Hay silencio y oscuridad. Bienvenido al infierno. Si no fuera por un pequeño rayo de sol que atraviesa una vieja y roída cortina, no se podría ver nada en la sala. Ojalá no se pudiera ver nada. La sala está totalmente desnuda, excepto por la ventana con la cortina echada, una vieja mesa, dos sillas, y algunas manchas de sangre en la pared. En una de las sillas, frente a la mesa, hay un hombre sentado. Tiene las manos atadas a la silla y, aunque no podemos verle la cara porque lleva un gran capirote morado sobre la cabeza, debe estar dormido pues apoya la barbilla sobre el pecho. Viste una túnica del mismo color que el capirote, y un colgante de oro reposa un poco más abajo que su barbilla.
Cuando la puerta se abre, se ilumina la estancia totalmente y se ve la silueta de un hombre negro vestido con traje, pajarita y un viejo bombín. Lleva en una mano un cubo lleno de agua y una lona vieja en la otra. Sonríe. Cierra la puerta y la habitación vuelve a sumirse en la semi-oscuridad. Se sienta al otro lado de la mesa y llama:
-¿Señor Harlem?
El silencio vuelve a invadir la habitación, y el hombre, sin otro llamamiento, se levanta, camina hacia el hombre del capirote le levanta un poco la máscara y le echa el cubo de agua por encima. El hombre dormido empieza a toser y a escupir agua. El hombre negro se sienta de nuevo en su silla.
-¿Es usted el señor Harlem?
-S-si, señor- contesta el recién despertado.
-¿Es usted gran maestre del Ku-klux-klan establecido en la ciudad de Atlantic City, señor Harlem?
Harlem lo mira a los ojos, y con un deje de desprecio, afirma. El hombre negro continúa su interrogatorio.
-Bien. Me llamo Walter Barksdale. Verá. Mi hermana de 14 años fue asesinada la semana pasada junto a dos amigas suyas en el parque cerca de la playa. ¿Fue su organización?
-La semana pasada el Ku-kulx no salió. Pero Dios bendiga a quien haya sido.
Barksdale lo mira y una intensidad se crea entre los ojos de los dos hombres. Finalmente, Barksdale sonríe y habla:
-Bien, tiene cojones. Está atado a una silla y con un negro desafiándole y aún se atreve a mirarme. Bien. Ahora voy a contarle una historia. No quiero que me interrumpa, pues si lo hace, le mataré. ¿De acuerdo?
-Si- contesta Harlem con la misma mirada desafiante.
-Bien. Bien, muy bien. Mi padre era carpintero. Vivíamos en Boston cuando era pequeño. Vivíamos en un barrio de mierda en el que solo vivíamos negros pobres y blancos protestantes. Vivíamos a gusto. Era un buen sitio. Como decía, mi padre era carpintero, aunque al principio era recolector de fruta en el campo de unos ricos. Los Dalton creo. Bueno, la cosa es que cuando se quedó sin trabajo, mi padre se compró materiales de carpintero y aprendió el oficio él mismo, sin maestros ni libros que le enseñaran. Poco a poco, fue haciéndose un nombre en el barrio como trabajador de la madera, y un día un hombre gordo, con chaqué y sombrero de copa vino a casa a hablar con mi padre. "Me han dicho que es el mejor carpintero de Boston, señor Barksdale" dijo, "me he comprado una casa nueva, y mis libros necesitan unas estanterías en las que reposar. Me preguntaba si podría hacerlas usted, se le pagará bien". Mi padre aceptó el trabajo, y durante muchos meses, estuvo trabajando en esas estanterías, puliendo la madera, grabando preciosos dibujos de fruteros llenos y plantas trepadizas. A los seis meses de terminar las estanterías, otro hombre vino a darle trabajo a mi padre. Quería unas estanterías aún más grandes que las del primer hombre, ya que era más rico y se merecía más. Mi padre aceptó encantado el trabajo. Dos días después, cuando iba al taller, el Ku-klux-klan lo cogió, lo ahorcó y lo quemó. Desde casa oímos los claxons de los coches sonar mientras grandes cruces de fuego ardían por las calles del barrio. Hace 10 años de eso, pero, cuando nos mudamos aquí con mi familia, me traje las herramientas de carpintería de mi padre. Son estas.
El hombre puso la lona que había traído encima de la mesa y empezó a colocarlas sobre la mesa.
-Hace diez años que no se usan, señor Harlem, quizás estén un poco oxidadas- dijo mientras sacaba las tenazas.
-¿Qué va a hacer con ellas?- dice el gran maestre del Ku-Klux dejando un poco de miedo en la voz.
-Muebles no, desde luego.
Una sonrisa en un rostro negro.
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