miércoles, 23 de febrero de 2011

Un viaje a quién sabe donde.

Por fin arranca el tren. En el vagón solo hay tres personas. Solitarias, deshechas. Tristes.



Verónica, esa rubia algo gordita, está dejando la maleta en el portaequipajes. Pero lleva la maleta tan a rebosar que no puede meterla bien, y una y otra vez sale de su sitio.

Alfredo tiene 46 años y se siente el rey del mundo. Es un ejecutivo que ha dormido 3 horas y tiene jet lag. Tiene ganas de llegar a su casa y follar con su mujer, quedarse dormido y despertar para leer en los periódicos su nombre.

Tomás es un desgraciado. Y le gusta ser así. Es escritor de novelas que critican a estas querosa sociedad en la que vive. Se ha separado 3 veces y ahora disfruta del sexo promiscuo.



Verónica continúa con su maleta. Alberto la mira con desprecio por no dejarle tomar su café en paz. tomás la mira con curiosidad por encima de su propia novela y se levanta a ayudarla tras un segundo de indecisión.

viernes, 18 de febrero de 2011

Buenas noches, mi pequeña.

Van pasando las horas, y cada minuto es un poco más esperanzador en el sentimiento ese que oprime el pecho de vez en cuando. Te echo mucho de menos, vida mía.
Mañana voy a ir a nuestra casa. Lo siento, no tengo demasiadas palabras ahora mismo. Tengo ganas de llorar. Ojalá estuvieras acariciándome la cabeza un poquito.
Te quiero. Ya solo quedan 13 días. Hasta mañana, pequeña. Cuidate mucho.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Uno. Dos. Tres. Catorce.

Recuerdo, estúpidamente, cuando seis meses era una especie de marca o récord a batir. Cuando me parecía un tiempo eterno para pasar junto a una persona en particular. Ahora. seis meses son un suspiro, el tiempo que pasaría sintiendo su olor incrustado en una sábana.

martes, 15 de febrero de 2011

Revitalizando.

Ayer fui injusto contigo. Querías leer los caballos. "Yo te abro mi corazón todos los días". El problema es que la página que tenías que leer aún no estaba escrita.

14-02-2011
21:38

Parece que por fin me calmo. Ya era hora de dejar de llorar. Mi vida, me regalas unos días preciosos, y una vida maravillosa. Pronto, siempre será así. Paseos a tu lado por Gran Vía, todos los domingos al Rastro, comer cada día en un sitio distinto. Hacer deberes juntos, ver tu sonrisa en mis ojos. No sé que decirte. Cada segundo estoy más lejos de tí. A cada letra que escribo. Hasta pronto.

El amor contigo, desde que arramblaste en mi vida es distinto. Es otro concepto de posesión, de tus ojos. Lo único importante es que cuando te miro a los ojos veo que me quieres, sin importar lo más mínimo cuántos otros se han visto reflejados en esos ojos, brillantes y preciosos, pero que no les miran de la misma forma que me miran a mí. Sentirme único en mi alegría, en mi tristeza, en mi soledad, siempre tan ansiada y tan odiada. Así me haces sentir, único. Consigues que llore, que grite, que gima... me das placer con todos tus movimientos. Jugamos desnudos y me encanta dormir con mi brazo en tu cintura y poder pensar que eres solo para mí, aunque digas otros nombres en mis sueños y me enfade profundamente. Pronto dormiremos más comodamente, juntos, en una cama doble. Te quiero, pequeña princesa.


PD: el mundo es irónico. Me he puesto a escribir esto y el spotify ha decidido que era un buen momento para poner "Deja de llorar, mi amor"

sábado, 5 de febrero de 2011

El plano onírico de una realidad destrozada en mil pedazos incomprensibles.

La playa está desierta salvo por la niña que juega con las conchas en la orilla y un hombre vestido con un traje caro que parece no saber donde está. Está descalzo y tiene una corbata azul con bolos negros que hace que el traje pierda algo de elegancia. A decir verdad, la corbata es muy fea. Se acerca descalzo hasta la orilla, al lado de la chica. Ahora se da cuenta de que con las conchas escribe en la arena cosas ilegibles que destruyen las olas nada más terminar.
-Hola, chica. ¿Qué escribes?
La niña levanta la mirada de la arena y le mira entre confusion y diversión.
-No escribo nada, señor- le dice algo ofendida-. Le dibujo a usted. !De mayor quiero ser dibujanta, y poder pintar todos los señores del mundo!
-¿Y por qúe me dibujas a mi?
-Porque ahora solo existimos usted y yo. Siéntese y no se mueva. Así podré dibujarle mejor.
El hombre se sienta y mira el dibujo de la chica. Un círculo con dos ojos y una curva como sonrisa desaparecen bajo la primera ola que llega. Sin embargo, el hombre no se mueve y están sentados durante horas, esperando a terminar un dibujo imposible. La tarde deja paso a un crepúsculo moribundo, y una ligera brisa se levanta y despierta al hombre enbebido en sus cavilaciones. La olas cada vez son mas largas y ahora ya le cubren todas las piernas. Busca a la niña y la ve un poco más atrás, jugando con un perro blanco.
-Niña, ven aquí. Por cierto, ¿como te llamas?
-Me llamo Paula, señor.
¡Que nombre tan bonito!
-No, no lo es. ¡No quiero ser pequeña!
El hombre, sin entender el ultimo comentario de la pequeña le coge de la mano.
-Vámonos de aquí. La marea va a subir pronto.
-No, aqui no sube la marea, la controlo yo.
-No digas tonterías, la marea la controla la luna.
-Pero, ¿no se ha dado cuenta, señor? Aquí no hay lunas. Mire -dice señalando al cielo. El hombre mira y, efectivamente, no hay ninguna luna.
-Quizá sea luna nueva.
-No señor. Aquí no hay luna. Aunque a veces hay dos, mire. -vuelve a señalar y donde antes el cielo estaba vacío, ahora hay dos lunas redondas y preciosas que proyectan un blanco blanquecino en el mar, que, enfurecido, comienza a alargar sus olas hasta donde están ellos.
-Vamonos de aquí. ¿Y ese perro?
-Se llama Lanas. Ha venido con usted.
-No, yo no he traído ningun perro. No me gustan los perros.
La niña lo mira con una mirada que da a significar que a todo el mundo le gustan los perros y comienza a andar con el perro correteando tras ella.
-Vámonos de aquí, señor. Va a subir la marea.
El hombre sonríe y la alcanza corriendo.
-¿No crees que pintar a todas las personas del mundo será demasiado trabajo para una niña?
-No, señor. Solo estamos usted y yo.

Un mundo idealista

Decía que de mayor quería ser periodista para cambiar el mundo. Siempre gritaba cosas idealistas y quizás lo que me había enamorado de ella era su forma de amar al mundo, de contar como confíaba aún en la humanidad. Si nunca le dije lo mucho que la amaba y deseaba tenerla fue porque sabía que ella era un espíritu libre que nunca aceptaría las riendas de una relación. Solíamos salir a emborracharnos juntos, y cuando lo hacíamos, los viernes se hacían domingo sin apenas darnos cuenta. En su piso de estudiantes vivían otras dos chicas, bastante simpáticas que me miraban con pena cuando entraba. Un día una de ellas me confesó que sabían lo enamorado que estaba de Lorena, aunque ella no se diera ni cuenta. La primera vez que estuve en su casa, habíamos estado estudiando en la biblioteca, pero no hacíamos más que molestar a los demas con carcajadas, y decidimos ir a su casa. Me besó, y me sonrió.
-No te confundas eh, ninguno de los dos quiere nada-me dijo.
-Bueno, Lorena, no...
Me volvió a besar. Creo que cuando acabó el beso ya habíamos hecho el amor. Estaba dstrozado entre sus sábanas y ella me mordía la tripa con una sonrisa. Desde entonces lo hemos repetido unas cuantas veces y algo muere dentro de mí cada vez.
La semana pasada conocí a una chica. Es morena, de pelo largo y preciosa. Hemos quedado todos los días, y ayer nos besamos. Puede que empiece una relación con ella. Pero puede que nunca llegue a quererla tanto. Lorena va a seguir allí, con sus cubatas devodka, su piso de estudiantes, la mirada triste de sus compañeras... y su mundo idealista. Fue eso lo que me enamoró, su mundo idealista.

martes, 1 de febrero de 2011

Cuando la tristeza se apodera de un cuerpo ya de por sí triste y feo.

El continuo preguntar desesperadamente inocuo. El destrozo de la propia conciencia viendo el lento suicidio de un vínculo de confianza que se lanza a un vacío sin fondo hasta que el propio cerebro o el corazón ya no pueda aguantar más. Por eso, y aquí lanzo un aviso al capitán de un navío que navega sin rumbo desde Dios sabe cuando, que no se cuánto aguantará el casco del barco. Que no todos los icebergs son rompibles, y no con todos puede la proa metálica e irrompible. Por eso, quizás si no para la tormenta tengamos que ver como la chimenea mas alta de cubierta sucumbe ante unas olas despiadadas, no dentro de mucho. Pero ahí seguirá el capitán. Con la mano extendida en la frente, la otra en el bolsillo, o atusándose la barba con ambas. Pero que resistirá hasta el final ante el timón, con la espina clavada de que quizás pudo hacer navegar mejor.












Te quiero.