sábado, 22 de enero de 2011

Preguntas sin respuesta en un cuúmulo de desesperaciones y soledades

Cuando el tiempo quiere pasar despacio, pasa despacio. Cada segundo parece una eternidad en la que una gota de agua nunca llega al suelo para desaparecer por fin.
Joaquín se sienta en un sillón con un albornoz azul sentado esperando a que llames. Rezando por que des una señal. El flequillo se le curva en un curioso rizo justo encima del entrecejo, algo fruncido. Se levanta, se sienta y vuelve a sentarse. Se asoma a la ventana. Siente frío, quizás por el viento, quizás por el miedo. ¿Miedo? Sabes de qué.
No hay mucha gente en la calle. De hecho, está semi-vacía. Aunque también es verdad que apenas se ve demasiado. La niebla cubre una gran parte de la acera de enfrente y la acera de abajo nunca la ve entera porque la cornisa del último piso se lo impide. El móvil sigue en su mano. Lo mira y ni vibra, ni suena, ni hay avisos en la pantalla. Son las 11 y media de la noche. Una de esas noches que le encantan. Sin estrellas, pero con niebla. Un impulso le hace salir a buscarte, pero entonces recuerda lo lejos que estás, y vuelve a sentarse en el sofá, a mirar las paredes azules de este cuarto monótono. En el ordenador mil avisos que nunca se parecen al que se oye cuando eres tú, suenan. La desesperanza cada vez es mayor. Deja de torturar al chaval.
En la calle se oyen cuatro risas de los vagabundos que se juntan en el portal de enfrente a combatir el frío con vinacho. Y ríen. No tienen casa, no tienen familia, no tienen dinero ni una cama donde dormir. Pero ríen. Joaquín tiene todo, menos lo que más quiere. Estás tan lejos… Cuando el teléfono suena y se ve la foto de tu pirsin de estrellas en la pantalla, un vuelco siente en algún lugar entre su cabeza y las rodillas, no sabría decirte. Y, maldita seas, cuando contesta con una sonrisa y los ojos brillantes, le pides perdón y le dices que te has equivocado. Y te pregunta que tal, que si por fin quedaréis para tomar ese café que le prometiste anoche cuando le decías que tal vez algún día podríais volver a veros sin sentir dolor. Y le cuelgas sin contestar, dejándolo sumido en la mas completa miseria y sin ganas de levantar la cabeza que le cuelga sobre el pecho. Tira el móvil por la ventana. Se ríe de los vagabundos. No es posible que hayas olvidado lo que los dos podíais hacer.

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