domingo, 6 de noviembre de 2011

Cuando fuimos los mejores

Detecto un tono de ironía en su voz, como quien te regala un juguete roto sin que lo sepas. La amo. Ariadna, alta, delgada, puta. Me mira desde su altura provocándome el irrefrenable deseo de desnudarla en mi cama, de follarla hasta morir ambos de inanición, de hambre, agotamiento. Morir de amor. Me muestra una sonrisa ante un comentario hecho por mí sobre la estupidez del resto de los hombres que no la desean ni la quieren, y, mientras la beso, le cojo de la cintura atrayéndola hacia mí en un intento desesperado por juntar un poco(más)nuestras pieles. "Llévame a casa" me murmura en mi oído antes de morderlo. "Vámonos" le digo sin contenerme.
En mi cama, la desnudo, la beso, todo lo que puedo. "Ojalá te conociera algo más" pienso para mis adentros. Una noche es poco para conocer a una persona. Y yo ya estoy enamorado. Enamorado de la mujer que tengo entre mis brazos, desnuda, entera, perfecta.
Entonces empieza a nublarse mi mirada, y noto la sangre correr por la espalda. Ella sonríe, y me lo dice. Abro los ojos, sorprendido. Un dolor punzante atraviesa mis costillas. Y, es entonces, cuando ella me saca de su interior, me tumba en la cama y me saca el cuchillo que me acaba de clavar. Luego, todo es negro.

No hay comentarios: