Y es que este negro ardor me está matando. Este negro y solitario vacío, lleno de nada, porque no tengo nada con que llenarlo. Porque la miserable opción de llenarlo con sentimientos se desvaneció cuando me los corté con una cuchilla mientras me afeitaba una mañana. Y eso que yo me afeito a máquinilla.
Y ahora en este absurdo cuarto de cuatro paredes sin puerta ni ventanas, que yo he montado desde dentro levantando unas paredes que estaban en el suelo, en mitad de la M-30, con un techo acristalado pero negramente opaco. Que no pasa más que una extraña luz que, el cristal tintado, vuelve absurdamente morada.
Y, sentado llorando, gritando desgarradoramente al mundo lo que echo de menos una oscuridad morada de verdad, no una así, tan artificialmente creada por mi, lanzo unos dados en los que no veo el resultado; está demasiado oscuro.
Sería tan sencillo romper estas paredes de cartón, tirarlas abajo entre sollozos y salir corriendo a buscar una oscuridadverde, o amarilla, o quizás con un par de mocos colgando. O quizá siete. O quizás uno.
Los mocos suficientes como para que vuelva a ser mi oscuridad morada.