jueves, 1 de septiembre de 2011

Querido Carlos:

¿Cómo van las cosas allá arriba? No se muy bien qué hago escribiendo esta carta a un hombre muerto, pero siempre te las arreglaste para revolver en mis cajones y encontrar todo lo que no quería que leyeras, assi que espero que encuentres esto. Sara aún te echa de menos y llora por las noches tumbada en su colchón, y al día siguiente me saluda en el rellano como si no supiera, como si yo estuviera lo suficientemente sordo como para no oírla.
Por aquí todo sigue bastante igual. Los que te apreciábamos en la escalera intentamos seguir nuestra vida como si no faltaras, los que te apreciaban y no vivían en la escalera no se como te añoran, ya sabes que no salgo de aquí excepto si no es totalmente necesario, y eso no es muchas veces. Ya ni juego al ajedrez. ¿Con quien voy a hacerlo si tú ya no estás? Con setenta años no es edad para ponerse a idear nuevas estrategias para un nuevo contrincante. Me encantaba que te dejaras perder. No creo que encontrara a nadie que lo hiciera. Asi que Sara y yo te echamos de menos. Eso ya es más que nada, ¿no crees?
No te he escrito por nada, Carlos. Te escribo desde la indignación, desde el malestar. Hoy me he asomado a la ventana y ya no estabas. Han derruído el edificio de enfrente. Ya no está. Ya no hay nada. Y, por tonto que parezca, me he tirado al suelo a llorar, incluso con el dolor de las rodillas que siento desde hace tres años. Y he llorado como un niño sin caramelo. Ya no estyá el edificio, ahora solo hay un horrible solar donde los yonkies pueden pincharse tranquilamente, y las princesas por horas pasear sus enormes botas de cuero.
El cielo sigue lleno de humo, de olor a residuo y, según como llegue el viento, a estiercol. El barrio es así, y así seguirá siendo por mucho tiempo. Después de que yo muera, espero.
Este viejo se despide ya, no creo que me contestes, pero puedes hacer brillar la osa polar un poco más fuerte de lo normal cuando leas la carta. Saludos seniles, saludos extraños.
Chor

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