sábado, 31 de agosto de 2013

Las bromas de la vida

Yo le dije a Marina que nos cambiáramos de acera. Primero la vi de lejos, y debí empalidecer y maldije a la vida, y luego tomé a Marina de la mano y le dije sonriendo que nos cambiáramos de acera, que quería mirar el escaparate de la Librería Anónima. Yo tenía un nudo en la garganta y las lágrimas a punto de surgir, pero Marina iba hablando por el teléfono móvil y no me hizo caso, y cuando Marina la miró, vi su cara convertirse en una mueca de dolor, el móvil se le cayó de las manos y se rompió contra el suelo.

La chica que mirábamos no se llamaba Isabel, ni estaba muerta, pero cruelmente se parecía a una niña que se llamó Isabel y a la que un Toyota Corolla verde atropelló un 25 de marzo a las 8 y media de la tarde. Esa niña que no se llamaba Isabel se parecía tanto a nuestra hija Isabel que Marina rompió a llorar y yo le sujeté la cabeza contra mi hombro para que no tuviera que verla más.

La niña, que llevaba un vestido azul con patos dibujados se nos quedó mirando y miró hacia atrás, y los bucles de su pelo se movieron creando la imagen más cruelmente bella que he visto jamás. Yo tenía los pelos de punta y no podía dejar de mirarla, y era horrible.

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