Para ser un sueño, es demasiado real. El cielo es azul, el mar es azul, la arena tiene tacto de arena. Y sin embargo, es un sueño. Está seguro de eso porque lo último que recuerda es quedarse dormido en su butaca de orejas a las 3 de la mañana. Rafael padece de insomnio. Es del insomnio más común, del llamado sueño retardado. No consigue dormir, tarda horas y horas en dormir, y los remedios comunes que le han recomendado no le han servido de nada. Ni la cucharada de miel, ni el vaso de brandy antes de acostarse, ni los remedios científicos, como los somníferos le han ayudado a dormir y no quedarse horas y horas sentado ante la televisión a veces, otras frente a la ventana que da a la calle. Pero siempre horas, siempre en soledad, siempre anciano. Envejecer cada día y ver cómo la gente se va, mientras él continúa allí, viendo pasar la vida desde su sillón de orejas mirando la calle.
Pero ahora es un sueño, ahora ha conseguido dormirse antes de las 5 y media, lo que no pasaba desde hace dos años. Mientras pasea por esa onírica playa, piensa que quizás, con un poco de suerte, consiga despertarse más tarde de las 8 y media, y pueda disfrutar de unas buenas horas de sueño bien merecidas.
Lleva como vestido un traje, el traje que se puso el dia de su boda. También lleva un sombrero y una maleta de viaje. Las olas le rozan los zapatos y piensa que se va a coger un resfriado y Merche, su fallecida mujer, le va a echar una buena bronca al llegar a casa con un constipado. "Fíjate si estás viejo, Rafael, que hasta piensas en tu mujer muerta como si aún estuviera viva". De repente, ya sabe que eso no es un sueño. Y lo sabe porque Merche estña ante él. Tal y como la recuerda. Con sus 72 años, cuando murió de un ataque al corazón en el salón de la sala de estar. Con 17, cuando la conoció en la casa de su prima. Con 34 cuando se casaron, con 39 cuando estaba embarazada... y ella sonríe. "Por fin", le oye decir en su cabeza. "Has tardado unos cuantos, años, ¿eh?"
Rafael intenta contestar, pero mil preguntas sin respuesta le atragantan la garganta, y con un espasmo, en su butaca de orejas, Rafael abandona su vida, mientras en una playa, sonríe, llora, y abraza a su mujer.
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