martes, 1 de febrero de 2011

Cuando la tristeza se apodera de un cuerpo ya de por sí triste y feo.

El continuo preguntar desesperadamente inocuo. El destrozo de la propia conciencia viendo el lento suicidio de un vínculo de confianza que se lanza a un vacío sin fondo hasta que el propio cerebro o el corazón ya no pueda aguantar más. Por eso, y aquí lanzo un aviso al capitán de un navío que navega sin rumbo desde Dios sabe cuando, que no se cuánto aguantará el casco del barco. Que no todos los icebergs son rompibles, y no con todos puede la proa metálica e irrompible. Por eso, quizás si no para la tormenta tengamos que ver como la chimenea mas alta de cubierta sucumbe ante unas olas despiadadas, no dentro de mucho. Pero ahí seguirá el capitán. Con la mano extendida en la frente, la otra en el bolsillo, o atusándose la barba con ambas. Pero que resistirá hasta el final ante el timón, con la espina clavada de que quizás pudo hacer navegar mejor.












Te quiero.

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