Éramos seis o siete sentados en una mesa. Rosario no dejaba de llevarnos y traernos vasos llenos de vino o cerveza, o tequila, para los más valientes, y cada vez que pasaba por mi lado, le pellizcaba el culo y le guiñaba el ojo, mientras ella me sonreía y se burlaba, desde la seguridad que le daba su condición de mujer, con la mirada.
Estábamos Ernesto, Clara, Roberto, Miguel, Lucía y yo. Y Felipe, que iba y venía de la barra, intentando ligar con una camarera llamada Ariadna, compañera de Rosario, de la que estábamos todos enamorados desde que entramos por primera vez a la Fábrica, que así se llamaba el bar, y nos miró con su melena roja y nos preguntó que si íbamos a ese tugurio por bebida o por mujeres y Felipe, que siempre fue el más rápido de todos, le dijo que nosotros éramos poetas, y si bien escribíamos a las mujeres, la más bella de todas ellas era la botella. Desde entonces todos supimos que Ariadna era de Felipe, y yo tuve que conformarme con la morena bajita y rechoncha que se llamaba Rosario.
Esa tarde Ernesto estaba contando como se había follado a María Val, y yo estaba pillándome un cabreo de cojones. Decía que estaban en casa de María, y que ella le había dicho que tenía la regla y no quería hacer nada, pero que entonces le había pegado una bofetada y le había obligado a chupársela, hasta que le había ahogado la garganta, y que luego le había follado el culo, y que debía haberle dolido, porque había visto alguna lágrima en su cara, pero a él le había dado igual, y había seguido dándole, hasta correrse.
Yo en ese momento me levanté y me fui a la barra a charlar con Felipe, pero estaba demasiado ocupado con Ariadna, y solo Rosario me ofrecía una vía de escape que en ese momento no quería tomar, así que salí a la calle, a ordenar mis ideas y a intentar no dar un puñetazo sobre la mesa, y gritarle a Ernesto y a todo el grupo, que yo no pertenecía a ellos, a ese grupo de libertos, que yo no escribía poesía en esquinas de libros, ni robaba novelas de bohemios parisinos porque pensaba que estaba en mi derecho por ser un bohemio más.
No había dado muchos pasos cuando la voz de Ariadna me sorprendió por la espalda como un puñal bien afilado, preguntándome que si estaba bien.
-Ah, sí, sí. Solo necesitaba estar solo un rato. ¿Tú no tienes que currar?
-Hoy salía pronto, si por currar te refieres a aguantar a tu amigo.
-No es mi amigo -le dije mientras dejaba asomar una sonrisa sobre el cuello de la cazadora.
Me dijo que vivía cerca, y que si quería probar la marihuana que le había regalado el vecino del tercero a cambio de unas bragas que tenía colgadas en el tendedor, así que la seguí a ciegas, sin tener ni idea de dónde iban a llevarme esos pasos. Y fumamos y nos acabamos una botella medio empezada de tequila y le hablé de los poetas norteamericanos que mis amigos odiaban, y decían sobrevalorados, como si ellos les llegaran a la suela de los zapatos.
-Tú escribes distinto, Juan. Ellos son más asquerosos, no se si me entiendes, y tú eres más utópico, más romántico. Suelo leer tus poemas sobre tu hombro cuando vienes solo al bar, porque cuando escribes te abstraes tanto que es como si el mundo se parara a tu alrededor y no haces caso de nadie, y te puedo leer y mirar sin que te des cuenta. Y escribes distinto. Eres mejor que todos ellos.
Y entonces me besó los labios, le miré a los ojos en esa oscuridad, y vi su melena roja caer sobre su espalda, y vi el mundo girar, y los mejores poemas que alguna vez podría haber escrito desfilaron ante mis ojos, y no recordé ninguno al instante posterior. Y descubrí que la amaba, y que no, que la odiaba, y follamos toda la noche y parte de las siguientes, con porros y alcohol y ganas de comer.
"Tú eres mejor que ellos" repetía un eco en mi cabeza mientras veía a Felipe besar a Ariadna meses después en la barra de la Fábrica.
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