lunes, 9 de mayo de 2011

Y 10.

Vasos que se rompen y se estrellan contra un parqué viejo y rayado, mientras Ariadna grita lo que nunca fue. Se pone el abrigo y con un portazo, cierra la puerta del loft madrileño en lo alto de Getafe, terminando una discusión que ella quería empezar y ella tiene que terminar.
Me quedo sentado en el sofá pensando que, en el fondo, ella tiene razón y que soy yo el que debería pedir perdón, pero que por orgullo o falta de él, no voy a hacerlo.
Voy a la cocina, me abro una cerveza y en el sofá adopto la pose más ibérica que puedo para seguir molestando a Ariadna cuando venga.
¿Y si no vuelve? Volverá, siempre lo hace. Es nuestra historia, es nuestra forma de decirnos que nos queremos. Como siempre, temos que haya dejado de quererme. Que cuando vuelva a casa, yo esté dormido, abrazado a la sábana acurrucado en su esquina de la cama. Sin despertarme, coja su ropa, y cuando me levante, con dolor de cabeza y restos de olvidos en la memoria, no encuentre su esencia en el armario, o no busque su olor en la cocina.
Su sonrisa, por ella me levanto cada mañana, lo llevo haciendo diez años, y quiero seguir haciendolo hasta dentro de cien.
Abre la puerta mientras mis ojos se cierran, y mi mirada rehuye sus pestañas que nada más cerrar la puerta me buscan en el sofá. 7 latas descansan vacías en la mesa del comedor, en la tele echan teletienda, y yo estoy medio borracho.
-Se acabó- dice cerrando la puerta y quitándose el abrigo.
Rompo a llorar, le ruego que se quede, que no podré escribir si ella no ronda con mi camiseta puesta sobre sus bragas.

Mi musa no es una mujer,
es el vibrar del río,
en los pétalos rocío
y en el monte amanecer.
Mi musa se viste de enjambre,
en las trincheras de alambre,
y en los labios de carmín.
Se viste de sentimiento,
en las laderas es viento
y sobre el tiempo es el fin.

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