Cuando despertó, ella dormía a su lado. Por las ventanas ya dormía la luz de la luna y el sol impregnaba el nuevo día. Debían ser las 9. O las 10. Sin importancia. Se metió en la ducha y en el mejor momento, cuando el agua caliente recorre la espalda, provocando escalofríos de placer, ella apareció tras la mampara, desnuda, preciosa. Se metió con él en la ducha, y comenzó a besarle la boca. Volvieron a la cama. Follaron. Se amaron sin pausa, con ella, da igual.
El qué rompió el amor, no se sabe. Quizás fue la heroína. Las jeringuillas adormecían en la mesilla del cuarto y él tuvo la más rockera de las muertes. Su vómito inundó la garganta y su boca, y le dejó sin respiración el tiempo suficiente como para no volver a respirar jamás. Ella estaba en viaje.
El precioso ático estaba lleno de muerte y tristeza en el amanecer de esa mañana. Ni las lágrimas arrepentidas de ella pudieron hacerle volver a la vida.
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