La playa está desierta salvo por la niña que juega con las conchas en la orilla y un hombre vestido con un traje caro que parece no saber donde está. Está descalzo y tiene una corbata azul con bolos negros que hace que el traje pierda algo de elegancia. A decir verdad, la corbata es muy fea. Se acerca descalzo hasta la orilla, al lado de la chica. Ahora se da cuenta de que con las conchas escribe en la arena cosas ilegibles que destruyen las olas nada más terminar.
-Hola, chica. ¿Qué escribes?
La niña levanta la mirada de la arena y le mira entre confusion y diversión.
-No escribo nada, señor- le dice algo ofendida-. Le dibujo a usted. !De mayor quiero ser dibujanta, y poder pintar todos los señores del mundo!
-¿Y por qúe me dibujas a mi?
-Porque ahora solo existimos usted y yo. Siéntese y no se mueva. Así podré dibujarle mejor.
El hombre se sienta y mira el dibujo de la chica. Un círculo con dos ojos y una curva como sonrisa desaparecen bajo la primera ola que llega. Sin embargo, el hombre no se mueve y están sentados durante horas, esperando a terminar un dibujo imposible. La tarde deja paso a un crepúsculo moribundo, y una ligera brisa se levanta y despierta al hombre enbebido en sus cavilaciones. La olas cada vez son mas largas y ahora ya le cubren todas las piernas. Busca a la niña y la ve un poco más atrás, jugando con un perro blanco.
-Niña, ven aquí. Por cierto, ¿como te llamas?
-Me llamo Paula, señor.
¡Que nombre tan bonito!
-No, no lo es. ¡No quiero ser pequeña!
El hombre, sin entender el ultimo comentario de la pequeña le coge de la mano.
-Vámonos de aquí. La marea va a subir pronto.
-No, aqui no sube la marea, la controlo yo.
-No digas tonterías, la marea la controla la luna.
-Pero, ¿no se ha dado cuenta, señor? Aquí no hay lunas. Mire -dice señalando al cielo. El hombre mira y, efectivamente, no hay ninguna luna.
-Quizá sea luna nueva.
-No señor. Aquí no hay luna. Aunque a veces hay dos, mire. -vuelve a señalar y donde antes el cielo estaba vacío, ahora hay dos lunas redondas y preciosas que proyectan un blanco blanquecino en el mar, que, enfurecido, comienza a alargar sus olas hasta donde están ellos.
-Vamonos de aquí. ¿Y ese perro?
-Se llama Lanas. Ha venido con usted.
-No, yo no he traído ningun perro. No me gustan los perros.
La niña lo mira con una mirada que da a significar que a todo el mundo le gustan los perros y comienza a andar con el perro correteando tras ella.
-Vámonos de aquí, señor. Va a subir la marea.
El hombre sonríe y la alcanza corriendo.
-¿No crees que pintar a todas las personas del mundo será demasiado trabajo para una niña?
-No, señor. Solo estamos usted y yo.
1 comentario:
precioso
Publicar un comentario