-Ya no somos revolucionarios- dice mientras llora abrazada a José.- Ya no somos revolucionarios.
El nicho recién cerrado, las aves anunciando el fin, los empleados del cementerio retirandose dejando el eterno silencio para los familiares y amigos. Todos recordando anecdotas con él, y Rodrigo alli dentro, tumbado, dentro de esa caja totalmente negra por dentro, con los ojos cerrados, con los oidos cerrados, guardando la novena sinfonía de Betoven que sonaba en la radio y que fue lo ultimo que oyo antes de saltarse el stop y de que el coche lo arrollara. Todos recuerdan lugares, olores, chistes y tonterias que les hacen sonreir incluso en ese momento tan amargo.
"Ya no somos revolucionarios" José siente las lágrimas de la hija de Rodrigo por su cara, y no le importa. Ya no está el que fue un padre para él. El que le enseñó a conducir, a vivir la vida realmente como es, con sus defectos, con sus inoportunos caprichos. Y recuerda, paseando entre nichos, los años en los que creían que cualquier sociedad era mejor que esa, que podían cambiarla a base de manifestaciones y piedras en los escaparates. Los años en los que una mirada significaba una lealtad inquebrantable o una traición irreparable. Aun no ha llorado porque aun no lo cree. Sabe que llegará a casa y en cualquier momento el movil sonará en su gabardina gris con el himno de "la internacional", sonidilla que aun conserva por respeto a lo que fueron en un pasado, sabiendo que nunca lo volveran a ser, y sabrá que es Rodrigo. Pero no sonará el movil. No habrá más charlas largas sobre política a las 3 de la mañana en un bar perdido por Huesca, con algun camarero espiando la conversacion, algun borracho vomitando en la puerta, y como siempre, Rodrigo diciendo en voz demasiado alta y cambiada por el alcohol, "Mierda de sociedad española".
-Hace veinte años que no somos revolucionarios. -Le contesta José.
Las deja alli a las tres, esposa e hijas, llorando. Se va, para no volver.
1 comentario:
Que bonito pequeño :)
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