sábado, 6 de julio de 2013

Las cosas que nunca nos dijimos

-Tu problema -le dije antes de darle una larga chupada al cigarro -tu problema es que tu no te enamoras de las personas.

-No todos somos como tú.

-Tu te enamoras de la idea del amor. Te enamoras de los atardeceres en pareja, de ver una peli y acabar follando, de las fotos post-coitales, de leer en un césped, te enamoras de todo eso, sin importarte quién sea tu pareja.

Llevaba tiempo con ganas de decirle todo eso, y la muy idiota se me puso delante con la excusa de tomar un café, o una cerveza, pretendiendo echarme en cara todo lo bien que estaba ahora sin mi, sin rogarme besos ni llorar por esquinas, sin follar en baños ni ir detrás de nadie que no quiere que le busquen.

Le sonrío, y ella me mira, y luego mira a su café, y vuelve a mirarme a mi.

-Y tú... ¿estás con ella?

-Sí, supongo. O no, no lo se. No me importa mucho, en realidad.

Aunque sí me importa.

Me duele en todo por no saber nada y no poder mostrarle una coraza que pensaba que tenía, por no saber qué futuro me espera, pero no tengo tiempo de divagar, y, con una servilleta de papel, hago una bailarina de las que ella me enseñó a hacer, y se la dejo allí con una sonrisa, mientras le guiño el ojo.

-Debería irme, va a llover.

Le doy dos besos y pago la cuenta, y me voy con la sensación de haber cerrado un ciclo, dejándola, feliz ella, feliz yo. Sin ser felices nosotros.

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