Ahora que te has ido me siento entre viejos álbumes de fotografía a mirar
los recuerdos que se fueron. Ahora que te has ido, Ariadna, observo tras los
visillos de la ventana el sol que aparece cada mañana y que inunda la colcha de
mi cama vacía, porque duermo en el sofá. Veo fotos, fotos de Madrid, de Bilbao
o Zaragoza, de Toledo. Nos veo abrazados en balcones florales, veo fotos
impregnadas de vida y felicidad.
Te veo a ti, impregnada de felicidad y vida.
Ariadna, puta, ¿dónde estás? te has ido. Has huido y me has dejado con estas
rosas para ti en la mano, como un hombre desgraciado al que le pilla la
tormenta en mitad de la calle, y él, sin paraguas, camina con toda
tranquilidad, sin querer llegar a su destino, porque ni lo tiene ni lo quiere
tener. Te has ido al primer problema, y porque siempre fuiste una vulgar
cobarde.
Ahora intento romper los platos con la misma elegancia con la que tú los
rompías. Intento caminar con esa dignidad y gritar a cualquier mujer que se
intente acercar con un parecido mínimamente reconocible a como lo hacías tú.
Lloro al oír tacones que caminan en el piso de arriba, y me emborracho
viendo las películas que tanto te hacían llorar. Me meto en mi cuarto de
escribir y aporreo el teclado mientras no escribo absolutamente nada coherente,
fumándome un cigarro tras otro, atento al ruido de la puerta, y tu risa
inconfundible, atento a tus pasos hasta el comedor y atento al ruido de bolsas
que dejas en el suelo con dos o tres vestidos nuevos.
Ariadna, tú no eras así. Tú no puedes abandonarme así. Tú eras mi Ariadna,
la indomable. Ariadna, vuelve. Ariadna, a ti no puede comerte el cáncer.
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