Me gusta estar triste. Sentir que no la tengo. Pensar que la he perdido. Sumirme en una miseria y autodestrucción. Autocompadecerme. Sentirme mal. Mirar con nostalgia sus fotos y sus palabras ya vacías del sentimiento que, en el pasado, me ponía los pelos de punta. Llorar con los recuerdos. Andar cabizbajo en otoño, con el viento golpeando mi cabeza, cubriéndome un poco la cara. Golpear cada plan que hicimos juntos contra el asfalto.
También me gusta comerme los bocadillos por el final, por donde la punta, porque es lo que menos me gusta. Cantar en la ducha, y sentirme un Dios al terminar una película. Me gusta escribir, ir al fútbol e insultar al árbitro. Me encanta hablar de cultura. Aprender de arte (siempre y cuando esté bien explicado) Beber por las noches. Ir a un bar, pedir un güisqui con hielo y ser como esos hombres solos de las películas americanas. Me gusta hablar, comer helados de chocolate con vainilla. Pasear, hacer senderismo. Me encanta bailar medio borracho en el Edén. Me gusta desafiar al tiempo, decirle idioteces al amor. Pensar mientras camino a que chicas me follaría de las que pasan a mi alrededor. Mirarme en el reflejo de los cristales del autobús y despeinarme, y que nunca me guste como me queda el pelo. Me gusta llevar sombrero, aunque me de vergüenza. Ver gaviotas, y dar de comer a las palomas cuando se acercan a mí. Me gustan los niños, sonreírles y hacerles tonterías, hasta que me da vergüenza porque me miran sus padres.
Me gusta llegar a casa, descalzarme, sentarme en la silla ante el ordenador y mirar si estás. Saber que te tengo.
Sentir que no te he perdido.
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