jueves, 26 de mayo de 2011

Local de ensayo.

Salgo a la calle y ya son las 8 de la tarde. Hace un día de esos de perros, de los que me gustan para castigarme si lo merezco, como ahora. Está nublado, corre el cierzo, se asoma una tormenta de verano, antes de que llegue junio. Este mundo está bien loco. Mientras me fumo el primer cigarro del día, el viento me pone la piel de gallina y meto mis manos en los bolsillos de los vaqueros sucios por la noche anterior. Llevo durmiendo 10 horas. ¿Cómo coño se llamará la tía que acabo de dejar durmiendo en su cama? La conocí en la sala Z a eso de las 7 y media de la madrugada con la nariz ya espolvoreada y mi camiseta negra mojada por el sudor de haber corrido delante de los sudacas que querían pegarnos por haberles roto la luna de los coches.
Empiezan a caer las primeras goticas, cierro los ojos y disfruto la sensación de frío, humedad y castigo que sufre mi cuerpo en cuestión de segundos, y me complace saber que aun me quedan, mínimo, 15 minutos para llegar a casa. Tengo la polla mojada por el flujo de la desconocida y me la coloco mejor en los calzoncillos ante una asombrada mujer que está bajo la parada del bus para no mojarse y que me mira como a un bicho que quiere aplastar con la pantufla de su marido. Ya voy llegando a casa. Copón, que mala hostia.
Me siento delante del ordenador, cierro la puerta. Se oye el murmullo de la peli que ve mi padre en la sala de estar y a mi madre y a mi hermano discutiendo. Me descalzo, y me lleno hasta la mitad un vaso con hielo de un vodka que le trajo a mi padre un tío militar desde Rusia, y que mi padre aun no ha tocado. Le doy un sorbo. La garganta arde. Pongo el último de los Suaves. Cierro los ojos. Los abro. Otro trago. Y escribo en el ordenador:
"Salgo a la calle y ya son las 8 de la tarde..."

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