Rojos. Carnosos. Dulces o salados. Cortados por el viento y el sol. Húmedos de saliva o con sed de venganza. Mordidos y hasta arañados. Alguna vez pintados. Melosos, mentirosos, rotos y destrozados o hambrientos.
Y a lo que me quiero dar cuenta, están pegados a los míos. Me acosan, me seducen, con sutileza parecen murmurar algo en mitad de una confusión de bocas pastosas y lenguas nómadas. Desnudos y desorientados, ansian conocer la vasta devastación de una noche, quizá dos, y parte de una mañana soleada de invierno, en cualquier espacio que me cedieses de tu piel.
Mas si la noche vuelve a intentar forzar una despedida interminable, y volviese a creerme abstemia por tus labios de fresa salvaje, rompería cualquier circunstancia de concordancia con la decencia y nadaria en la enigmática oscuridad de tus piernas de caramelo. Succionaría con los míos toda la frialdad y torpeza que tuvieras por tocarme y partiría tu vergüenza en pedazos de lujuria. Las esquinas y bordes de tu flaqueza atravesarian mi cuerpo, eclipsando en lo más profundo de tu almohada, de tu cuarto, de tus labios, de tí, de mí. Deseo.
Labios. Lazos de criaturas destempladas. Lacrimógenos de dedos cruzados y cuerpos conjuntos. Miel en mi mirada e insectos en tus pupilas.
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