Antes de que Ángel colgara su trompeta y se emborrachara a base de las cervezas más baratas del bar, tuvimos una época dorada.
Perseguíamos sueños tras unas minifaldas y componíamos canciones que pensábamos que eran medianamente buenas como para que nos publicaran un disco en la mejor discográfica del mundo. Lo cierto es que esas canciones no contaban más que las historias de amor, alcohol y hombres abandonados que cuentan todas las canciones vulgares.
Si el mundo es un pañuelo, Huesca debe ser uno de los mocos más minúsculos que hay en él. Mientras caminaba esta noche, la he vuelto a ver. Sigue siendo igual de puta. La llevaba cogida de la cintura un desgraciado que no sabe lo que le espera. Si Ariadna es buena en algo es en encandilar hombres en cualquier bar, por encima de adolescentes con escote, minifalda y medias de rejilla.
Así fue como me acabé enamorando de ella. Fue hace tantos años que ya no me quedan más que recuerdos muy nublados y su olor por todas partes. Yo estaba con los chicos en el Hostal Jaime I, donde solíamos ir a echarnos unas copas cuando todo lo demás ya estaba cerrado y la noche de martes ya olía a miércoles. Destrozábamos nuestros hígados hablando de cosas que queríamos que fueran intelectuales cuando entró. Supongo que la mala o buena suerte quiso que yo fuera el que estuvierá en el extremo del grupo, y no en el centro. En ese extremo de la barra se sentó Ariadna, y algo quiso que yo mirara con interés su cintura para que ella supiera que otra presa había caído en sus curvas.
No era mi primer polvo, pero fue, sin duda, el primero de los mejores. Uno de esos que cuando acabas dices "uff..." y solo puedes hacer con la persona a la que amarás siempre.
No me dio un número de teléfono, ni me dijo cómo contactar con ella. Me dio un beso y después de vestirse se fue.
Al despertarme, bajé a comprar una flor, una vainilla. Estoy seguro de que su perfume olía a eso. La llevé encima todos los días, y todas las noches bajaba al Jaime I para volver a verla. Ella no aparecía, pero Huesca es el moco más minúsculo del pañuelo, y la volví a encontrar. Charla eterea y poco más hizo falta para volver a llevarla a mi cama. Yo ya andaba perdidamente enamorado de ella.
Sin saber cómo, empezamos a salir, a quedar diariamente, a invitarla a cenar, a tener aniversarios incluso a hablar de una vida juntos.
No he llegado a saber a cuantos se tiró mientras lo planeábamos. Me manejó, jugó conmigo. Cómo con todos. Nunca fue mujer de un hombre ni tan siquiera de dos. Ni nunca lo será.
Fuimos felices. En una época ya muy lejana. Ángel, Matilde, Ariadna y yo. Nos bebíamos la noche sin que nada se nos pusiera por delante. Pero todo tiene su fin. Después de que Ariadna me dejara por todos los hombres de Huesca, huí de la ciudad. Todo se juntó, su adiós, el destrozo de la vida de Ángel, yo ya no tenía ánimos para tocar y mucho menos para componer. Dejé lo que tenía y me fuí a Madrid con la promesa de cualquier vida mejor. No la encontré.
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