viernes, 4 de octubre de 2013

Marrón

Me sonaban las tripas y me reconcomía la tristeza. Presioné, una vez más, al cuerpo inerte que dirigía, respondió con un suspiro y una arcada; ya estaba preparado para otro trago de amabilidad y para un sorbito de amarga felicidad.

Entré dentro de aquél dichoso bar, realmente no quería entrar, era demasiado caro y yo sólo tenía sueños en el bolsillo. Pero el letrero de fuera prometía colores y algo de calor humano.
Dentro, encontré gente muerta bailando y a un barman, que al verme, supo que estaba en el lado erróneo de la barra, nos miramos, nos casamos durante 3 segundos y luego atendió a otro cliente. No recuerdo cómo lo pagué, el caso es que lo hice. Escupí dentro del bar y salí a fumar un cigarro; en realidad me echaron, me dijeron que no necesitaban "gente" como yo allá adentro, yo les respondí que estaba muerto, como todos ellos, pero no me creyeron, no conseguí engañar a nadie, ni si quiera a mí mismo.

Afuera, mientras me golpeaba un cierzo que tiraba al suelo cualquier pensamiento que se te pasara por la cabeza, sólo había personas rotas y un par de zapatos nuevos. Me mee en los zapatos nuevos y también en los míos sin querer, me reí y apuré el cigarro. Fugaz como un polvo, apareció una mujer, que me dijo que yo tenía clase, que debía de ir dentro, le respondí que preferiría mearme en mis zapatos, se rió.

Fumaba cigarrillos de chocolate y tenía un culo bastante bonito, además ella lo sabía, eso me gustaba. Su cama, templo, santuario, el lugar dónde se crean y se destruyen los sueños de mi bolsillo, estaba hecha para que todo el mundo en el edificio supiera para que se creó una cama. Dimos buen uso de ella, en mitad de una conversación entre muelles, fue a buscar vino y nos servimos directamente de la botella, mal vino.

Desperté al cabo de una o dos horas, o quizá fueran 2 años, qué importaba. Me levanté, la besé y me fui. Volví al dichoso bar que prometía muchas cosas, seguía abierto, vi mi meada, me fumé un cigarrillo de chocolate y me puse los zapatos meados.

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