Decía que de mayor quería ser periodista para cambiar el mundo. Siempre gritaba cosas idealistas y quizás lo que me había enamorado de ella era su forma de amar al mundo, de contar como confíaba aún en la humanidad. Si nunca le dije lo mucho que la amaba y deseaba tenerla fue porque sabía que ella era un espíritu libre que nunca aceptaría las riendas de una relación. Solíamos salir a emborracharnos juntos, y cuando lo hacíamos, los viernes se hacían domingo sin apenas darnos cuenta. En su piso de estudiantes vivían otras dos chicas, bastante simpáticas que me miraban con pena cuando entraba. Un día una de ellas me confesó que sabían lo enamorado que estaba de Lorena, aunque ella no se diera ni cuenta. La primera vez que estuve en su casa, habíamos estado estudiando en la biblioteca, pero no hacíamos más que molestar a los demas con carcajadas, y decidimos ir a su casa. Me besó, y me sonrió.
-No te confundas eh, ninguno de los dos quiere nada-me dijo.
-Bueno, Lorena, no...
Me volvió a besar. Creo que cuando acabó el beso ya habíamos hecho el amor. Estaba dstrozado entre sus sábanas y ella me mordía la tripa con una sonrisa. Desde entonces lo hemos repetido unas cuantas veces y algo muere dentro de mí cada vez.
La semana pasada conocí a una chica. Es morena, de pelo largo y preciosa. Hemos quedado todos los días, y ayer nos besamos. Puede que empiece una relación con ella. Pero puede que nunca llegue a quererla tanto. Lorena va a seguir allí, con sus cubatas devodka, su piso de estudiantes, la mirada triste de sus compañeras... y su mundo idealista. Fue eso lo que me enamoró, su mundo idealista.
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