sobre sus bragas.

Mi musa no es una mujer,
es el vibrar del río,
en los pétalos rocío
y en el monte amanecer.
Mi musa se viste de enjambre,
en las trincheras de alambre,
y en los labios de carmín.
Se viste de sentimiento,
en las laderas es viento
y sobre el tiempo es el fin.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Ahora, estoy hundida. O en proceso de hundimiento. Poco a poco estoy cayendo en un oscuro agujero del que cada vez veo más complicado salir.

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-Hola, soy María.
-Yo Juan, encantado.
-Igualmente.... Juan.

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De entre todos los nombre del mundo, tenía que llamarse así. Le sonrío como una idiota y se crea un momento incómodo en el que dice algo que ya no entiendo. De entre todos los chicos de clase, él tenía que ser el que me dirigiera la palabra, él tenía que llamarse así.
No quiero ni imaginarme otro infierno como ese, y menos con alguien con el mismo nombre.
Salir de un agujero es terrible. No se sale de las drogas para nada y como si nada. Te sientes débil en todo momento, necesitada de algo que no te haga sentir la realidad. No quiero volver a eso.

Echo de menos a Juan.El primero, no el que conocí ayer. Podría volver a él. Sé que me aceptaría sin nada a cambio. Pero sería un error tremendo. No puedo hacerme eso a mí misma. Voy a llorar.

domingo, 1 de mayo de 2011

Paisaje

Sevilla tiene un color especial, dicen los sevillanos, amantes de la tierra cómo nadie. Huesca no. Huesca tiene mil colores para nada especiales. Lo que aloja Huesca en sus profundidades, es un sentimiento. Lo que pudo llegar a ser, y nunca fue. Si la miras desde el cerro, como debieron mirar las llanuras ahora ocupadas, podrás verlo. Se alza imponente la catedral, intentando acercarse más que nadie a Dios, queriendo hacer grande su alrededor.
Las calles susurran historias, pisadas de miles de hombres luchadores, fracasados, tristes y felices. Cuentan las historias de cientos de San Lorenzos, de miles de amores en sus callejones.
La gente de Huesca también alberga ese sentimiento, aunque debes conocerlos bien para encontrarlo. Los oscenses son especiales, especiales porque están siempre como deben estar en ese momento. Es como si supieran lo que esperas de ellos, y lo cumplan siempre, sin hacerte esperar.
Huesca sabe hacerte feliz, aunque siempre tengas que tener presente la sensación de que si no huyes de ella, nunca serás nadie. Es lo que le pasó a ella misma, estaba llamada a ser alguien importante, pero por alguna razón no lo fue. Es casi como una mujer, si la complaces de alguna manera, creando momentos especiales sobre su asfalto, te lo agradece mostrándote algo nuevo, o haciendo de una forma casi tenebrosa que conozcas a alguien especial, o te reencuentres con quien echas de menos. Huesca me ha visto crecer y sabe lo que amo, sabe que la amo a ella, que amo su fútbol, sus gentes, sus escritores, la forma de hacer las cosas. Que amo a Paula, su oscense más preciosa.

¿Qué te corre por las venas? Que te noto que te falta, nena, temperatura.

Sorpresa, este intento de regalo al hada de Deltoya, la que está loca también, de parte de un duende, del parque.

¿Hasta dónde llegarías para hacerme feliz? Punto y aparte. Fin de renglón

Los dos besos reglamentarios, sonrisa forzada, no quiero estar aquí. El hombre de mi izquierda dice algo y todos reímos, la corbata me ahoga. Me fuerzo a tragar los guisantes del plato y le miro las tetas a la chica que está frente a mí. Quizás sea una buena noche.

viernes, 29 de abril de 2011

Trilogía de los inadaptados III: Autorretrato

No sé muy bien si hago esto con el fin de autodestruirme a mí mismo o con el fin de aclarar unos recuerdos que debería haberse borrado con el paso de los años. Es curioso que ninguno de los tres hayamos sobrevivido dignamente a nuestro abandono. ¿Cómo estará Matilde? ¿Estará también derrotada, o en cambio será feliz? Siempre se me dio bien la soledad y la autocompasión, decirme que se puede estar mejor, pero que esto, y nada más que esto es lo que te ha tocado por haber amado tanto a una mujer.
Me encantaría volver a vernos juntos. A los tres, ver sonrisas, contarnos cómo nos ha ido este tiempo, por qué ahora Ángel toca acabado su trompeta en el parque, por qué Ariadna sigue con mil hombres. Sueño con tocar su timbre y al abrir la puerta. ver mi cara reflejada en sus ojos, darle una vainilla, y besarla, irnos directamente a su cuarto, y terminar con el mundo.
Pero los cartones no aíslan del frío en Huesca, ni aunque sea en abril. Contarles cómo he llegado hasta aquí. Con mi cuaderno, un vaso aíslante del frío y unas sandalias rotas, durmiendo en cartones con 28 años. Volver a ser derrotado.
Cuando Ariadna me destrozó, Ángel me abandonó por el whisky y yo le abandoné a él por la sobriedad, vi la necesidad de huir. Necesitaba otra ciudad, un sitio donde empezar. Donde no recordar cada cara y donde no hubiera esquinas donde nos habíamos besado.
Elegí Madrid, no por ninguna preferencia. Podía haber elegido Barcelona, Bilbao, Córdoba o Plasencia. Pero el dedo, cayó sobre Madrid. Monté en el autobús con una sonrisa decidido a dejar atrás todo mi pasado, a elegir mi nueva vida, a ser alguien. Viví unos meses en una pensión cerca de Gran Vía, nada barata para el incómodo colchón en el que dormía y la triste cantidad de comida que ponían en el plato. Con 22 años piensas que te puedes comer el mundo incluso sin dinero y trabajo. Conseguí tirar unos meses de ahorros, pero pronto tuve que buscar trabajo. Toqué el piano en unos cuantos clubes por la calle Princesa, pero hasta que no encontré el Lisboa no me quedé en ninguno. El Lisboa era un local pequeño y que siempre estaba lleno. Los clientes que acudían decían que tenían a las mejores chicas trabajando allí, y no a precios demasiado escandalosos. Pagaban bien.
Fue allí donde conocí a Marta. Trabajaba de jueves a martes (domingos incluídos)y los miércoles descansaba en su apartamento en Carabanchel.
Aunque no era una preciosidad, era guapa. Tenia un cuerpo maravilloso y con su cintura encandilaba cualquier mirada masculina. Ni mucho menos alcanzaba el nivel de Ariadna. Tomábamos café todos los días en un bar cerca del Lisboa llamado Mercredi, por alguna ironía del destino. Le conté trozos de mi historia, le hablé de Ariadna, de Ángel, de mi piano, viejo y marchito, vendido en Huesca para conseguir un sueño en Madrid. No se si se enamoró de mi o hice que se enamorara de mi, ni siquiera se si estaba eanamorada de mí, por mucho que lo repitiera constantemente.Me acabé mudando a su pequeño apartamento y yendo al trabajo con ella. Me ahorré todo lo que me costaba la pensión y con ese dinero hicimos una pequeña boda en el juzgado a la que vinieron el encargado del Lisboa y sus compañeras.
Después de la boda, se puede decir que fuimos felices, por eso mismo no creo que yo lo fuera. Follábamos todo lo que podíamos íbamos de paseo, hacíamos la compra juntos y veíamos la tele abrazados. Eramos una pareja perfecta. Una puta y un pianista. Dejé de beber, dejé de fumar. Dejé de vivir la vida como la había vivido, como sólo sabía vivirla.
Marta se hartó de que la vistiera con una capa de Ariadna, siempre presente, siempre su olor en el pensamiento. Discutíamos por todo y en cualquier momento, se creó una inestabilidad.
Y le dije lo del divorcio. Ella rompió a llorar, me dijo que nunca le había amado como ella a mí, y no se lo negué. Me dijo todo lo que se había guardado hasta explotar. Y al día siguiente, un paso en falso en el metro arrolló su vida.
Lloré, pegué puñetazos en las paredes, cabezazos en la cama donde días antes habíamos echado el último polvo. En esos lloros, encendí el horno y sin recordarlo me quedé dormido. Cuando desperté, la cocina estaba ardiendo y nada era salvable. Desde la calle, vi mi casa arder, mientras un caos a mi alrededor de sirenas, ambulancias y gente intentaban llevarme a algun lado a descansar.
El seguro no quiso pagarme porque argumentaron que había sido provocado. En cuestión de horas, estaba sólo, sin casa, sin nada. No volví al Lisboa porque por alguna razón pensé que si todo esto había ocurrido era porque algo quería que cambiara.
Y la ironía hizo que eligiera Huesca.
6 años después, todo seguía igual en esta ciudad. No tenía dinero, no tenía mi casa, ni encontré a mis amigos. no pude pagarme ´ni una noche una habitación. Me tumbé en el parque y lloré. La gente me echó monedas, yo, sin orgullo, las acepté. Me compré un cuaderno y un bolígrafo. Conseguí un buen sitio en el parque. Ahora escribo pequeñas poesías y estas cosas en el coso. Y recuerdo lo que creo que nunca fueron tiempos mejores, y me alegra saber que ellos siguen ahí, no mejor que yo, y me alegra saber que ninguno conseguimos adaptarnos al cambio, a la evolución, que Ángel sigue tocando la trompeta, que Ariadna sigue vendiéndose, que yo sigo aquí, contando todo, guardándo en la memoria algunas cosas, olvidando otras.

martes, 26 de abril de 2011

Trilogía de los inadaptados II: Besos en ascensores.

Antes de que Ángel colgara su trompeta y se emborrachara a base de las cervezas más baratas del bar, tuvimos una época dorada.
Perseguíamos sueños tras unas minifaldas y componíamos canciones que pensábamos que eran medianamente buenas como para que nos publicaran un disco en la mejor discográfica del mundo. Lo cierto es que esas canciones no contaban más que las historias de amor, alcohol y hombres abandonados que cuentan todas las canciones vulgares.
Si el mundo es un pañuelo, Huesca debe ser uno de los mocos más minúsculos que hay en él. Mientras caminaba esta noche, la he vuelto a ver. Sigue siendo igual de puta. La llevaba cogida de la cintura un desgraciado que no sabe lo que le espera. Si Ariadna es buena en algo es en encandilar hombres en cualquier bar, por encima de adolescentes con escote, minifalda y medias de rejilla.
Así fue como me acabé enamorando de ella. Fue hace tantos años que ya no me quedan más que recuerdos muy nublados y su olor por todas partes. Yo estaba con los chicos en el Hostal Jaime I, donde solíamos ir a echarnos unas copas cuando todo lo demás ya estaba cerrado y la noche de martes ya olía a miércoles. Destrozábamos nuestros hígados hablando de cosas que queríamos que fueran intelectuales cuando entró. Supongo que la mala o buena suerte quiso que yo fuera el que estuvierá en el extremo del grupo, y no en el centro. En ese extremo de la barra se sentó Ariadna, y algo quiso que yo mirara con interés su cintura para que ella supiera que otra presa había caído en sus curvas.
No era mi primer polvo, pero fue, sin duda, el primero de los mejores. Uno de esos que cuando acabas dices "uff..." y solo puedes hacer con la persona a la que amarás siempre.
No me dio un número de teléfono, ni me dijo cómo contactar con ella. Me dio un beso y después de vestirse se fue.
Al despertarme, bajé a comprar una flor, una vainilla. Estoy seguro de que su perfume olía a eso. La llevé encima todos los días, y todas las noches bajaba al Jaime I para volver a verla. Ella no aparecía, pero Huesca es el moco más minúsculo del pañuelo, y la volví a encontrar. Charla eterea y poco más hizo falta para volver a llevarla a mi cama. Yo ya andaba perdidamente enamorado de ella.
Sin saber cómo, empezamos a salir, a quedar diariamente, a invitarla a cenar, a tener aniversarios incluso a hablar de una vida juntos.
No he llegado a saber a cuantos se tiró mientras lo planeábamos. Me manejó, jugó conmigo. Cómo con todos. Nunca fue mujer de un hombre ni tan siquiera de dos. Ni nunca lo será.
Fuimos felices. En una época ya muy lejana. Ángel, Matilde, Ariadna y yo. Nos bebíamos la noche sin que nada se nos pusiera por delante. Pero todo tiene su fin. Después de que Ariadna me dejara por todos los hombres de Huesca, huí de la ciudad. Todo se juntó, su adiós, el destrozo de la vida de Ángel, yo ya no tenía ánimos para tocar y mucho menos para componer. Dejé lo que tenía y me fuí a Madrid con la promesa de cualquier vida mejor. No la encontré.

domingo, 24 de abril de 2011

Trilogía de los inadaptados I: Blues

Cuando lo conocí, tocaba la trompeta en el Edén por unos pocos miles de pesetas, junto con una banda que se hacía llamar, por algún miembro idiota dándoselas de culto, los Jazz Brothers. Tocaba justo al lado del pianista, y aunque yo aun no sabía que acabaría tocando, pensé en que me gustaría tocar junto a alguien que pone tanta pasión a la música.
Esa misma noche, se gastó todo lo que acababa de ganar con el concierto en invitarme a una cerveza tras otra en cuanto le comenté que me gustaría tocar con él. No hicieron falta muchos tragos para que me contara lo poco que soportaba su grupo, lo mucho que odiaba al saxofonista y que tristemente para el, eran los únicos buenos en Huesca.
Ayer lo ví. Distinguí, entre la brisa de abril, el sonido inconfundible de su alma puesta en la música de su trompeta. Tocaba una melodía triste, como siempre hacía en aquella época en la que estaba enamorado de Matilde. Lo ví de lejos, entre las columnas frente a las pajaritas del parque, sentado en un banco con la funda de la trompeta entre las piernas. A pesar del frío, llevaba un chaquetón en el que se apretujaba cada vez que tocaba una nota larga del blues. Me senté en un banco cercano, dónde yo no le veía y suponía que él no me vería a mí. Tardé un poco en reconocerla, pero me dí cuenta de que la canción que tocaba era aquella que compuso para Matilde cuando tocábamos juntos en el garito que estaba bajo su casa. Era una melodía que llevaba el nombre de los lugares que iban a visitar juntos.
Me costó unos cuantos tragos de whisky en el Dublín que me contara su historia. Por aquel entonces, yo estaba tan enamorado de Ariadna cómo él de Matilde, y, al igual que yo, acabó destrozado por un amor que nada tiene que ver con el que da la música. La había conocido una noche (cómo no) en la que celebraba su primer gran concierto en solitario.
Matilde fue su gran musa en aquellos años, y siguió siéndolo cuando lo conocí. Vivían junto en un pequeño ático y el deseaba, tanto como yo, huir de esta ciudad en la que no conseguiría nada.
Dos años después de conocerlo, me contó que iba a pedirle a Matilde matrimonio. Fue una gran boda. Para entonces ya éramos los mejores amigos que puede haber y tuve que ser yo el que le consolara cuando Matilde lo abandonó, séis meses después.
Intenté sacarlo de la bebida, pero cada vez se alejaba más de mí, y se acercaba más a la soledad de putas en callejones. El ático quedó echo un desastre, restos de guerras en el suelo, platos estrellados en paredes, vasos llenos de alcohol en el fregadero. Sábanas manchadas.
Yo lo abandoné, logré salir de esa ciudad. Abandoné la música y el arte, dejé las notas en paz. Me casé, no con Ariadna, si no con una preciosa chica que se enamoró de mí. Pero, como todas las cosas, volví a dónde estaba mi casa. Volví donde Ariadna me destrozó el corazón, dónde me bebía incluso el agua que caía de la lluvia junto con un trompetista que, por lo que contaban los viejos conocidos, había desaparecido tras unos conciertos borracho en pequeños bares donde me prometía que no tocaría jamás.
Y ayer, lo vi. Estuve un rato oyendo cómo tocaba aquella canción tan larga, una y otra vez, sin cansar a un público que no se detenía a observarlo. Me hizo pensar en lo larga y puta que es la vida, también pensé en Matilde, en Ariadna, en Madri. Pensé demasiadas cosas que forman parte de otra historia.

domingo, 10 de abril de 2011

Está oscuro. Es un mundo oscuro. Se alzan enormes rocas, donde antes hubo imponentes montañas. Escombros donde antes hubo los más grandes edificios que haya visto el universo. Ya no sale el sol, hace tiempo que no. Y cada vez, las personas mueren más.
El aire es espeso, casi se podría cortar, y huele a gasolina. Su aullido arrastra gritos de una catástrofe que hace años terminó y se sigue intentando luchar contra ella.
Si caminas por sitios poco transitados, aún puedes encontrar restos de alguien que intentaba huir a ningún lugar e intentar salvar vanamente una vida más. Entre unas barcazas reconstruidas con madera medio podrida, un grupo de personas se agacha y cuchichean en voz baja. Desde el Horror no se habla en voz alta. No quieren volver a alterar el mundo.
A unos pasos, está la mujer más anciana de la Tierra en la actualidad. Se llama Fiamma y tiene 57 años. Está sentada sobre una roca, y observa con curiosidad el grupo de personas acuclilladas.
Solamente los observa, no dice nada,y, cuando el grupo se disuelve con miedo e incomprensión, ella se acerca al lugar donde estaban agachados.
En el suelo, hay una pequeña luz. Es una pequeña flor blanca, allí, rodeada de completa oscuridad. Regada por agua de un mar negro. Al lado de las barcas de madera podrida.
Fiamma sonríe mientras el sabor salado de las lágrimas le humedece los labios.

sábado, 2 de abril de 2011

Y allí va otra vez. Y de nuevo, aquí me quedo yo. Tumbado en la cama, derrotado como todas las tardes. El día a día es un sinvivir. Allí va otra vez. ¿Con quién esta vez? No lo se. Quizás Aitor. O Pedro. O quizás no se vaya. Quizás se quede en casa, leyendo un libro de Bequer tumbada en la cama, como yo. Pero tanto mi mente como mi corazón saben que no. Que saldrá a la calle, y su amigo le mirará cuando ella no le mire. Que sin que ella lo piense, el le tocará la cintura, los hombros, y aunque ella se dará cuenta, para él significará un pequeño triunfo que le acerca a un imaginario beso que ha imaginado mil y una veces. Porque ella es así. Es capaz de atraer a cualquier ser humano de esta tierra, y no darse cuenta. No es consciente de su belleza, y eso aún me preocupa más.
Y ahora, ¿qué? ¿Cómo evito tener mis pensamientos constantemente obcecados en ella con otro?, con las manos de otro en su cintura, quizás con los labios de otro posados en los suyos.
Marcho, como en la guerra (qué es, sino el amor) a la cocina, y tomo un yogur de esos que sé que le dan asco. Lo saboreo tristemente como si de una venganza se tratara y rompo de rabia lanzando el yogur contra el suelo. Y queda, sobre el parquet, una horrorosa mancha blanca llena de grumos que hace que me arrepienta al momento de lo que acabo de hacer.
Lo limpio con lágrimas en la cara y me voy a mi cuarto , y de nuevo, me sumo en la oscuridad de la incertidumbre, del amor, de la melancolía. De la esperanza.

jueves, 31 de marzo de 2011

Para que me conozca ese ser desconocido (por ahora)

Me gusta estar triste. Sentir que no la tengo. Pensar que la he perdido. Sumirme en una miseria y autodestrucción. Autocompadecerme. Sentirme mal. Mirar con nostalgia sus fotos y sus palabras ya vacías del sentimiento que, en el pasado, me ponía los pelos de punta. Llorar con los recuerdos. Andar cabizbajo en otoño, con el viento golpeando mi cabeza, cubriéndome un poco la cara. Golpear cada plan que hicimos juntos contra el asfalto.
También me gusta comerme los bocadillos por el final, por donde la punta, porque es lo que menos me gusta. Cantar en la ducha, y sentirme un Dios al terminar una película. Me gusta escribir, ir al fútbol e insultar al árbitro. Me encanta hablar de cultura. Aprender de arte (siempre y cuando esté bien explicado) Beber por las noches. Ir a un bar, pedir un güisqui con hielo y ser como esos hombres solos de las películas americanas. Me gusta hablar, comer helados de chocolate con vainilla. Pasear, hacer senderismo. Me encanta bailar medio borracho en el Edén. Me gusta desafiar al tiempo, decirle idioteces al amor. Pensar mientras camino a que chicas me follaría de las que pasan a mi alrededor. Mirarme en el reflejo de los cristales del autobús y despeinarme, y que nunca me guste como me queda el pelo. Me gusta llevar sombrero, aunque me de vergüenza. Ver gaviotas, y dar de comer a las palomas cuando se acercan a mí. Me gustan los niños, sonreírles y hacerles tonterías, hasta que me da vergüenza porque me miran sus padres.
Me gusta llegar a casa, descalzarme, sentarme en la silla ante el ordenador y mirar si estás. Saber que te tengo.
Sentir que no te he perdido.

lunes, 28 de marzo de 2011

Una pareja sobre la Tierra. Allí, solos ante un hombre con un garrote en la mano. Dispuesto a apalearlos. El hombre viste una gabardina marrón sucia y gastada por el tiempo y su uso. Lleva en la mano un sombrero gris y mira hacia el suelo, impidiendo mostrar su cara. La mujer le abraza del cuello. Está desnuda y es muy hermosa. Tiene el pelo granate y rizado en unas ondulaciones que crean un mar en su cabeza rebelde.
El hombre del garrote llora por su tarea. Está arrodillado y con la cabeza encapuchada, por la vergüenza a mostrar su cara. Vivirá con ese recuerdo el resto de su vida, aunque sean dos cortos meses. Llora y la mujer le toca la cabeza dándole su aprobación.
El del garrote la mira, y vuelve a gemir, con un sonido triste y melancólico que hace que a la pareja se le erice la piel. allá va. Levanta el bate y mata de un golpe en la cabeza al hombre. La mujer se tapa la cara con las manos y grita de dolor. El grito cesa con el golpe. En la frente. La carne se levanta y la sangre salpica alrededor. El bate cae 3 veces más sobre ella. Una sobre su tripa, otras dos, en la cabeza de nuevo. Los últimos golpes deforman su belleza en una esperpéntica imagen sin dientes, ensangrentada y anti femenina que rompe los esquemas del hombre que ha sido golpeado primero al despertar de su inconsciencia. El palo vuelve a caer sobre él y muere al instante.
Bajo la capucha, el hombre llora de rabia y tristeza. La baba le cae de los labios mientras cierra los ojos impregnando de fuerza los golpes.






En el fondo, alguien sonríe.

martes, 15 de marzo de 2011

Querida y dulce Ariadna:

He empezado a escribir esta carta unas mil veces y hoy no tiene nada que ver con la primera intención. Cada vez que he reescrito esta carta he añadido un "pero" más a una lista que no quería llenar, pero que finalmente, he llenado.

Esto es un adiós, Ariadna. Es el único que te puedo dar. Tiene que ser en forma de carta porque, aunque te prometí que en el caso de que alguna vez te lo dijera, sería a tus preciosos ojos, sabes de sobra que no soy lo suficientemente valiente como para eso. No podría mirarte a los ojos y decirte que no me vas a volver a ver; soy un cobarde, insúltame, rompe esta carta cuando acabes de leerla. Pero por favor, perdóname.

Hoy, he salido a pasear, a pesar de la lluvia. Y bajo ese manto de agua he mirado a los edificios, y me he dado cuenta de que no tengo nada más que decir en este lugar. Sé que querrías venir conmigo, fuera donde fuera. Esta ciudad me cansa, me abruma. Cuando salgo a la calle ya he visto antes a todo el mundo. Sé que hemos hecho esto miles de veces, pero no me veo con fuerzas de irme contigo otra vez. Pero no me voy solo. Tus recuerdos van a acompañarme durante toda mi vida, y alguien más me acompaña. Se llama Laura, y ha resucitado mis ganas de todo. Lo siento, no es justo para ti, ni para mí, ni para nosotros, con todo lo que fuimos, pero tampoco sería justo para nadie seguir engañándonos. Seguir disimulando las sonrisas falsas al vernos, al decirnos que nos queremos, y pensar hasta cuando.

¿Donde está el problema? El problema está en todos sitios. Está en que hemos cambiado, en que somos iguales que al principio. Quizás en que queremos aparentar que hemos madurado sin hacerlo. Hoy, mientras paseaba, una chica esperaba a su chico en la puerta de un bar. Cuando lo ha visto llegar, ha sonreído y se ha puesto nerviosa. Ya no veo esas sonrisas en tu cara, ni las veo en la mía cada mañana cuando me levanto en el espejo. Es cierto, Laura tampoco me las provoca, pero no es tú. Tu fuiste la mujer de mi vida, y eso ya es un tren del que bajo. Ahora solo tengo derecho a tristes parches.

Siento que traiciono todos nuestros sueños de futuro, todas las esperanzas de felicidad que creamos. Todos los sitios que ver, todas las casas que comprar, cada sonrisa planeada con tanta previsión. Pero ese futuro ya es un saco de sueños gastados, sueños ya tan removidos que han dejado de ser una probabilidad real, y un solo sueño más iba a romper el saco. Y ese saco se ha roto. Y eso hago yo ahora. Rompo. Rompo con todo, excepto con la promesa de que no vas a volverme a ver. No se donde me voy, es Laura la que ha comprado los billetes de avión. Pero espero que sea lejos. Dónde no pueda olerse tu olor, ni los cristales me recuerden a tus ojos. Donde las señoritas no me recuerden a tí. Donde pueda hacer el amor sin remordimientos.

Lo siento, Ari, pero hasta aquí hemos llegado. Sueños, promesas y esperanzas de una buena vida, han terminado. No tiene más sentido continuar con ellos.

Te quiero.

lunes, 14 de marzo de 2011

Recuerdos

Hace un rato
te he llamado
y me has dicho
que estabas sola.
Te echo de menos.
Estos meses han sido
los mejores
para todos nosotros.
Ha habido alegría,
miedo,
espera,
ambulancias frías
y kilómetros.
Tu valor,
tus ovarios,
tus risas,
tus anécdotas.
Los besos cuando me voy
o cuando me estoy cocinando algo
a 300 y pico kilómetros de tus
palabras,
de tus dedos...
de tu insomnio que no cesa
hasta que no llego
cerveceada,
un sábado a las 6
de la mañana.
Me cuidas,
te quiero.
Las batallas que has ganado
me las guardo para mí,
porque sí.
Porque eres grandre
y pequeñita.
Porque
te guardo en un album
desde el día
de la odiada comunión.
Porque tu casa
es mi casa
y tu frío,
el mío.
Sobretodo
la ternura
que desprende
ese colchón de lana
y esa estufa de leña,
que desprende ese olor
a bendita infancia.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Te quiero.

Y entonces, no quedó nada. Solo el más profundo silencio en la más absoluta soledad. Lo que había pedido, y se había ganado, ahora le hacía llorar de rodillas en el suelo ante una puerta que acababa de cerrarse.
Esta vez, ella no volverá. Sus risas y sus ojos no van a volver a aparecer. El olor de su café, sus bostezos de por las mañanas. Su insultos al despertador. Sus miradas inquebrantables. El miedo en el temblor de sus manos al ver una película de miedo en la pared. Sus pijamas estrafalarios que dan gusto quitarle. Sus rizos, el polvo blanco en vena.
Ahora se tumba en la cama y la imagina tarareando melodías de violín ante el armario escogiendo la ropa que se pondrá esta mañana. Pero el armario está vacío. Y el violín ni siquiera suena bien en su memoria. Era ella la que sabía hacerlo sonar como una vida más profunda dentro de su mente, haciendo que se imaginara mil historias que luego intentaba plasmar sin ninguna clase de éxito en el papel.
"¿Dónde estará?" se pregunta. "Probablemente en el ascensor, saliendo de casa" Se responde con sorna. Estos deberian ser sus momentos dignos. Sus momentos de, bien, vale, vete. Soy mejor sin tí. Pero él sabe que no es nada sin ella, sin sus palabras en el oído. No puede imaginar oyéndole contar a otro chico sus experiencias con él. Cómo decía que le encantaba estar profundamente triste, el muy idiota. Ahora solo hay estrellas, sin luna, en el cielo.
Esta noche, me cuesta estar sin tí. Un sombrero cuelga de la cómoda de la cama. Un sombrero con historia, como la gran mayoría de las cosas de ese cuarto. Una sonrisa habría valido antes para hacerla venir. Ahora ya no es tan fácil. La botella empieza a quedarse vacía y no es justo, para ninguno, ni para él, ni para ella, ni para la botella, porque los tres acabarán rotos, cuando él decida acabar el whisky de un trago y volver a pinchar la piel con la aguja, una última vez, ahora lo necesita más que nunca.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Dame pan (y dime tonto)

"Que vamos rodando por la cuesta abajo y no aprendí a usar los frenos. Si vivir consiste en hacerse más viejo solo me queda ser un poquito mas viejo que ayer..."


Y el viejo, se había hecho aún más viejo y ahora ya era un cadaver. Estaba tumbado en un ataúd con una sonrisa falsa construida con algo de silicona y una crema de sujeción facial. El recomponedor de cuerpos había estado con el cadaver media hora, cuando normalmente se pasaba entre una y dos horas. Pero es que el señor Gómez no iba a pagar un embalsamamiento normal, si no más barato, puesto que no tenía esposa ni hijos, y su pensión no daba para mas. A la funeraria de Pablo le había caído el muerto (valga la ironía) de organizar el entierro. Así, el señor Gomez había pasado la noche fuera del frigorífico de la funeraria porque, a pesar de estar vacío (y precisamente por ello), habría gastado mucha electricidad.
El velatorio fue tranquilo, con apenas tres personas en el tanatorio. Y sin un altercado. Ya tocaba un velatorio tranquilo, después de aquel de homosexuales gritonas. O aquel otro de un cantante famoso que más que pelo tenía un calamar en la cabeza y un hombre entró a gritos pidiendo dinero.
La vida es injusta. Y la muerte mucho más. Reflexionen.

martes, 1 de marzo de 2011

Almas grises

La confusión es el dios
la locura es el dios

la paz permanente de la vida
es la paz permanente de la muerte.

La agonía puede matar
o puede sustentar la vida
pero la paz es siempre horrible
la paz es la peor cosa
caminando
hablando
sonriendo
pareciendo ser.

no olvides las aceras,
las putas,
la traición,
el gusano en la manzana,
los bares, las cárceles
los suicidios de los amantes.

aquí en Estados Unidos
hemos asesinado a un presidente y a su hermano,
otro presidente ha tenido que dejar el cargo.

La gente que cree en la política
es como la gente que cree en dios:
sorben aire con pajitas
torcidas

no hay dios
no hay política
no hay paz
no hay amor
no hay control
no hay planes

mantente alejado de dios
permanece angustiado

deslízate

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un viaje a quién sabe donde.

Por fin arranca el tren. En el vagón solo hay tres personas. Solitarias, deshechas. Tristes.



Verónica, esa rubia algo gordita, está dejando la maleta en el portaequipajes. Pero lleva la maleta tan a rebosar que no puede meterla bien, y una y otra vez sale de su sitio.

Alfredo tiene 46 años y se siente el rey del mundo. Es un ejecutivo que ha dormido 3 horas y tiene jet lag. Tiene ganas de llegar a su casa y follar con su mujer, quedarse dormido y despertar para leer en los periódicos su nombre.

Tomás es un desgraciado. Y le gusta ser así. Es escritor de novelas que critican a estas querosa sociedad en la que vive. Se ha separado 3 veces y ahora disfruta del sexo promiscuo.



Verónica continúa con su maleta. Alberto la mira con desprecio por no dejarle tomar su café en paz. tomás la mira con curiosidad por encima de su propia novela y se levanta a ayudarla tras un segundo de indecisión.

viernes, 18 de febrero de 2011

Buenas noches, mi pequeña.

Van pasando las horas, y cada minuto es un poco más esperanzador en el sentimiento ese que oprime el pecho de vez en cuando. Te echo mucho de menos, vida mía.
Mañana voy a ir a nuestra casa. Lo siento, no tengo demasiadas palabras ahora mismo. Tengo ganas de llorar. Ojalá estuvieras acariciándome la cabeza un poquito.
Te quiero. Ya solo quedan 13 días. Hasta mañana, pequeña. Cuidate mucho.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Uno. Dos. Tres. Catorce.

Recuerdo, estúpidamente, cuando seis meses era una especie de marca o récord a batir. Cuando me parecía un tiempo eterno para pasar junto a una persona en particular. Ahora. seis meses son un suspiro, el tiempo que pasaría sintiendo su olor incrustado en una sábana.

martes, 15 de febrero de 2011

Revitalizando.

Ayer fui injusto contigo. Querías leer los caballos. "Yo te abro mi corazón todos los días". El problema es que la página que tenías que leer aún no estaba escrita.

14-02-2011
21:38

Parece que por fin me calmo. Ya era hora de dejar de llorar. Mi vida, me regalas unos días preciosos, y una vida maravillosa. Pronto, siempre será así. Paseos a tu lado por Gran Vía, todos los domingos al Rastro, comer cada día en un sitio distinto. Hacer deberes juntos, ver tu sonrisa en mis ojos. No sé que decirte. Cada segundo estoy más lejos de tí. A cada letra que escribo. Hasta pronto.

El amor contigo, desde que arramblaste en mi vida es distinto. Es otro concepto de posesión, de tus ojos. Lo único importante es que cuando te miro a los ojos veo que me quieres, sin importar lo más mínimo cuántos otros se han visto reflejados en esos ojos, brillantes y preciosos, pero que no les miran de la misma forma que me miran a mí. Sentirme único en mi alegría, en mi tristeza, en mi soledad, siempre tan ansiada y tan odiada. Así me haces sentir, único. Consigues que llore, que grite, que gima... me das placer con todos tus movimientos. Jugamos desnudos y me encanta dormir con mi brazo en tu cintura y poder pensar que eres solo para mí, aunque digas otros nombres en mis sueños y me enfade profundamente. Pronto dormiremos más comodamente, juntos, en una cama doble. Te quiero, pequeña princesa.


PD: el mundo es irónico. Me he puesto a escribir esto y el spotify ha decidido que era un buen momento para poner "Deja de llorar, mi amor"

sábado, 5 de febrero de 2011

El plano onírico de una realidad destrozada en mil pedazos incomprensibles.

La playa está desierta salvo por la niña que juega con las conchas en la orilla y un hombre vestido con un traje caro que parece no saber donde está. Está descalzo y tiene una corbata azul con bolos negros que hace que el traje pierda algo de elegancia. A decir verdad, la corbata es muy fea. Se acerca descalzo hasta la orilla, al lado de la chica. Ahora se da cuenta de que con las conchas escribe en la arena cosas ilegibles que destruyen las olas nada más terminar.
-Hola, chica. ¿Qué escribes?
La niña levanta la mirada de la arena y le mira entre confusion y diversión.
-No escribo nada, señor- le dice algo ofendida-. Le dibujo a usted. !De mayor quiero ser dibujanta, y poder pintar todos los señores del mundo!
-¿Y por qúe me dibujas a mi?
-Porque ahora solo existimos usted y yo. Siéntese y no se mueva. Así podré dibujarle mejor.
El hombre se sienta y mira el dibujo de la chica. Un círculo con dos ojos y una curva como sonrisa desaparecen bajo la primera ola que llega. Sin embargo, el hombre no se mueve y están sentados durante horas, esperando a terminar un dibujo imposible. La tarde deja paso a un crepúsculo moribundo, y una ligera brisa se levanta y despierta al hombre enbebido en sus cavilaciones. La olas cada vez son mas largas y ahora ya le cubren todas las piernas. Busca a la niña y la ve un poco más atrás, jugando con un perro blanco.
-Niña, ven aquí. Por cierto, ¿como te llamas?
-Me llamo Paula, señor.
¡Que nombre tan bonito!
-No, no lo es. ¡No quiero ser pequeña!
El hombre, sin entender el ultimo comentario de la pequeña le coge de la mano.
-Vámonos de aquí. La marea va a subir pronto.
-No, aqui no sube la marea, la controlo yo.
-No digas tonterías, la marea la controla la luna.
-Pero, ¿no se ha dado cuenta, señor? Aquí no hay lunas. Mire -dice señalando al cielo. El hombre mira y, efectivamente, no hay ninguna luna.
-Quizá sea luna nueva.
-No señor. Aquí no hay luna. Aunque a veces hay dos, mire. -vuelve a señalar y donde antes el cielo estaba vacío, ahora hay dos lunas redondas y preciosas que proyectan un blanco blanquecino en el mar, que, enfurecido, comienza a alargar sus olas hasta donde están ellos.
-Vamonos de aquí. ¿Y ese perro?
-Se llama Lanas. Ha venido con usted.
-No, yo no he traído ningun perro. No me gustan los perros.
La niña lo mira con una mirada que da a significar que a todo el mundo le gustan los perros y comienza a andar con el perro correteando tras ella.
-Vámonos de aquí, señor. Va a subir la marea.
El hombre sonríe y la alcanza corriendo.
-¿No crees que pintar a todas las personas del mundo será demasiado trabajo para una niña?
-No, señor. Solo estamos usted y yo.

Un mundo idealista

Decía que de mayor quería ser periodista para cambiar el mundo. Siempre gritaba cosas idealistas y quizás lo que me había enamorado de ella era su forma de amar al mundo, de contar como confíaba aún en la humanidad. Si nunca le dije lo mucho que la amaba y deseaba tenerla fue porque sabía que ella era un espíritu libre que nunca aceptaría las riendas de una relación. Solíamos salir a emborracharnos juntos, y cuando lo hacíamos, los viernes se hacían domingo sin apenas darnos cuenta. En su piso de estudiantes vivían otras dos chicas, bastante simpáticas que me miraban con pena cuando entraba. Un día una de ellas me confesó que sabían lo enamorado que estaba de Lorena, aunque ella no se diera ni cuenta. La primera vez que estuve en su casa, habíamos estado estudiando en la biblioteca, pero no hacíamos más que molestar a los demas con carcajadas, y decidimos ir a su casa. Me besó, y me sonrió.
-No te confundas eh, ninguno de los dos quiere nada-me dijo.
-Bueno, Lorena, no...
Me volvió a besar. Creo que cuando acabó el beso ya habíamos hecho el amor. Estaba dstrozado entre sus sábanas y ella me mordía la tripa con una sonrisa. Desde entonces lo hemos repetido unas cuantas veces y algo muere dentro de mí cada vez.
La semana pasada conocí a una chica. Es morena, de pelo largo y preciosa. Hemos quedado todos los días, y ayer nos besamos. Puede que empiece una relación con ella. Pero puede que nunca llegue a quererla tanto. Lorena va a seguir allí, con sus cubatas devodka, su piso de estudiantes, la mirada triste de sus compañeras... y su mundo idealista. Fue eso lo que me enamoró, su mundo idealista.

martes, 1 de febrero de 2011

Cuando la tristeza se apodera de un cuerpo ya de por sí triste y feo.

El continuo preguntar desesperadamente inocuo. El destrozo de la propia conciencia viendo el lento suicidio de un vínculo de confianza que se lanza a un vacío sin fondo hasta que el propio cerebro o el corazón ya no pueda aguantar más. Por eso, y aquí lanzo un aviso al capitán de un navío que navega sin rumbo desde Dios sabe cuando, que no se cuánto aguantará el casco del barco. Que no todos los icebergs son rompibles, y no con todos puede la proa metálica e irrompible. Por eso, quizás si no para la tormenta tengamos que ver como la chimenea mas alta de cubierta sucumbe ante unas olas despiadadas, no dentro de mucho. Pero ahí seguirá el capitán. Con la mano extendida en la frente, la otra en el bolsillo, o atusándose la barba con ambas. Pero que resistirá hasta el final ante el timón, con la espina clavada de que quizás pudo hacer navegar mejor.












Te quiero.

lunes, 31 de enero de 2011

Boda de perlas

a luz

C'est quand même beau de rajeunir.
RONY LESCOUFLAIR



Después de todo qué complicado es el amor breve
y en cambio qué sencillo el largo amor
digamos que éste no precisa barricadas
contra el tiempo ni contra el destiempo
ni se enreda en fervores a plazo fijo

el amor breve aún en aquellos tramos
en que ignora su proverbial urgencia
siempre guarda o esconde o disimula
semiadioses que anuncian la invasión del olvido
en cambio el largo amor no tiene cismas
ni soluciones de continuidad
más bien continuidad de soluciones

esto viene ligado a una historia la nuestra
quiero decir de mi mujer y mía
historia que hizo escala en treinta marzos
que a esta altura son como treinta puentes
como treinta provincias de la misma memoria
porque cada época de un largo amor
cada capítulo de una consecuente pareja
es una región con sus propios árboles y ecos
sus propios descampados sus tibias contraseñas

he aquí que mi mujer y yo somos lo que se llama
una pareja corriente y por tanto despareja
treinta años incluidos los ocho bisiestos
de vida en común y en extraordinario

alguien me informa que son bodas de perlas
y acaso lo sean ya que perla es secreto
y es brillo llanto fiesta hondura
y otras alegorías que aquí vienen de perlas

cuando la conocí
tenía apenas doce años y negras trenzas
y un perro atorrante
que a todos nos servía de felpudo
yo tenía catorce y ni siquiera perro
calculé mentalmente futuro y arrecifes
y supe que me estaba destinada
mejor dicho que yo era el destinado
todavía no se cuál es la diferencia

así y todo tardé seis años en decírselo
y ella un minuto y medio en aceptarlo


para colmo comí abundantísima lechuga
que nadie había desinfectado con carrel
en resumidas cuentas contraje el tifus
no exactamente el exantemático
pero igual de alarmante y podrido
me daban agua de apio y jugo de sandía
yo por las dudas me dejé la barba
e impresionaba mucho a las visitas

una tarde ella vino hasta mi casa
y tuvo un proceder no tradicional
casi diría prohibido y antihigiénico
que a mi me pareció conmovedor
besó mis labios tíficos y cuarteados
conquistándome entonces para siempre
ya que hasta ese momento no creía
que ella fuese tierna inconsciente y osada

de modo que no bien logré recuperar
los catorce kilos perdidos en la fiebre
me afeité la barba que no era de apóstol
sino de bichicome o de ciruja
me dediqué a ahorrar y junté dos mil mangos
cuando el dólar estaba me parece a uno ochenta

además decidimos nuestras vocaciones
quiero decir vocaciones rentables
ella se hizo aduanera y yo taquígrafo

íbamos a casarnos por la iglesia
y no tanto por dios padre y mayúsculo
como por el minúsculo jesús entre ladrones
con quien siempre me sentí solidario
pero el cura además de católico apostólico
era también romano y algo tronco
de ahí que exigiera no sé qué boleta
de bautismo o tal vez de nacimiento

si de algo estoy seguro es que he nacido
por lo tanto nos mudamos a otra iglesia
donde un simpático pastor luterano
que no jodía con los documentos
sucintamente nos casó y nosotros
dijimos sí como dándonos ánimo
y en la foto salimos espantosos

nuestra luna y su miel se llevaron a cabo
con una praxis semejante a la de hoy
ya que la humanidad ha innovado poco
en este punto realmente cardinal

nosotros dos nos fuimos a colonia suiza
ajenos al destino que se incubaba
ella con un chaleco verde que siempre me gustó
y yo con tres camisas blancas

en fin después hubo que trabajar
y trabajamos treinta años
al principio éramos jóvenes pero no lo sabíamos
cuando nos dimos cuenta ya no éramos jóvenes
si ahora todo parece tan remoto será
porque allí una familia era algo importante
y hoy es de una importancia reventada


ahora nuestro amor tiene como el de todos
inevitables zonas de tristeza y presagios
paréntesis de miedo incorregibles lejanías
culpas que quisiéramos inventar de una vez
para liquidarlas definitivamente

la conocida sombra de nuestros cuerpos
ya no acaba en nosotros
sigue por cualquier suelo cualquier orilla
hasta alcanzar lo real escandaloso
y lamer con lealtad los restos de silencio
que también integran nuestro largo amor


estábamos estamos estaremos juntos
a pedazos a ratos a párpados a sueños
soledad norte más soledad sur
para tomarle una mano nada más
ese primario gesto de la pareja
debí extender mi brazo por encima
de un continente intrincado y vastísimo
y es difícil no sólo porque mi brazo es corto
siempre tienen que ajustarme las mangas
sino porque debo pasar estirándome
sobre las torres de petróleo en maracaibo
los inocentes cocodrilos del amazonas
los tiras orientales de livramento

es cierto que treinta años de oleaje
nos dan un inconfundible aire salitroso
y gracias a él nos reconocemos
por encima de acechanzas y destrucciones

la vida íntima de dos
esa historia mundial en livre de poche
es tal vez un cantar de los cantares
más el eclesiastés y sin apocalipsis
una extraña geografía con torrentes
ensenadas praderas y calmas chichas

no podemos quejarnos
en treinta años la vida
nos ha llevado recio y traído suave
nos ha tenido tan pero tan ocupados
que siempre nos deja algo para descubrirnos
a veces nos separa y nos necesitamos
cuando uno necesita se siente vivo
entonces nos acerca y nos necesitamos

es bueno tener a mi mujer aquí
aunque estemos silenciosos y sin mirarnos
ella leyendo su séptimo círculo
y adivinando siempre quién es el asesino
yo escuchando noticias de onda corta
con el auricular para no molestarla
y sabiendo también quién es el asesino

la vida de pareja en treinta años
es una colección inimitable
de tangos diccionarios angustias mejorías
aeropuertos camas recompensas condenas
pero siempre hay un llanto finísimo
casi un hilo que nos atraviesa
y va enhebrando una estación con otra
borda aplazamientos y triunfos
le cose los botones al desorden
y hasta recomienda melancolías

siempre hay un finísimo llanto un placer
que a veces ni siquiera tiene lágrimas
y es la parábola de esta historia mixta
la vida a cuatro manos el desvelo
o la alegría en que nos apoyamos
cada vez más seguros casi como
dos equilibristas sobre su alambre
de otro modo no habríamos llegado a saber
qué significa el brindis que ahora sigue
y que lógicamente no vamos a hacer público

23 de marzo 197

martes, 25 de enero de 2011

Esto es un intento con acabar con el mal humor de alguien:

25-01-2011 01:36

Bueno, día complicado. Será porque es martes. A veces me asusto al pensar y darme cuenta de lo lejos que está Courtney en el espacio e incluso en el tiempo. ¿Cuántos segundos tardarán mis pensamientos en llegar hasta ese rincón de su corazón para hacerle unas pequeñas cosquillas como las abejas que le mandaba en verano? Ojalá siga sintiendo lo mismo, porque, por más que lo repita... Pero seguro que sí. Hemos prometido luchar. Y tener una vida juntos. A fin de cuentas, ella es la única con la que he visto un futuro tan prometedor. Maldita sea, tendremos un perro. Lanas me comerá los periodicos y me traerá las zapatillas. Y Courtney y yo haremos el amor todas las noches hasta que no tengamos noción del tiempo que pasa. Quiero ser viejo a su lado. No quieroo verla llorar y que esté lejos. Va, solo quedan dos días.


25-01.2011 03:25

No puedo dormir, tampoco importa mucho, mañana no tengo demasiado que estudiar.

***
Cuando se despertó, no recordaba nada de la noche anterior. Demasiadas sputniks. A su lado dormía una chica de la que no recordaba el nombre. "Al menos he pillado" pensó. Fue al baño y mientras meaba se sonrió en el espejo al ver su cara demacrada y sus chupetones en el cuello. Iba a tocar semana de cachondeo en el trabajo.

sábado, 22 de enero de 2011

Preguntas sin respuesta en un cuúmulo de desesperaciones y soledades

Cuando el tiempo quiere pasar despacio, pasa despacio. Cada segundo parece una eternidad en la que una gota de agua nunca llega al suelo para desaparecer por fin.
Joaquín se sienta en un sillón con un albornoz azul sentado esperando a que llames. Rezando por que des una señal. El flequillo se le curva en un curioso rizo justo encima del entrecejo, algo fruncido. Se levanta, se sienta y vuelve a sentarse. Se asoma a la ventana. Siente frío, quizás por el viento, quizás por el miedo. ¿Miedo? Sabes de qué.
No hay mucha gente en la calle. De hecho, está semi-vacía. Aunque también es verdad que apenas se ve demasiado. La niebla cubre una gran parte de la acera de enfrente y la acera de abajo nunca la ve entera porque la cornisa del último piso se lo impide. El móvil sigue en su mano. Lo mira y ni vibra, ni suena, ni hay avisos en la pantalla. Son las 11 y media de la noche. Una de esas noches que le encantan. Sin estrellas, pero con niebla. Un impulso le hace salir a buscarte, pero entonces recuerda lo lejos que estás, y vuelve a sentarse en el sofá, a mirar las paredes azules de este cuarto monótono. En el ordenador mil avisos que nunca se parecen al que se oye cuando eres tú, suenan. La desesperanza cada vez es mayor. Deja de torturar al chaval.
En la calle se oyen cuatro risas de los vagabundos que se juntan en el portal de enfrente a combatir el frío con vinacho. Y ríen. No tienen casa, no tienen familia, no tienen dinero ni una cama donde dormir. Pero ríen. Joaquín tiene todo, menos lo que más quiere. Estás tan lejos… Cuando el teléfono suena y se ve la foto de tu pirsin de estrellas en la pantalla, un vuelco siente en algún lugar entre su cabeza y las rodillas, no sabría decirte. Y, maldita seas, cuando contesta con una sonrisa y los ojos brillantes, le pides perdón y le dices que te has equivocado. Y te pregunta que tal, que si por fin quedaréis para tomar ese café que le prometiste anoche cuando le decías que tal vez algún día podríais volver a veros sin sentir dolor. Y le cuelgas sin contestar, dejándolo sumido en la mas completa miseria y sin ganas de levantar la cabeza que le cuelga sobre el pecho. Tira el móvil por la ventana. Se ríe de los vagabundos. No es posible que hayas olvidado lo que los dos podíais hacer.

sábado, 15 de enero de 2011

¿Y si fuera hoy?

¿Y si, quizás, fuera hoy el día? ¿Qué día, preguntas? Uhm. Pensemos. Quizás sea hoy el día del primer "te quiero", quizás el del primer beso, el primer sexo. El día de que me abandones o el día en el que aumente tu amor por mi. Quizás sea el día en el que no pase nada, en el que descubras una nueva película favorita, o en el que descubras que adoras la pimienta. Quizás hoy puedas hablar con tu futura mejor amiga, o te tropieces, por casualidad, con la jefa que dentro de siete años te amargará la existencia. Quizás hoy me llames y me digas por enesima vez esta semana que te quiero. Quizás sigas arrancándome la misma sonrisa que la primera vez. E incluso un asomo de los mismos nervios. Quizás quieras darme un beso y no me alcances los labios. Quizás mis sonrisas no fueran suficientes esta noche como para mantenerme atada a mi un día más. Ojala hubiera una forma de saber que lo que deseo que sientas por mi es real. Porque por más que me lo digas, me cuesta tanto creer que por fin he encontrado a Ariadna... Quizás me pasé buscando durante mi vida a alguien que aún no existía. No me di cuenta de que no creé a Ariadna literariamente hablando (si es que a estas cosas se le puede llamar literatura), si no que la crearé tambien en vida.
Ohm, mi cabeza dice cosas que mi torpe corazón aun no entiendo. Es por ti que salgo a buscarte por calles oscenses llenas de señoras con abrigos de animales muertos y no sepa encontrarte. Porque te necesito tanto a mi lado como te necesito a tí. Por eso aun puedo vivir con una pequeña luz al final del eterno tunel de días que aún faltan para verte. Un enorme beso, pequeña.

jueves, 13 de enero de 2011

Por ti

Ven. Sí. Acércate. Es que justo ahí no te veo bien.

Suspiros entre comillas.

Ahora, sí. Perfecto.
Imposible.
Cada vez que estamos a menos de 5 centímetros, boca a boca, me pasa igual. Te siento. Te huelo. Siento cosquillas. También me asusto.
Y me apetece recorrer con mi dedo índice todos los puntos nerviosos de tu cuerpo, hasta que tengas escalofríos. Y me digas al oído que pare. Y yo paro. Aunque me guste darte un último repaso hasta el agotamiento, y agotarte a medianoche, todo; los ejemplos, los sueños, las lágrimas y todas las expectativas que hayas podido tener alrededor de mi cuerpo. Porque nada es como parece y todo es como siempre me lo había imaginado.
Si no, tú no serías tú.
Quizá yo seguiría sola.
Y tus besos serían como una quimera peligrosa que a lo lejos, se vislumbraba como una realidad. Pero esa cortina de humo me impediría verte y no hubiésemos estudiado inglés. Ni leído poesías juntos. Ni habernos burlado del destino mientras estábamos desnudos.
Todo esto ondeaba a media asta, porque tú no estabas.
Y ahora, todo es extraño.
Tus labios rozan la comisura de mis labios y me estremezco.
Y todo, absolutamente todo, cambia de lugar en el mundo.
Y nos reímos, porque el mapa era el correcto.
Porque ha merecido la pena esperar.
Porque tienes eso tan especial que hace que tus palabras se hagan realidad. Sí, sí. También a largo plazo.
Porque sí. Porque te quiero. Por mi cielo. Por mi estrella. Por ti.

Futuro no tan lejano

Sus dos maletas descansaban apoyadas en el suelo de la estación mientras ella, envuelta en un pañuelo en la cabeza, esperaba al que tenía que ir a buscarla. La previsión de unas vacaciones inolvidables estaba a punto de ser cumplida. Él llegaba tarde, para variar un poco. Pero que más daba. Era él. Cuando llega por fin con su pelo medio despeinado, la mirada perdida, buscandola en otro lugar, por toda la estación excepto por donde está ella. Cuando por fin la ve, sonríe y va a buscarla. Intentando contenerse de no correr. Cuando por fin llega, se abrazan en un abrazo eterno que no terminará hasta 3 meses después, con otro abrazo de despedida.
Mientras caminan por las calles de la diminuta ciudad, observando de nuevo cada rincón donde se escondieron para meter manos donde no debían, sonríendo cada uno para sí, sabiendo lo que está pensando el otro, hablan de mil cosas triviales que no son nada comparadas con la noticia fundamental del momento. Por fin estás aqui, conmigo. El chico la besa cada dos por tres, y le dice te quiero. Ella sonríe y le contesta, mientras mira sus ojos cuando él esta de perfil y piensa que no la ve.
Poco a poco, llegan a su casa. Un pequeño hogar en medio de la calle donde tienen sus grandes momentos de felicidad y romanticismo.
Nada más llegar, hacen el amor como una pareja que no se ha visto desde hace ya un mes. Lo hacen una, dos tres veces. Ella gime mientras el suspira sobre ella y empuja fuertemente.
Después de hacer el amor, se quedan abrazados sobre el suelo de madera de la única habitación de su casa, y hablan de lo muchísimo que se han echado de menos y lo que se quieren.
Pasan las horas, hasta el momento de su partida. Él la coge de la mano y le besa los labios. Se levanta, le ayuda a levantarse, y se ponen en marcha hacia la casa de los padres de ella. El camino, vuelve a estar lleno de gestos que han echado de menos. Lametones en las mejillas, pellizcos en el culo y otras variedades de hacer la puñeta a la persona que quieres sin que se enfade demasiado. Cosas que echas de menos cuando no está junto a tí.
en el portal tardan una eternidad en despedirse. Cuando al final lo hacen. Siempre es con la promesa de un día siguiente.


Hasta pronto, querida Courtney.

domingo, 2 de enero de 2011

Desavenencias en el pasado imperfecto

La locura desatada que en aquella habitación había acontecido había dejado a los dos guerreros tumbados en la cama, desnudos en la semi-oscuridad. El pelo ondulado de ella se esparcía sobre la almohada mientras el miraba al techo negro con los ojos perdidos, disfrutando de la situación que alguna divinidad le regalaba. Ella se levantó, se puso la camiseta ancha y grande de él y le miro con los ojos brillantes en la oscuridad. Le besó los labios, le cerró los ojos. Le obligó a dormirse.
Cuando despertó, ella dormía a su lado. Por las ventanas ya dormía la luz de la luna y el sol impregnaba el nuevo día. Debían ser las 9. O las 10. Sin importancia. Se metió en la ducha y en el mejor momento, cuando el agua caliente recorre la espalda, provocando escalofríos de placer, ella apareció tras la mampara, desnuda, preciosa. Se metió con él en la ducha, y comenzó a besarle la boca. Volvieron a la cama. Follaron. Se amaron sin pausa, con ella, da igual.
El qué rompió el amor, no se sabe. Quizás fue la heroína. Las jeringuillas adormecían en la mesilla del cuarto y él tuvo la más rockera de las muertes. Su vómito inundó la garganta y su boca, y le dejó sin respiración el tiempo suficiente como para no volver a respirar jamás. Ella estaba en viaje.

El precioso ático estaba lleno de muerte y tristeza en el amanecer de esa mañana. Ni las lágrimas arrepentidas de ella pudieron hacerle volver a la vida.