Ven. Sí. Acércate. Es que justo ahí no te veo bien.
Suspiros entre comillas.
Ahora, sí. Perfecto.
Imposible.
Cada vez que estamos a menos de 5 centímetros, boca a boca, me pasa igual. Te siento. Te huelo. Siento cosquillas. También me asusto.
Y me apetece recorrer con mi dedo índice todos los puntos nerviosos de tu cuerpo, hasta que tengas escalofríos. Y me digas al oído que pare. Y yo paro. Aunque me guste darte un último repaso hasta el agotamiento, y agotarte a medianoche, todo; los ejemplos, los sueños, las lágrimas y todas las expectativas que hayas podido tener alrededor de mi cuerpo. Porque nada es como parece y todo es como siempre me lo había imaginado.
Si no, tú no serías tú.
Quizá yo seguiría sola.
Y tus besos serían como una quimera peligrosa que a lo lejos, se vislumbraba como una realidad. Pero esa cortina de humo me impediría verte y no hubiésemos estudiado inglés. Ni leído poesías juntos. Ni habernos burlado del destino mientras estábamos desnudos.
Todo esto ondeaba a media asta, porque tú no estabas.
Y ahora, todo es extraño.
Tus labios rozan la comisura de mis labios y me estremezco.
Y todo, absolutamente todo, cambia de lugar en el mundo.
Y nos reímos, porque el mapa era el correcto.
Porque ha merecido la pena esperar.
Porque tienes eso tan especial que hace que tus palabras se hagan realidad. Sí, sí. También a largo plazo.
Porque sí. Porque te quiero. Por mi cielo. Por mi estrella. Por ti.
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