miércoles, 12 de junio de 2013

Se descojona mientras me mira.
                                                    "Nunca harás nada"
                                                                                     dice, cruel, vomitando ira, odio, burla y daño.

"Te quedarás aquí mientras salgo por la puerta, te quedarás ahí sentado, dolido, como si tu vida te fuera en ello, aunque te la sude completamente, porque eres un bastardo, y te importa una mierda que yo esté aquí o no".


Y tiene razón. Me quedo sentado viendo como las lágrimas recorren su cara, abre la puerta y se va, dando un portazo a todo, y me quedo ahí, rodeado de fotos, recuerdos y una tormenta de whisky que se desata, con rayos y hielos, vasos y truenos, y me vuelvo a sumergir en una rueda de pecado y ganas de terminar, y río y disfruto con mi soledad, me regodeo en los pasos que dio hacia la puerta, y disfruto con el dolor que ha dejado.

Es domingo. Y me duele la cabeza.

Miro alrededor, y me avergüenzo de mi mismo, de la botella de whisky, de las revistas porno, de las fotos quemadas, de los intentos de cartas de perdón. Me río de mi romanticismo, de la autocompasión. Vago entre ropa sucia buscando el móvil, me ducho y me despojo de la resaca inexistente. Vomito los rayos de un sueño que se fue.

El sentarse ante la máquina de escribir es un ritual tras una resaca. Saco la petaca y doy un largo trago de whisky.

M-I-E-R-D-A

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