lunes, 21 de diciembre de 2009

La reina de la mantequilla

Un servidor huye de la casa entre carcajadas y sin otra cosa que le cubra que un viejo cojín roto y los insultos de una bestia cornuda con bigote y rechoncho. También puedo escuchar mientras corro los gritos de defensa de la morena perpetua que me acabo de follar, mientras entre gemidos abría la puerta su padre. Y es entonces cuando acabo en el ascensor con ese cojin viejo y maloliente, con los flecos naranjas tapandome los pelos de los muslos, y sin parar de reir, pienso en como voy a poder enfrentarme a ese frío invernal sin otra cosa que el cojín. Aunque también está la posibilidad de subir a casa de la morena de la que ni recuerdo el nombre y pedirle amablemente mis pantalones a su padre, el cual seguramente estará cargando la escopeta de perdigones que decora el comedor para la ocasión. Cuando salgo del ascensor, saludo a la vecina sesentona del quinto, que se queda mirando mi parte posterior como si de un cuadro carisimo se tratara. Cuando finalmente salgo a la calle, vuelvo a romper a reir al ver que la morena ha tirado por la ventana la ropa, y ésta descansa sobre la nieve mojada.
Qué bien llegar a casa y tener el baño para mi solo.

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