Y entonces, no quedó nada. Solo el más profundo silencio en la más absoluta soledad. Lo que había pedido, y se había ganado, ahora le hacía llorar de rodillas en el suelo ante una puerta que acababa de cerrarse.
Esta vez, ella no volverá. Sus risas y sus ojos no van a volver a aparecer. El olor de su café, sus bostezos de por las mañanas. Su insultos al despertador. Sus miradas inquebrantables. El miedo en el temblor de sus manos al ver una película de miedo en la pared. Sus pijamas estrafalarios que dan gusto quitarle. Sus rizos, el polvo blanco en vena.
Ahora se tumba en la cama y la imagina tarareando melodías de violín ante el armario escogiendo la ropa que se pondrá esta mañana. Pero el armario está vacío. Y el violín ni siquiera suena bien en su memoria. Era ella la que sabía hacerlo sonar como una vida más profunda dentro de su mente, haciendo que se imaginara mil historias que luego intentaba plasmar sin ninguna clase de éxito en el papel.
"¿Dónde estará?" se pregunta. "Probablemente en el ascensor, saliendo de casa" Se responde con sorna. Estos deberian ser sus momentos dignos. Sus momentos de, bien, vale, vete. Soy mejor sin tí. Pero él sabe que no es nada sin ella, sin sus palabras en el oído. No puede imaginar oyéndole contar a otro chico sus experiencias con él. Cómo decía que le encantaba estar profundamente triste, el muy idiota. Ahora solo hay estrellas, sin luna, en el cielo.
Esta noche, me cuesta estar sin tí. Un sombrero cuelga de la cómoda de la cama. Un sombrero con historia, como la gran mayoría de las cosas de ese cuarto. Una sonrisa habría valido antes para hacerla venir. Ahora ya no es tan fácil. La botella empieza a quedarse vacía y no es justo, para ninguno, ni para él, ni para ella, ni para la botella, porque los tres acabarán rotos, cuando él decida acabar el whisky de un trago y volver a pinchar la piel con la aguja, una última vez, ahora lo necesita más que nunca.
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