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Verano. 1998. Una risa se oye en la calle, vacía a primera vista. La calle, gris, desoladora, no permite un rastro de felicidad en sus baldosas. Y mata esa risa. Pero vuelve a nacer. Viene de una esquina. En la esquina, dos niños medio escondidos juegan con algo que tienen entre las manos e intentan aguantar la risa. Saben que la calle no permite risas en ella. Quieren irse para poder reir en otro lado abiertamente, pero no pueden dejar lo que tienen entre las manos sin solucion.
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