Verano.
Noche. Una calle apestando a meados. Una ciudad decrépita. Si todas las
personas de esa calle echaran el aliento a la vez, conseguiríamos el aroma de
una bodega a punto de derrumbarse. Nadie siente pudor ni vergüenza alguna ante
sus estados etílicos, a cual mayor. Las jovencitas se degradan procurando
calentar al más mezquino que se les ponga a tiro. Una forma facilona de subirse
la autoestima. Hay parejas apoyadas en los coches que se besan
desenfrenadamente. Paula y Andrés, su machito de turno, son una de ellas. Ella,
intento frustrado de romántica, le dice palabras bonitas que no siente mientras
le atusa los rizos. Él, con las manos bajo su falda, le promete cosas que jamás
llegará a cumplir una vez consiga tirársela. Y tú, querido lector, vas a ser el
afortunado cómplice del derramamiento de sangre que voy a provocar. Le pienso
aplastar los sesos a ese capullo.
Era innegable que lo mío con Paula hasta esta noche era un magnetismo evidente. Dos meses de tonteo vía Internet con tórridas charlas a las tantas de la mañana. Sin embargo, cuan grande ha sido mi sorpresa al darme un empujón cuando intentaba besarla. Yo, educado y dócil oyente de sus penas y pensamientos, me he sentido como un vulgar pañuelo manchado de mocos y lágrimas que ya no sirve. Que poco se cortó cuando me contaba con cuántos hombres había frecuentado, cual era su postura preferida en la cama, su particular fetiche con las manos, así como los juguetitos que utilizaba para masturbarse en sus noches de bajón. Como podéis ver, tengo armas suficientes para destruirla social y personalmente. Sin embargo, encuentro más coherente y caballeroso que sea ella misma la que se vea empujada a mis brazos. No veo un medio mejor de conseguir mi objetivo que deshaciéndome de Andrés, esa sucia rata. Estoy convencido de que Paula será lo suficientemente inteligente de pensarse dos veces si volver a rechazarme. Este acto de valentía y coraje cambiará totalmente su perspectiva hacia mí. Ya no seré su amigo nunca más.
Se
despiden por fin. Casi se atragantan en su último juego de lenguas. Se dicen
adiós. Paula viene hacia mí, sonriente y sonrojada, y la acompaño hasta la
parada del autobús. Escucho con educación y alegría fingida su aventura de la
noche. Quince minutos después me encuentro solo. Regreso a paso ligero a la
calle de antes. ¡Pero qué ven mis ojos! Tendríais que ver, queridos amigos, la
cara de felicidad extrema que se me acaba de dibujar. A escasos diez metros de
doblar la calle y llegar a mi destino, me encuentro con la sucia rata de
Andrés. Está orinando en un garaje y canturreando una canción ilegible debido a
su borrachera. No lo dudo un instante y voy a por él. Su sueño eterno está a
punto de comenzar. En cuanto caiga inconsciente al suelo, con la cabeza
destrozada a golpes contra el parquímetro más cercano. Te quiero, Paula. Te
quiero y lo deseo todo contigo.
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