Cuando lo conocí, tocaba la trompeta en el Edén por unos pocos miles de pesetas, junto con una banda que se hacía llamar, por algún miembro idiota dándoselas de culto, los Jazz Brothers. Tocaba justo al lado del pianista, y aunque yo aun no sabía que acabaría tocando, pensé en que me gustaría tocar junto a alguien que pone tanta pasión a la música.
Esa misma noche, se gastó todo lo que acababa de ganar con el concierto en invitarme a una cerveza tras otra en cuanto le comenté que me gustaría tocar con él. No hicieron falta muchos tragos para que me contara lo poco que soportaba su grupo, lo mucho que odiaba al saxofonista y que tristemente para el, eran los únicos buenos en Huesca.
Ayer lo ví. Distinguí, entre la brisa de abril, el sonido inconfundible de su alma puesta en la música de su trompeta. Tocaba una melodía triste, como siempre hacía en aquella época en la que estaba enamorado de Matilde. Lo ví de lejos, entre las columnas frente a las pajaritas del parque, sentado en un banco con la funda de la trompeta entre las piernas. A pesar del frío, llevaba un chaquetón en el que se apretujaba cada vez que tocaba una nota larga del blues. Me senté en un banco cercano, dónde yo no le veía y suponía que él no me vería a mí. Tardé un poco en reconocerla, pero me dí cuenta de que la canción que tocaba era aquella que compuso para Matilde cuando tocábamos juntos en el garito que estaba bajo su casa. Era una melodía que llevaba el nombre de los lugares que iban a visitar juntos.
Me costó unos cuantos tragos de whisky en el Dublín que me contara su historia. Por aquel entonces, yo estaba tan enamorado de Ariadna cómo él de Matilde, y, al igual que yo, acabó destrozado por un amor que nada tiene que ver con el que da la música. La había conocido una noche (cómo no) en la que celebraba su primer gran concierto en solitario.
Matilde fue su gran musa en aquellos años, y siguió siéndolo cuando lo conocí. Vivían junto en un pequeño ático y el deseaba, tanto como yo, huir de esta ciudad en la que no conseguiría nada.
Dos años después de conocerlo, me contó que iba a pedirle a Matilde matrimonio. Fue una gran boda. Para entonces ya éramos los mejores amigos que puede haber y tuve que ser yo el que le consolara cuando Matilde lo abandonó, séis meses después.
Intenté sacarlo de la bebida, pero cada vez se alejaba más de mí, y se acercaba más a la soledad de putas en callejones. El ático quedó echo un desastre, restos de guerras en el suelo, platos estrellados en paredes, vasos llenos de alcohol en el fregadero. Sábanas manchadas.
Yo lo abandoné, logré salir de esa ciudad. Abandoné la música y el arte, dejé las notas en paz. Me casé, no con Ariadna, si no con una preciosa chica que se enamoró de mí. Pero, como todas las cosas, volví a dónde estaba mi casa. Volví donde Ariadna me destrozó el corazón, dónde me bebía incluso el agua que caía de la lluvia junto con un trompetista que, por lo que contaban los viejos conocidos, había desaparecido tras unos conciertos borracho en pequeños bares donde me prometía que no tocaría jamás.
Y ayer, lo vi. Estuve un rato oyendo cómo tocaba aquella canción tan larga, una y otra vez, sin cansar a un público que no se detenía a observarlo. Me hizo pensar en lo larga y puta que es la vida, también pensé en Matilde, en Ariadna, en Madri. Pensé demasiadas cosas que forman parte de otra historia.
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