lunes, 23 de septiembre de 2013

Bueno, el otro día, veréis....... fue un gran día. No tenía mucha resaca (o quizá demasiada) y tenía que ir nosedónde, a buscar noseelqué y salí a la calle asumiendo el hecho de que iba a ver a gente, y me estremecí del mismo modo que cuando te sacudes las 7 últimas gotas, pues ese día, no vi a nadie, por un momento pensé que estaban muertos, me alegré enormemente y me puse a hacer planes... lo primero que me vino a la mente, fue que conocí a una sandía que me propuso darnos un rebolcón, resultaron ser 17 y yo me quedé con ganas de comerme alguna pepita; de todas formas es un desasosiego, sigo en la parada del tranvía viendo como no pasa la gente y me relajo y pienso en esa sandía, aunque yo esperara que fuera un limón o algo que cuando te lo exprimieras encima te corroyera... De repente me entró un pinchazo en el cuello y recordé que tenía al hígado en el banquillo y nada que llevarme a la boca, el mundo había muerto y las tiendas estarían cerradas, la historia de siempre, para colmo de males mis intestinos se removieron y me preguntaron que porqué tuve que comerme esa última cucharada del plato de alubias mejicanas, les respondí con un puñetazo y un fragmento de aristóteles, creo que había conseguido engañarles.

Por fin, llegó el condenado tranvía, y llegué a la conclusión de que no podía quedarme a solas con mis intestinos, así que agradecí a la vieja maleducada que se puso al lado mío y al fétido hedor que regía en aquél lugar. Se me acercó un coco que me pedía limosna y una calabaza que quería parte de mi pene para ayudarla a llegar a nosedónde, le dije que no tenía dinero, ni tampoco tabaco. Bajé del tranvía y me deprimí, pensé en la canción del pirata, la tararee y olvidé a dónde tenía que ir. El tranvía se fue y me replantee subir de nuevo ir con la calabaza.

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