El cielo está rojo. Pero no es rojo atardecer. Es rojo pasión, rojo sangre, rojo muerte. Un hombre camina de la mano con Ariadna sobre un suelo de arena, descalzo, con los zapatos en la mano que no sostiene a la mujer. A pesar de que en el cielo no luce ningún sol, hace el calor de cuatro astros.
El hombre suda y lleva la corbata abierta y la camisa desabotonada. Las mangas subidas hasta los codos, los pantalones se le pegan a las piernas del sudor. La americana se perdió en la arena ya hace días. Ariadna camina altiva, sin muestras de cansancio o calor, también va descalza, y es mucho más preciosa de lo que normalmente ya es. El pelo oscuro y rizado le cae sobre los hombros descubiertos, mientras el vestido azul y blanco que lleva le ondea con un viento que parece solo le toca a ella. Camina como si acompañara al hombre y le indicara, con leves movimientos fuertes y decisorios, hacia dónde van. Va con los ojos cerrados, como orientándose por el susurro del aire, o el tacto de la ardiente arena, que mientras quema los pies del hombre, la transporta a ella.
Sin agua, sin comida, pasa el tiempo y, sin dirigirse palabra alguna, caminan y caminan en linea recta y hacia un horizonte que, aunque pasan las horas, no cambia de color. El hombre, al cabo de las horas, empieza a andar arrastrando los pies, a pesar del calor, y poco a poco, el arrastrar se convierte en tumbos, que provocan mareos y desplomes. Cuando sucede, Ariadna se queda de pie, con la mano siempre tendida hacia él, hasta que recupera la consciencia y vuelven a caminar.
Siguen el camino, aún más lento por el hambre y la sed que no se aplacan nunca.
De nuevo, el hombre vuelve a caer. Esta vez, Ariadna sigue caminando, y cuando el hombre vuelve a recuperarse, la ve a mucha distancia, como una mota de polvo.
-Ya hemos llegado- le dice en un susurro en su oreja, a pesar de la distancia.
-¿Por qué ahora? ¿Qué tiene este sitio?
Ariadna no contesta, y desde lo lejos, el hombre la ve sentarse en el suelo. El hombre recorre la distancia que los separa, y cuando llega a ella, pasada mucho tiempo, la ve llorar.
-¿Que te pasa, mi pequeña Ariadna?- Por detrás, una voz le susurra un saludo.
-Hola, pequeño- es una voz de mujer aguda, preciosa, tanto como la de Ariadna.
El hombre se gira, y ve ante él a una mujer de rasgos hermosos, distintos a Ariadna, como flotando y sonriendo en la arena. El hombre la mira embelesado en su belleza.
-Sofía, ¿que haces aquí?
-He venido a buscarte, eres mío. Siempre lo has sido.
El hombre sonríe e intenta besarla. Cuando sus labios se rozan, Ariadna emite un fuerte sollozo y estalla en un llanto más fuerte que el anterior, que rompe el momento mágico que compartían el hombre y Sofía.
-No puedo dejarla ir, Sofía. Ella es mi Ariadna. No puedo irme contigo y dejarla aquí. Igual que no puedo irme con ella sin tí. Ya no.
-Es tu deber elegir, pequeño. Para eso te ha traído ella aquí.- un cambio ocurre en el rostro de Sofía. Las pupilas se vuelven rojas, y el rostro adquiere un tono dorado, como de diosa.- elige.
-No puedo...- dice arrodillado ante tal figura.- no puedo.
-Aquí tienes mi ayuda. Tu futuro con ella.
El desierto cambia, el cielo se vuelve azul. Ariadna sigue llorando, esta vez en un sofá. Un perro le lame los pies mientras el hombre se ve a sí mismo haciendo una maleta en la habitación de al lado. Tiene la cara roja de ira, y grita cosas ininteligibles, que suenan desde lejos, como de ultratumba.
-¿Qué pasa?- pregunta el hombre del plano desértico.
-Una vez fuistéis felices. Ahora, ese momento dio paso a este. Te vas, la abandonas. Ahora haces lo que no elegiste aquí.
Vuelve el cielo rojo, el desierto. El hombre sigue arrodillado ante Sofía. Adiós Sofía. La mujer grita y un haz de luz que ciega los ojos del hombre impide ver su desaparición. Ariadna levanta, ahora sonríe. Le besa.
-Gracias- susurra con una voz triste.
Se besan en el desierto. Es el inicio.
Epílogo.
La casa de Lavapiés está patas arriba. Hace dos días que se fue y no es capaz, ni física ni emocionalmente de mantenerla decente. Si no hubiera hecho lo que hizo...¿dónde estaba ahora él? No debió decirle lo que dijo. "Qué idiota soy" piensa Ariadna volviendo a llorar.
Llaman a la puerta. No quiere abrir, no está para nadie. El de la puerta insiste, y al final va a abrir la puerta.
La visita lleva una maleta en la mano, unas flores en la otra. Y una sonrisa de disculpa en el rostro.
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