Querida y dulce Ariadna:
He empezado a escribir esta carta unas mil veces y hoy no tiene nada que ver con la primera intención. Cada vez que he reescrito esta carta he añadido un "pero" más a una lista que no quería llenar, pero que finalmente, he llenado.
Esto es un adiós, Ariadna. Es el único que te puedo dar. Tiene que ser en forma de carta porque, aunque te prometí que en el caso de que alguna vez te lo dijera, sería a tus preciosos ojos, sabes de sobra que no soy lo suficientemente valiente como para eso. No podría mirarte a los ojos y decirte que no me vas a volver a ver; soy un cobarde, insúltame, rompe esta carta cuando acabes de leerla. Pero por favor, perdóname.
Hoy, he salido a pasear, a pesar de la lluvia. Y bajo ese manto de agua he mirado a los edificios, y me he dado cuenta de que no tengo nada más que decir en este lugar. Sé que querrías venir conmigo, fuera donde fuera. Esta ciudad me cansa, me abruma. Cuando salgo a la calle ya he visto antes a todo el mundo. Sé que hemos hecho esto miles de veces, pero no me veo con fuerzas de irme contigo otra vez. Pero no me voy solo. Tus recuerdos van a acompañarme durante toda mi vida, y alguien más me acompaña. Se llama Laura, y ha resucitado mis ganas de todo. Lo siento, no es justo para ti, ni para mí, ni para nosotros, con todo lo que fuimos, pero tampoco sería justo para nadie seguir engañándonos. Seguir disimulando las sonrisas falsas al vernos, al decirnos que nos queremos, y pensar hasta cuando.
¿Donde está el problema? El problema está en todos sitios. Está en que hemos cambiado, en que somos iguales que al principio. Quizás en que queremos aparentar que hemos madurado sin hacerlo. Hoy, mientras paseaba, una chica esperaba a su chico en la puerta de un bar. Cuando lo ha visto llegar, ha sonreído y se ha puesto nerviosa. Ya no veo esas sonrisas en tu cara, ni las veo en la mía cada mañana cuando me levanto en el espejo. Es cierto, Laura tampoco me las provoca, pero no es tú. Tu fuiste la mujer de mi vida, y eso ya es un tren del que bajo. Ahora solo tengo derecho a tristes parches.
Siento que traiciono todos nuestros sueños de futuro, todas las esperanzas de felicidad que creamos. Todos los sitios que ver, todas las casas que comprar, cada sonrisa planeada con tanta previsión. Pero ese futuro ya es un saco de sueños gastados, sueños ya tan removidos que han dejado de ser una probabilidad real, y un solo sueño más iba a romper el saco. Y ese saco se ha roto. Y eso hago yo ahora. Rompo. Rompo con todo, excepto con la promesa de que no vas a volverme a ver. No se donde me voy, es Laura la que ha comprado los billetes de avión. Pero espero que sea lejos. Dónde no pueda olerse tu olor, ni los cristales me recuerden a tus ojos. Donde las señoritas no me recuerden a tí. Donde pueda hacer el amor sin remordimientos.
Lo siento, Ari, pero hasta aquí hemos llegado. Sueños, promesas y esperanzas de una buena vida, han terminado. No tiene más sentido continuar con ellos.
Te quiero.
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