domingo, 2 de enero de 2011

Desavenencias en el pasado imperfecto

La locura desatada que en aquella habitación había acontecido había dejado a los dos guerreros tumbados en la cama, desnudos en la semi-oscuridad. El pelo ondulado de ella se esparcía sobre la almohada mientras el miraba al techo negro con los ojos perdidos, disfrutando de la situación que alguna divinidad le regalaba. Ella se levantó, se puso la camiseta ancha y grande de él y le miro con los ojos brillantes en la oscuridad. Le besó los labios, le cerró los ojos. Le obligó a dormirse.
Cuando despertó, ella dormía a su lado. Por las ventanas ya dormía la luz de la luna y el sol impregnaba el nuevo día. Debían ser las 9. O las 10. Sin importancia. Se metió en la ducha y en el mejor momento, cuando el agua caliente recorre la espalda, provocando escalofríos de placer, ella apareció tras la mampara, desnuda, preciosa. Se metió con él en la ducha, y comenzó a besarle la boca. Volvieron a la cama. Follaron. Se amaron sin pausa, con ella, da igual.
El qué rompió el amor, no se sabe. Quizás fue la heroína. Las jeringuillas adormecían en la mesilla del cuarto y él tuvo la más rockera de las muertes. Su vómito inundó la garganta y su boca, y le dejó sin respiración el tiempo suficiente como para no volver a respirar jamás. Ella estaba en viaje.

El precioso ático estaba lleno de muerte y tristeza en el amanecer de esa mañana. Ni las lágrimas arrepentidas de ella pudieron hacerle volver a la vida.

1 comentario:

ulurus dijo...

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