domingo, 1 de mayo de 2011

Paisaje

Sevilla tiene un color especial, dicen los sevillanos, amantes de la tierra cómo nadie. Huesca no. Huesca tiene mil colores para nada especiales. Lo que aloja Huesca en sus profundidades, es un sentimiento. Lo que pudo llegar a ser, y nunca fue. Si la miras desde el cerro, como debieron mirar las llanuras ahora ocupadas, podrás verlo. Se alza imponente la catedral, intentando acercarse más que nadie a Dios, queriendo hacer grande su alrededor.
Las calles susurran historias, pisadas de miles de hombres luchadores, fracasados, tristes y felices. Cuentan las historias de cientos de San Lorenzos, de miles de amores en sus callejones.
La gente de Huesca también alberga ese sentimiento, aunque debes conocerlos bien para encontrarlo. Los oscenses son especiales, especiales porque están siempre como deben estar en ese momento. Es como si supieran lo que esperas de ellos, y lo cumplan siempre, sin hacerte esperar.
Huesca sabe hacerte feliz, aunque siempre tengas que tener presente la sensación de que si no huyes de ella, nunca serás nadie. Es lo que le pasó a ella misma, estaba llamada a ser alguien importante, pero por alguna razón no lo fue. Es casi como una mujer, si la complaces de alguna manera, creando momentos especiales sobre su asfalto, te lo agradece mostrándote algo nuevo, o haciendo de una forma casi tenebrosa que conozcas a alguien especial, o te reencuentres con quien echas de menos. Huesca me ha visto crecer y sabe lo que amo, sabe que la amo a ella, que amo su fútbol, sus gentes, sus escritores, la forma de hacer las cosas. Que amo a Paula, su oscense más preciosa.

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