sábado, 2 de abril de 2011

Y allí va otra vez. Y de nuevo, aquí me quedo yo. Tumbado en la cama, derrotado como todas las tardes. El día a día es un sinvivir. Allí va otra vez. ¿Con quién esta vez? No lo se. Quizás Aitor. O Pedro. O quizás no se vaya. Quizás se quede en casa, leyendo un libro de Bequer tumbada en la cama, como yo. Pero tanto mi mente como mi corazón saben que no. Que saldrá a la calle, y su amigo le mirará cuando ella no le mire. Que sin que ella lo piense, el le tocará la cintura, los hombros, y aunque ella se dará cuenta, para él significará un pequeño triunfo que le acerca a un imaginario beso que ha imaginado mil y una veces. Porque ella es así. Es capaz de atraer a cualquier ser humano de esta tierra, y no darse cuenta. No es consciente de su belleza, y eso aún me preocupa más.
Y ahora, ¿qué? ¿Cómo evito tener mis pensamientos constantemente obcecados en ella con otro?, con las manos de otro en su cintura, quizás con los labios de otro posados en los suyos.
Marcho, como en la guerra (qué es, sino el amor) a la cocina, y tomo un yogur de esos que sé que le dan asco. Lo saboreo tristemente como si de una venganza se tratara y rompo de rabia lanzando el yogur contra el suelo. Y queda, sobre el parquet, una horrorosa mancha blanca llena de grumos que hace que me arrepienta al momento de lo que acabo de hacer.
Lo limpio con lágrimas en la cara y me voy a mi cuarto , y de nuevo, me sumo en la oscuridad de la incertidumbre, del amor, de la melancolía. De la esperanza.

No hay comentarios: